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Opinión

La Cultura, una herramienta poderosa que nadie aprovecha

En los últimos años en Salta no se han visto ni siquiera atisbos de fomento, sobre todo en los pueblos más alejados de la Capital de Salta.

Por Matilde Serra

Hace un tiempo atrás el actor argentino, Oscar Martínez, declaraba que «La mejor política sobre la cultura es no tener ninguna». Y agregaba que eso era así porque «La cultura está siempre en manos «De la gente más ignorante, más estúpida y más peligrosa».

Sin ánimo de calificar -obviamente- a los funcionarios de dicha área, hay que reconocer que en Salta al menos se hace caso de la primera parte de la declaración de Martínez porque desde hace varios años a esta parte no parece haber ninguna política cultural, paradójicamente, en la provincia que ha sido fontana inagotable de talentos en todas las disciplinas de la cultura.

Ni siquiera hay que mirar hacia los años ’50 o ’60 del siglo pasado cuando los canales de televisión, las radios y los escenarios nacionales comenzaron a poblarse de nombres, de poesías y de canciones, también de bailes, nacidos a la luz de candelabros que iluminaban aquella bohemia inolvidable, incluso insuperable.

Ocuparíamos un espacio que resultaría sobreabundante listando autores, grupos, ballets y poetas de esa generación que abrió una senda por la que luego transitaron tantos otros. Y a la luz de aquellas imágenes sepia es que hoy es posible preguntarse ¿Había acaso una política cultural determinada por el Estado?

No se recuerda hayan existido funcionarios abocados a la burocrática tarea de buscar semilleros y promover artistas, porque aquellos talentos surgían espontáneamente, de las reuniones familiares, de las fiestas patronales, del impulso de salteños que sentían arder en su interior «la cosa popular» y simplemente se dedicaban a cultivar esa pasión.

La suerte, las circunstancias, vaya a saber, les abrieron puertas en los escenarios desde donde se proyectaron hacia la historia de la cultura popular. Pero aquellas expresiones, así como la pintura, la literatura, el teatro, en Salta, jamás superaron la línea de lo amateur, con algunos chispazos de éxitos de breve duración.

No se recuerdan «políticas culturales», pero si se recuerda pasión y preocupación por la cultura como fue -por mencionar un evento, quizás el más emblemático-, el Festival Latinoamericano de Folclore, impulsado por un empresario como fue Roberto Romero. Es decir, no había políticas pero desde el gobierno y los empresarios se fomentaban los espacios que se convertían en oportunidades.

Otro evento significativo ha sido la Serenata a Cafayate, inspiración de otro empresario como Arnaldo Etchart, que ofreció un escenario, el de la Bodega Encantada para reunir a los amigos que querían celebrar noches de folclore en homenaje al duende del vino. Pero la Serenata no fue así como el Latinoamericano de Folclore impulso de ninguna política oficial.

Otro semillero de cultura fue Procultura Salta, esfuerzo de un inmigrante italiano como Benito Crivelli, quien desde su Librería «El Colegio» generaba los programas, armaba las grillas y así nació el «Abril Cultural» que desanda ya el medio siglo de vida. Proscenios pequeños, armados a pulmón, con folletería conseguida con la buena voluntad de imprenteros que colaboraban.

Otro espacio donde abrevó la Cultura amateur y se incubaron grandes talentos fue PROCULTURA SALTA, dirigido por muchos años por un maestro de la Cultura como Agustín Usandivaras, pero que se mantuvo gracias al aporte de varias de las empresas más importantes de Salta. Nuevamente, no había allí «políticas oficiales».

En definitiva, la Cultura en Salta y sus protagonistas que hacen hinchar el pecho al salteño que allende las fronteras de esta Patria chica se encuentran con una zamba o una imagen de algún poeta, lo que fuera, se emociona y se «hincha como sapo» -diría el «Cuchi» Leguizamón, diciendo «esos son nuestros».

En esa expresión «son nuestros», se resume también un ánimo patriótico, si se quiere adaptar el término, porque en ese punto se comprende que la Cultura no puede ser «oficial»; no puede haber una «Cultura oficial» y otra popular. La Cultura es una sola.

Y hallamos razón de esto que decimos cuando hacemos memoria de algunos secretarios de Cultura que pasaron por los gobiernos de Salta discerniendo lo que era la Cultura según ellos. Así, hubo un tiempo en que Cultura para el gobierno de esa época era la Filarmónica de Viena, el Trío Roma o el Ballet del Teatro Colón, y nada más. A contracara, apareció luego alguien a dirigir la Cultura de Salta imponiendo que Cultura era la Comparsa Los Toykas, Los Tonkas, el bagualero vallisto y el artesano de la Puna, nada más.

Ambas posturas estaban erradas, porque la Cultura no es esto o aquello, no es lo uno en desprecio de lo otro: la Cultura es lo Uno y lo Otro. Todo es Cultura, según alguna clásica definición.

De allí entonces que a esta altura estemos en condiciones de comprender a priori dos cosas; que la Cultura es un movimiento independiente del criterio de los funcionarios porque es el resultado de un sentir popular influido por diversas circunstancias sociopolíticas y económicas; pero siempre cargadas de contenido ancestral. Y segundo, que la Cultura no necesita dirección sino oportunidades. Los artistas, particularmente aquellos que luchan por ganar un espacio no corren tras el cachet sino que piden más bien escenarios, quieren, necesitan mostrar su arte.

Esto es a lo que primero debe estar atento el Estado, a proveer de oportunidades, de escenarios, a organizar festivales y promocionar las peñas, los ateneos, las clínicas de arte. A buscar becas de afuera (que las hay y muchas). El Estado debe organizar a la Cultura y no dirigirla.

No se puede dirigir la Cultura, pero tampoco se puede abandonarla, reducirla a una mera actividad burocrática. En los últimos años en Salta no se han visto ni siquiera atisbos de fomento, sobre todo en los pueblos más alejados de la Capital de Salta.

Los funcionarios de Cultura deben viajar al interior, internarse entre los valles y los montes, pernoctar entre los lugareños y convivir en el fogón de la noche, participar de la ceremonia para saludar el renovado nacimiento de Inti. Caminar los pasadizos que conducen al rancho donde un luthier construye instrumentos sin saber que lo es.

La Cultura también significa mantener vivas las tradiciones, esto es, fomentar el arte de los tejedores vallistos, de los plateros de los campos, de los que trabajan el cuero allá por Anta, de los cuchilleros que forjan verdaderas obras de arte donde coinciden el acero, la talla de la madera y el tratamiento del asta.

Mantener vivas esas tradiciones representa asimismo «trasvasarlas» -como diría Perón- a las nuevas generaciones. Desde un tiempo a esta parte el fenómeno de la inmigración de jóvenes desde sus lugares de origen hacia la ciudad se profundiza, se magnifica y así se pierden talentos que terminan desperdiciados en la lucha diaria del subsistir en los asentamientos. De esta manera se va destruyendo el acervo cultural de Salta.

Festivales y a otra cosa

El paneo precedente pone en situación al lector del amplio espectro que cubre la Cultura en Salta y sobre que sus necesidades tal vez no pasen tanto por los presupuestos provinciales sino por la acción de los funcionarios: capacidad de gestión como se le suele llamar.

Se comprueba, sin embargo, desde hace unos años el florecimiento de festivales folclóricos en casi todos los municipios de la provincia que resumen el canto, algo de danza y nada más. El resto de las vocaciones culturales quedan marginadas. El problema adjunto es que esos festivales han terminado casi siempre siendo financiados por la provincia ya que los municipios, como es costumbre, viven al borde de la quiebra financiera.

El otro tema en cuestión es que esos festivales terminan siendo organizados por privados con subvención oficial y en los cuales se contratan los servicios de empresas también privadas, todos con facturaciones millonarias. En pueblos tan dados a la jarana folclórica la asistencia de público está garantizada y suele decirse al final «Que el festival ha sido un éxito». Sin duda, pero ¿para quién?

El listado de los exitosos suele ser extenso; primero los artistas cuyos cachet cotizan varias centenas de millones según de quien se trate y cada uno trae un séquito de otras varias decenas de personas a las que hay que pagar viajes, alojamientos, viáticos y demás. Y así los números van disminuyendo hasta que los artistas locales con tal de usufructuar aunque más no sea unos minutos de esos escenarios concurren gratis, pagándose viajes y alojamientos. Sólo para tener una foto y ver qué pasa en algún momento. Desde donde lo entendemos, esto no es fomentar la cultura popular sino el negocio de unos cuantos.

Algunos municipios han optado directamente por «privatizar» sus festivales, y el entrecomillado hace referencia a que ya tienen empresas que todos los años organizan, contratan, arman todo, pero como siempre ¡con la del contribuyente! Entonces, si el festival es un éxito, esos privados se van con las maletas llenas, y si por caso algo sale mal lo cubrirá el municipio, y como el municipio siempre está quebrado, termina pagando la provincia. ¡Un negocio redondo!

Este asunto de los festivales folclóricos tiene hasta un costado discriminatorio porque cuando se revisan las grillas de artistas los nombres consagrados siempre están, de hecho, son los que atraen al gran público, mientras abajo, muy abajo, los trabajadores de la Cultura popular pagan a veces durante años el derecho de piso, en ocasiones pidiendo por favor unos minutos y que «sólo les paguen con unas empanadas», y ni siquiera eso logran. Así, se han perdido en la historia no pocos y grandes talentos.

Esto de que el gobierno provincial termine pagando los festivales se ha visto en las últimas semanas cuando se anunció el recorte de gastos ordenado desde la Nación y en Salta, el superministro, Sergio Camacho, ante la pregunta qué iba a pasar con festivales como la Serenata a Cafayate que insumirá algún par de cientos de millones de pesos, dijo: «Ya vamos a ver». Evidentemente ya se ha visto y salvo magia mediante ese tradicional evento ya ha sido anunciado, lo mismo que San Carlos y otros de ese estilo.

También ocurre preguntarse qué ganan los municipios con estos festivales. Cuál es el derrame, el beneficio que les queda más allá de las calles llenas de basura y borrachos esparcidos por las plazas y rincones. Generalmente nada, los municipios no reciben nada porque como se anticipó los dineros se van con los organizadores y queda el trabajo de limpiar y pagar esos costos adicionales.

Estas fiestas populares deben ser bienvenidas porque al fin de cuentas son el último reducto que va quedando de la Cultura popular, pero hay que revisar los modos, las formas, los cosos y los resultados. Sería muy interesante que estos festivales fueran además de una postal turística puertas al progreso de los artistas locales, de los artesanos, de los bailarines.

Hablar de festivales donde el folclore es el máximo exponente sobre el escenario remite de suyo a la figura del gaucho, y los fortines gauchos en los municipios tienen muy poca o directamente ninguna participación en estos eventos que bien podrían ser una oportunidad para difundir la historia y las tradiciones que son el pilar donde descansa la identidad local. Pero no,  del gaucho sólo se utiliza el traje para cantar y últimamente ni eso

No sólo que estos grandes festivales van perdiendo la identidad inicial con que nacieron, sino que ahora son salpicados con expresiones como la cumbia, el reguetón, que directamente es un insulto a la cultura local, donde no sólo se pierde la música y la danza tradicional sino también la letra, la poesía, todo.

Y ¿Què hacemos entonces con la Cultura?

No hay que esperar mucho en este sentido de los funcionarios porque la mayoría de los que llegan a la secretaría de Cultura con mucha suerte logran hablar fluido el español. Fueron famosas las palabras de alguna secretaria de Cultura de alguna Gestión pasada cuando dijo: «Y a mí cuando me nombraron yo de esto no sabía nada. Sí, tenía en casa algún casete -vaya antigüedad-, algún libro, pero nada más». Alguna otra disertaba sobre Cultura desde el yacuzzi y otros bailaban desde playas lejanas vestidos como jamaiquinos.

Luego, la Cultura bien podría utilizarse como una herramienta política si hubiera funcionarios lúcidos que comprendan que Cultura no es un afiche ni un festival sino una vivencia diaria, presente, activa en la vida de los pueblos, sobre todo del interior de la provincia.

Volviendo a ese discurso citado del actor, Oscar Martínez, el hombre agrega enfático: ¡La Cultura es indestructible! Y es verdad, porque como bien lo afirma un viejo dicho «Cultura es el hombre que camina». Todo y todos son cultura y allí permanece y se desarrolla, se ancla la identidad popular, ese sentido de pertenencia y permanencia que hace al carácter de los pueblos.

Obviamente, que para que esto permanezca y se fortalezca, es necesario que desde los gobiernos se comprenda lo integral de la Cultura. Cierta vez un famoso artista que pasó por Salta supo decir: «La Cultura, el arte, no son para entendidos sino para sensibles».

Bastaría quizás entonces que los funcionarios del área de Cultura no fueran ni siquiera licenciados o doctos en analizar estilos de pintura en una tela, ni capaces de distinguir un Fa de un Mi, sino que simplemente lograran emocionarse y vibrar ante cualquier manifestación cultural, sobre todo aquellas más simples y alejadas de las oficinas con aire acondicionado.

Mientras esto no ocurra, mientras no haya funcionarios sensibles, mientras los festivales sigan siendo una industria del negocio fácil y rápido, continuarán miles de salteños pidiendo un pedacito de escenario, unos minutos para mostrar lo que saben hacer a cambio de unas empanadas.

Menos que mal que alguna legisladora ya ha sancionado el 4 de abril como el Día de la Empanada salteña. Por ahí, darles una empanada deje de ser un gasto para el presupuesto oficial y sea parte de la política oficial de Cultura.