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Salta

Francisco: El Papa que no volvió por culpa del «riverboquismo» argentino

La muerte del Papa Francisco conmociona al mundo, pero en Argentina despierta una mezcla de duelo y reflexión incómoda.

Papa Francisco

SALTA (Diego Nofal).- La muerte del Papa Francisco conmociona al mundo, pero en Argentina despierta una mezcla de duelo y reflexión incómoda. Jorge Mario Bergoglio, el primer pontífice latinoamericano, fue una figura venerada globalmente por su humildad. Su defensa de los pobres y su diálogo interreligioso. Sin embargo, en su tierra natal, su legado estuvo marcado por la controversia. El revisionismo y una polarización que lo convirtió en blanco de ataques cruzados. Su decisión de no regresar al país después de ser elegido Papa en 2013 no fue un acto de desapego. Sino el reflejo de una sociedad que, históricamente, ha sido incapaz de celebrar a sus íconos sin convertirlos en moneda de cambio político. 

Entre la dictadura y el kirchnerismo: Francisco, un pontífice bajo sospecha

Desde el momento en que Bergoglio ascendió al Vaticano, sectores del kirchnerismo —con el respaldo de medios afines— lanzaron una campaña para vincularlo con la desaparición de dos sacerdotes durante la última dictadura militar (1976-1983). Las acusaciones, basadas en testimonios controvertidos, buscaban presentarlo como cómplice silencioso del terrorismo de Estado. Si bien nunca hubo pruebas concluyentes —de hecho, investigaciones posteriores destacaron sus esfuerzos para proteger a religiosos perseguidos—, el relato caló en un sector de la sociedad que ya desconfiaba de la Iglesia por su rol ambiguo durante aquellos años. 

Paradójicamente, años después, el mismo Kirchnerismo que lo cuestionó por su supuesta cercanía con la dictadura lo festejaría por ser un supuesto aliado encubierto de Cristina Fernández de Kirchner. Esta narrativa, impulsada por voces conservadoras, aseguraba que Francisco simpatizaba con las políticas de la expresidenta y sus funcionarios. Nada más alejado de la realidad: el Papa mantuvo una distancia crítica del gobierno kirchnerista, especialmente en temas como la corrupción y la pobreza estructural. Pero en Argentina, donde la grieta política todo lo distorsiona, la figura de Bergoglio fue reducida a un arma arrojadiza: para algunos, un “obispo neoliberal”; para otros, un “teólogo de la liberación encubierto”. 

De “comunista” a “representante del maligno”: el giro de la derecha

Si los ataques iniciales provinieron de la centroizquierda, el ascenso de la derecha argentina profundizó la demonización. El actual presidente, en un exabrupto que luego intentó matizar, llegó a tildar a Francisco de “comunista” y “representante del maligno en la Tierra”. Sus seguidores, lejos de repudiar el comentario, replicaron la etiqueta de “Papa rojo”, asociándolo con una supuesta agenda izquierdista. La ironía es evidente: Bergoglio, formado en el conservadurismo jesuita, nunca promovió cambios doctrinarios radicales. Su crítica al capitalismo salvaje y su llamado a cuidar “la casa común” (expresados en encíclicas como Laudato Si’) fueron interpretados, en clave local, como consignas partidarias. 

Este reduccionismo no solo ignoró el mensaje universal del pontífice, sino que borró su historia personal. Hombre de austeridad probada, su labor en las villas de emergencia y su mediación durante el violento 2001 argentino lo muestran como un pastor cercano a los marginados, pero no como un ideólogo. Para él, la política era un espacio de servicio, no de poder. 

El “riverboquismo” argentino: cuando todo se reduce a una camiseta

¿Por qué Francisco eligió no volver? La respuesta yace en un fenómeno que podríamos llamar “riverboquismo”: esa tendencia argentina a dividir la realidad en bandos irreconciliables, como si la vida fuera un partido entre River y Boca. En este esquema, no hay lugar para matices: se es oficialista o opositor, peronista o antiperonista, “tibio” o “radicalizado”. Y quien intente trascender estas etiquetas —como lo hizo Bergoglio— será arrastrado al barro de la grieta. 

El Papa, consciente de este mecanismo, evitó alimentarlo. Sabía que su visita sería usada para fotos con funcionarios, banderas partidarias y titulares sesgados. Prefirió mantenerse lejos, no por indiferencia, sino para proteger su misión de unidad. No es casual que, en una década como pontífice, haya priorizado países en guerra o crisis humanitarias antes que una Argentina obsesionada con convertir su fe en propaganda. 

Ídolos en la picota: la maldición de ser argentino

Esta incapacidad de disfrutar a las figuras públicas sin politizarlas no es nueva. Desde Eva Perón hasta Maradona, pasando por Borges o Mercedes Sosa, los grandes referentes argentinos han sido apropiados o satanizados según el clima político. Eva, convertida en mito por el peronismo y en “yegua” por la antiizquierda; Maradona, oscilando entre “Dios” y “narco” según el relato de turno; hasta el Che Guevara, argentino universal, reducido a una estampa comercial. 

Francisco escapó de este destino al globalizarse. En el Vaticano, pudo ser un líder espiritual sin ataduras locales. Pero su muerte nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto perdimos como sociedad al no permitirnos valorarlo sin filtros ideológicos? 

 El precio de la grieta

El “riverboquismo” —esa manía de ver enemigos donde hay compatriotas— nos ha costado caro. Nos roba la posibilidad de admirar, de aprender, de crecer. Francisco, como otros antes que él, fue víctima de esta dinámica. Su elección de no regresar no fue un desprecio, sino un acto de lucidez: entendió que, en Argentina, hasta un hombre de fe puede terminar convertido en un eslogan. 

Hoy, mientras el mundo llora a un líder excepcional, los argentinos deberíamos mirarnos al espejo. Quizás, dejar de mirarnos y creer que somos el centro del mundo, sería mucho mejor aún.