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Salta

La UCR Miguel Nanni: Entre la intervención y el hartazgo

Hace dos años, la Unión Cívica Radical (UCR) de Salta vivió un punto de inflexión que marcaría su destino: la ruptura interna liderada por Miguel Nanni que autoprorrogó su mandato

Miguel Nanni

SALTA (Diego Nofal).- Hace dos años, la Unión Cívica Radical (UCR) de Salta vivió un punto de inflexión que marcaría su destino: la ruptura interna liderada por Miguel Nanni que autoprorrogó su mandato. Desde entonces, el partido que alguna vez fue un referente de la política provincial se ha convertido en una sombra de sí mismo, un apéndice funcional al gobierno de Gustavo Sáenz y a intereses ajenos a sus bases. Hoy, con elecciones en puerta y un malestar creciente entre sus filas, el experimento de Nanni parece acercarse a su fin, no por voluntad propia, sino por el clamor de una militancia que se siente traicionada. 

En 2021 la UCR salteña inició un proceso de normalización bajo argumentos de reestructuración y unidad partidaria. Sin embargo, lo que comenzó como una medida excepcional se transformó en un control férreo. Miguel Nanni, un operador político leal al establishment provincial, consolidó un poder sin contrapesos. Bajo su conducción, el radicalismo abandonó su histórica autonomía para convertirse en un instrumento de alquiler. El partido, fundado en principios de ética y representación ciudadana, mutó en una plataforma transaccional. 

Los “clientes” favoritos de este modelo no fueron difíciles de identificar: el PRO Salta, espacio aliado al gobierno nacional, también al provincial, y el Frente Plural de los hermanos Federico y Matías Posadas, cuyo peso electoral se sostiene más en redes clientelares que en un proyecto claro. Miguel Nanni no solo permitió que estos grupos usaran la sigla radical como vehículo electoral, sino que activamente promovió alianzas que diluyeron la identidad del partido. La UCR dejó de ser un espacio de debate para transformarse en una marca vacía, prestada al mejor postor. 

Elecciones y candidatos foráneos: La chispa del conflicto

Las tensiones latentes estallaron en estas elecciones. Nanni insistió en imponer como candidato a Matías Posadas, figura del Frente Plural, a pesar de su conocido récord de derrotas. La comparación con Daniel Filmus —político peronista asociado a fracasos electorales— no es casual: Posadas carga con una imagen de oportunista sin arraigo en las bases radicales. Su nominación, lejos de unir, evidenció el divorcio entre la cúpula y los militantes. 

Para muchos radicales, esta decisión fue la gota que rebalsó el vaso. ¿Por qué privilegiar a un externo en lugar de promover cuadros propios? La respuesta parece estar en la lógica de Nanni: mantener al partido como un apéndice del poder provincial. Su cercanía con el gobernador Gustavo Sáenz, con quien comparte una alianza pragmática,  explica esta estrategia. Sin embargo, el costo ha sido alto: la UCR perdió credibilidad y se alejó de su rol de oposición constructiva. 

Las paredes hablan de Miguel Nanni

El descontento ya no es un susurro. En las últimas semanas, pintadas en distintos puntos de Salta capital denunciaron a Nanni como “usurpador” y exigieron su salida. Estas expresiones, anónimas pero elocuentes, reflejan un sentimiento generalizado. Los radicales históricos, aquellos que construyeron el partido con trabajo territorial, se sienten excluidos. Para ellos, la intervención no fue un rescate, sino una confiscación. 

La crítica no es solo por las alianzas espurias o los candidatos impuestos, sino por la ausencia total de democracia interna. Nanni gobierna el partido con un círculo íntimo, sin consultar a los afiliados. Las convenciones son meros trámites, y las voces disidentes, marginadas. En un movimiento que se jacta de su tradición institucionalista, esta verticalidad resulta paradójica y ofensiva. 

Miguel Nanni parece ignorar que su poder se sostiene en un frágil equilibrio. Su alianza con Sáenz le garantiza cierta influencia, pero el gobernador, hábil estratega, no dudará en distanciarse si la UCR se vuelve una carga. Por otro lado, el fracaso electoral de sus candidatos “prestigiosos”, como Posadas, debilita su narrativa de eficacia. 

El radicalismo salteño enfrenta una disyuntiva: continuar como un sello vacío al servicio de terceros o recuperar su esencia. Para ello, necesita más que un cambio de rostros; requiere un proceso de regeneración democrática. Los sectores críticos, aunque fragmentados, comienzan a organizarse. Algunos apuestan a forzar una intervención nacional desde la UCR, otros a movilizar bases en asambleas. 

La caída de Nanni no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo. Su liderazgo, basado en transacciones y lealtades efímeras, carece del sustento ideológico y emocional que une a un partido. La ciudadanía salteña, por su parte, observa con desconfianza a una UCR que ya no defiende banderas claras. 

El desafío para los radicales auténticos es enorme: deben rescatar su espacio de las manos de operadores y reconectarse con la sociedad. Esto implica romper con el verticalismo, rechazar alianzas cortoplacistas y volver a construir desde abajo. La historia de la UCR está llena de crisis, pero también de resiliencia. En Salta, como en el resto del país, el radicalismo sobrevivió a dictaduras, derrotas y traiciones. Hoy, la pregunta es si podrá sobrevivir a sí mismo. 

Mientras tanto, las paredes siguen hablando. Y su mensaje es claro, cuando un partido pierde a sus militantes, pierde su razón de existir.