SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Fue este gran Curaca, el protagonista principal de la segunda sublevación Calchaquí, que mantuviera en vilo a los conquistadores, haciendo peligrar la integridad de las ciudades, que con tanto esfuerzo habían fundado los españoles, en estas comarcas. Esta segunda sublevación, llamada también “El Gran Alzamiento”, se inicia en el año 1630, y termina en el año 1637. La primera sublevación tuvo como protagonista principal a don Juan Calchaqui, (sin la acentuación dada por los españoles), de la que nos ocuparemos en otro momento de “Las Calles”.
Hoy recuperamos para la memoria histórica, a este gran paladín de la resistencia americana, “El Curaca Chelemín”. No sé en que momento comenzó la deformación de su nombre, anteponiéndole Juan, cuando en realidad, quién así se llamara, fue don Juan Calchaquí, al ser bautizado por los españoles, dado que era por entonces, una práctica corriente españolizar el nombre autóctono, al ser bautizados. Hasta donde hemos podido investigar, Chelemín o Chalimín como es nombrado en algunos textos, jamás recibió este sacramento, por lo tanto la anteposición Juan, es una equivocación transmitida de escritor en escritor, dado que un historiador no puede confundirse.
Las relaciones del español con el indígena, no siempre fueron fáciles, como tampoco se solucionaba con el mestizaje para conformar una nueva raza. El español, en múltiples oportunidades agotó a los indios sobrecargándolos con trabajos excesivos, valiéndose de su mano de obra, para los laboreos del campo, dando ocasión, a la formación de estancias o haciendas; llevaron de esta manera el progreso a la región. En realidad el sometimiento pacífico, fue una parte de la realidad, ya que aquellos que se negaron al sometimiento de las encomiendas indianas, entraron en rebeliones tan intensas, que conmovieron las estructuras políticas, sociales y económicas de la gobernación, debiendo sus autoridades, solicitar auxilios a Chile y el Perú, para poder sofocar el incendio desatado.
Sin duda, las Guerras Calchaquíes, conforman un capítulo apasionante en la historia del Tucumán, donde hubo derroche de actos heroicos de ambos bandos, no exentos de crueldades inimaginables. De estas crisis, surgieron inevitablemente, adalides que sostuvieron con orgullo la hidalguía de sus razas. Tal es el caso del bravo Chelemín, sometido por el mejor armamento y pertrechos de guerra, traídos por el conquistador español. Nada pudieron hacer el arco, la flecha y las piedras en medio del atronador rugido de los pingollos.
El Valle Calchaquí, se mantenía como una frontera inexpugnable a la colonización de los invasores blancos, los Encomenderos. Era una porción de territorio que abarcaba más de treinta mil leguas extendidas desde La Poma en Salta hasta Londres en Catamarca. Albergaba entre 12 y 20 almas, donde misioneros jesuitas, residieron durante siete años, sin lograr avances significativos en la conquista espiritual de los aborígenes.
Durante todo el período de la conquista, los españoles no habían podido entrar en el valle, donde los señoríos agroalfareros pertenecientes a la cultura diaguita, se habían hecho inexpugnables a pesar de que el rey español ya había concedido la pertenencia a sus más bravos capitanes. Las guerras se extendieron por más de un siglo y comenzaron en el año 1562, bajo el mandato del jefe indio Kalchaki, que había ya pasado la flecha, a las tribus confederadas para la ocasión, en señal de unión. Las parcialidades calchaquíes no llegaron a constituir en el sentido estricto lo que se denomina nación. Secundaron en la dirección de la guerra, los caciques Quipildor y Viltipoco, habiendo arrasado las tres nuevas ciudades españolas, Cañete en Tucumán, Córdoba de Calchaquí, y Londres en Catamarca. Esta contienda motivó que el rey de España separara la Gobernación del Tucumán de la de Chile, en 1563, para que la primera dependiera del Virrey del Perú.
La segunda guerra, que motiva esta nota, duró siete años de 1630 a 1637, donde los calchaquíes, dirigidos por el gran Curaca Chelemín, destruyeran, las ciudades de Londres II en Catamarca, y Nuestra Señora de Guadalupe en la jurisdicción salteña. Se inicia cuando Chelemín envía su hijo, con doscientos hombres a saludar y rendir pleitesía al Gobernador don Felpe de Albornoz. El gobernador los humilló, mandándoles a castigar y cortar sus cabellos, actitud que ellos consideraban del mayor agravio.
El frente sur de la campaña contra el Calchaquí, durante el gran alzamiento, estuvo al mando de don Gerónimo Luis de Cabrera, nieto del fundador de Córdoba, que venía de soportar dispar suerte en la guerra. Entre algunos episodios de la misma, venía de ser prácticamente desalojado y derrotado, como decíamos de la ciudad de Londres, donde Chelemín cortara los abastecimientos de agua, al desviar el cauce de la acequia que abastecía a los españoles de tan preciado elemento. Solamente la habilidad de don Juan Gregorio Bazán de Pedraza y la tenaz disciplina de las tropas españolas, lograron que llegaran sanos y salvos a La Rioja, para lo cual, debieron destacar peligrosas avanzadas para proteger las aguadas. Decía don Adán Quiroga, “El calchaquí, quiso más bien parecerse a la esbelta vicuña, que pide a las ásperas cumbres, una yerba escasa y pobre, bebe el agua del ventisquero, y corre el riesgo de sucumbir bajo las garras del cóndor; pero que es libre y juzga que ningún peligro es mayor que la servidumbre, pues muere de cierto en el cautiverio”.
Las disensiones entre los generales del frente norte, don Felipe de Albornoz y del sur don Gerónimo Luis de Cabrera, hacen que el lugar de este último fuera ocupado por don Pedro Ramírez de Contreras, que junto al Capitán don Juan Núñez de Ávila, se juntan en Guatungasta, y desde allí se dirigen al valle Hualfín, para dar la batalla final, en el Pucará del Asampay, que en idioma local significa “Diablo”, por su intenso color rojizo. Es aquí, que el bravo Chelemín es apresado, condenado a muerte, y su cuerpo descuartizado: su cabeza fue a parar en la pica del rollo de justicia de la ciudad de La Rioja, mientras que su brazo derecho, fue a parar en la pica de la ciudad de Londres de Pomán. Pero, ¿cómo era el aspecto físico de nuestros protagonistas? Teniendo en cuenta la fragosidad y las alturas de las montañas circundantes, naturalmente su pecho era amplio, por la gran capacidad pulmonar que debían tener para manejarse en las alturas, lo mismo que sus piernas debían ser cortas y fuertes por las grandes distancias que debía recorrer a pié y con las exigencias de fuerza que el terreno les imponía… Su vestimenta era una camisa larga de tela rústica, como la que se usa actualmente en los cerros y que en épocas de siembra o de caza se arremangaba para mayor comodidad. Para los indios fue muy difícil sobrellevar la presión física y sicológica de sus invasores que no sólo les transmitieron enfermedades propias de la raza blanca y europea, sino que les impusieron las duras tareas de la Mita y la Encomienda. Entonces, la breva estaba madura para que se encendiera la guerra, con todas las furias del averno. Los Calchaquíes fueron dominados por el Incario y pertenecieron a la provincia incaica de Quire- Quire, de Collayuyo, a su vez perteneciente al Tahuantinsuyo. La conquista de los incas se hizo a sangre y fuego, y borraron el idioma Kakán en un muy corto plazo que algunos autores estiman en diez o quince años. No quedaron rastros, ni hubo tiempo de que los sacerdotes españoles pudieran registrar sus guturales vocablos e diccionario alguno.
La provincia de Quire-Quire, fue el epicentro y teatro de operaciones de la gesta de la dignidad americana, ya que en cono sur del imperio, fueron los únicos que, en medio del fragor de los pingollos y la gritería infernal de los combates, levantaron las banderas de defensa de un estilo de vida que les era caro y sagrado a la vez. La provincia de Quire-Quire, tenía su cabeza de Curacazgo en Tolombón, y limitaba al norte con la provincia de Chicoana, cuyo centro se encontraba en la localidad de La Paya. Por el sur limitaba con la provincia Austral, cuya cabeza de Curacazgo se encontraba en la tambería de Chilecito. Esta fue la vida, pasión y muerte de un predestinado de la historia: Chelemín, el bravo cacique de Hualfín, donde naciera.
Dr. Ricardo Federico Mena
para El Intransigente
Currículum abreviado
El Dr. Mena- Martínez Castro es odontólogo y ha escrito dentro de su profesión diversos trabajos de investigación clínica, como asimismo acerca de variadas materias: Historia, Genealogía, Poesía, Novela, Teatro y Cuento. Pertenece a distintas instituciones académicas de la región y de Buenos Aires, entre ellas es Miembro de Número del Centro de Estudios Históricos y Genealógicos “Gens Nostra” (Centro de Estudio Hispanoamericanos) con sede en Buenos Aires, Miembro correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán, Miembro Fundador y de Número del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Miembro Correspondiente del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos, Miembro de los Institutos Güemesiano, Belgraniano y Sanmartiniano de Salta, etc. Es autor de importantes trabajos dentro del cancionero popular, dos veces ganador en el Concurso Nacional de la Zamba ( zambas destacadas). Ha recibido numerosos premios provinciales y nacionales en su quehacer, entre los que se encuentran, el Primer Premio de Novela en el año 2000. Ha recibido de la Provincia de Salta el Premio al Mérito Artístico, etc. Colabora con EL INTRANSIGENTE en su columna “Las Calles de Salta y sus Nombres”.