SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Mucho es lo que se ha escrito acerca de Eva Perón, en sus distintos géneros, habiéndolo leído incluso en la novelas, cuya obra cumbre estuviera a cargo de pluma magistral del recientemente desaparecido periodista y hombre de letras, don Tomás Eloy Martínez, en su obra Santa Evita.
Muchos afirman que la conocieron, diciendo: “Era una aventurera- Una Mártir-Una Resentida- Una Fanática: pero para quiénes esto afirman, diremos que es muy difícil admitir que alguien conoció a Eva Perón en lo más profundo de su ser, ya que su personalidad era por demás compleja y singular. Fue una mujer que escapó a todos los moldes, inclusive a los que ella misma trazara, ya que su imagen fue deformada por chismes, calumnias, y también injurias a la que se vio sometida en los baños públicos. Esta no sólo fue deformada por las circunstancias mencionadas, sino que también fue cambiada por la adulación y la obsecuencia. Estas maniobras parecieran ser patrimonio de los argentinos, que aún hoy, esgrimen estas mismas prácticas, para demoler o engrandecer las figuras que ejercitan el poder de la República. Entonces es muy difícil separar la paja del trigo, entre tantas distorsiones. Durante varios años, su nombre fue conocido como: Dama de la Esperanza, Madre de los Humildes, Jefa Espiritual, Santa Evita, entre otras denominaciones, como así también ocurrió, que su nombre fuera prohibido durante años, por expresa disposición legal, y omitido de las radios y de los diarios.
Aún hoy, luego de tantos años de su desaparición, su solo nombre despierta las más difíciles contradicciones que van desde la lealtad, entrega y dedicación y sacrificio, hasta sus antípodas, el narcisismo, venganza, ostentación o despilfarro. Como podremos imaginarnos, resulta complicado poder amalgamar tan dispares conceptos. Ella misma confesó tener varias personalidades, y usarlas alternativamente según las ocasiones, de manera que, es muy difícil establecerlo. Donde uno puede bucear más desapasionadamente, no es precisamente en su historia, tan comentada y tan escrita, sino en su prehistoria, es decir en todas aquellas circunstancias por conquistar lo que la vida le había negado. Se trata de aquella época dura, en que trataba de triunfar en el ambiente artístico; época ésta que se mantiene sin odios y sin adulaciones, y donde puede escarbarse su esencia, proyectada guste o no guste, en la trama íntima de la historia. Se trata de le época transcurrida entre los años 1934 y 1943, donde una jovencita no demasiado bonita, llega a la gran capital, para abrirse camino en absoluta soledad, y pelear sin desmayos por alcanzar el triunfo. Es en la prehistoria de María Eva Duarte, cuando todavía así se llamaba, o simplemente Eva Duarte, donde pueden encontrarse las claves de lo que fue posteriormente.
María Eva Duarte
María Eva Duarte nació en 1919, en un pueblito frente a los campos pertenecientes a la tribu de Coliqueo, a más de doscientos kilómetros de Buenos Aires, más específicamente en Los Toldos, surgido a la vera de las vías del ferrocarril. Eran años estos, donde gobernaba don Hipólito Irigoyen. Sucedió que, en el año 1945, se adulteró la partida de nacimiento de Eva, cambiándola del 26 de abril de 1919, al 7 de mayo de 1922, cuando entonces su futuro marido tenía ya 24 años. Fue la quinta hija de la unión de hecho de don Juan Duarte y de doña Juana Ibarguren. Su padre fue un estanciero importante en General Viamonte, teniendo su familia legal en Chivilicoy. Su madre, doña Juana, ejerce su matriarcado sin avergonzarse, dado que no fue ni será una excepción dentro de los campos de nuestro país. Su año de nacimiento, marcan los finales del poder conservador en la zona, pues el pueblo era ya dominado por los radicales de clase media. Los Ibarguren, de origen vasco, eran en Buenos Aires, pertenecientes a una clase media en ascenso, según el historiador Jorge Capsitsky, dado que un hermano de Juana llegó a ser Jefe de la Estación de Ferrocarril, cargo éste que sólo era superado en estatus por el de Comisario del pueblo. La familia conformada por don Juan Duarte y doña Juan Ibarguren era respetada públicamente, ya que todo estanciero tenía derecho a mantener una familia suplente. Es así como don Juan Duarte, tuvo con ella a Elisa, Arminda, Blanca, Juan y Eva, siendo reconocidos por su padre. Pero hay algo que marcará la vida de la futura Eva Perón, y es, que al morir su padre, doña Juana quiere que sus hijos concurran al velatorio. La pequeña Evita, ese 8 de enero de 1926, cuenta con siete años, y se traslada en sulky, hacia uno de los recuerdos más penosos de su vida, pues doña Juana quiere que concurran a despedir los restos de su padre. Estela Grisolia, mujer legítima del muerto, les niega el derecho a despedirlo, pero un hermano de don Juan Duarte, intercede para que lo hagan, permitiéndoles seguir el féretro en fila india, hasta el cementerio de la localidad. Este episodio, hoy perimido, marcará para siempre en su alma y en su conciencia el concepto de marginalidad. Evita jamás olvidará este triste episodio. Ese mismo año Juan Domingo Perón, egresa de la Escuela de Guerra, con las mejores notas de su promoción, y se casa con doña Aurelia Tizón, apodada “Potota”, joven de 20 años, egresada del Colegio de la Misericordia.
Después de la muerte del padre de sus hijos, doña Juana Ibarguren se traslada con su familia a vivir a la localidad de Junín, cuando don Hipólito Yrigoyen, transitaba su segundo período de gobierno. Pronto doña Juana recibirá pensionistas que le ayudarán a mantener su prole. Elisa casará posteriormente con el Mayor Arrieta y Blanca con el Dr. Álvarez Rodríguez, mientras que Juan Domingo Perón por aquellos años, vive un romance de novela rosa con su esposa Potota, y residen en la calle Zapata 315 de la ciudad de Buenos Aires. Por entonces Perón es ya un joven de 38 años, y ya se asomaba su frustración: la necesidad de un hijo. Su esposa admiraba a actores cinematográficos, como Charles Boyer y tocaba y cantaba con la guitarra. Organizando funciones caseras para los chicos del barrio, cuando la sombra aciaga de un sarcoma comenzaba a lamerle las carnes, para luego la matarla.
Entretanto el 20 de octubre de 1933, Evita que ya soñaba con ser actriz, participaba de una representación colegial Arriba Estudiantes y no había poder humano que la convenciera de que su destino era ser actriz.
Años más tarde, es decir en 1948 decía: “Cuando hablo a los hombres y mujeres de mi pueblo, siento que estoy expresando aquello que intentaba decir cuando declamaba en la fiestas de mi escuela”.
Corría el año 1944, cuando un gran cantor de honda repercusión popular don Agustín Magaldi, se conecta con Juancito Duarte, conocedor mediante su simpatía, de gente del ambiente teatral, entre ellas a los dueños del local donde actuaría este consagrado cantor. Ocurrió en aquella oportunidad algo insólito, sólo previsible en las mujeres de alto temperamento: Juan hace entrar en el teatro a su hermana Eva, y, para sorpresa de Magaldi, ella le pide que la lleve a Buenos Aires. Pero las dudas del cantor se multiplican. La niña es menor de edad y él no quiere líos. Doña Juana interviene en el asunto y ruega a don Agustín que la lleve. Magaldi finalmente cede a la presión de sus interlocutores, pues él es un hombre serio, y siempre realiza sus giras artísticas acompañado de su mujer. En consecuencia Evita va a vivir bajo el techo de los Magaldi, y se compromete a no apartarse de ellos, pero a los pocos días se despide de sus protectores, a los que imaginamos los habría usado para llegar a Buenos Aires, e iniciar la carrera de sus sueños; la carrera que de alguna manera la había obsesionado desde los tiempos de la escuela.
Dr. Ricardo Federico Mena
para El Intransigente
Currículum abreviado
El Dr. Mena- Martínez Castro es odontólogo y ha escrito dentro de su profesión diversos trabajos de investigación clínica, como asimismo acerca de variadas materias: Historia, Genealogía, Poesía, Novela, Teatro y Cuento. Pertenece a distintas instituciones académicas de la región y de Buenos Aires, entre ellas es Miembro de Número del Centro de Estudios Históricos y Genealógicos “Gens Nostra” (Centro de Estudio Hispanoamericanos) con sede en Buenos Aires, Miembro correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán, Miembro Fundador y de Número del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Miembro Correspondiente del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos, Miembro de los Institutos Güemesiano, Belgraniano y Sanmartiniano de Salta, etc. Es autor de importantes trabajos dentro del cancionero popular, dos veces ganador en el Concurso Nacional de la Zamba ( zambas destacadas). Ha recibido numerosos premios provinciales y nacionales en su quehacer, entre los que se encuentran, el Primer Premio de Novela en el año 2000. Ha recibido de la Provincia de Salta el Premio al Mérito Artístico, etc. Colabora con EL INTRANSIGENTE en su columna “Las Calles de Salta y sus Nombres”.