SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Eustoquio Frías, algunas veces nombrado como Eustaquio Frías, nació en Cachi (provincia de Salta) el 20 de setiembre de 1801 y falleció en la ciudad de Buenos Aires, el 16 de marzo de 1891. Participó en la campaña del Perú, en la guerra del Brasil y en las guerras civiles argentinas, lo que lo convirtió en una figura importante para la Argentina. Hoy, su nombre figura en una de las calles de Salta.
Primeros años
Fueron sus padres el Comandante Pedro José Frías Castellanos, que participara de la Batalla de Tucumán, donde tuvo el infortunio de perder una pierna, y la acendrada patriota salteña doña María Loreto Sánchez Peón y Ávila. Fue líder junto a Juana Moro de López en las tareas de espionaje, que, con riesgo de sus vidas desarrollaban, en beneficio de las armas patriotas. Como habíamos mencionado anteriormente en aquella épica batalla por orden del mismísimo General Belgrano, nuestro héroe alcanzaba agua a los soldados de artillería de la patria.
Cuando tuvo la oportunidad de conocer el Regimiento de Granaderos a Caballo, que había formado el entonces coronel José de San Martín, quedó gratamente impresionado. Por eso, se prometió a sí mismo que, cuando alcanzara la edad correspondiente, a como diera lugar, pasaría a revistar en sus filas. Esto sucedía en el año de 1814, cuando sólo contaba con quince años de edad. Al poco tiempo su familia se trasladó a San Juan, y es entonces, cuando juzgara tener edad suficiente para ingresar a este glorioso cuerpo. Corría el mes de marzo de 1816, y pudo hacerlo debido a la intercesión del futuro general Necochea, que intercedió por él, debido a la mistad entablada con su padre durante la campaña del Perú. A pesar de ello no participó del cruce de Los Andes.
Participación en batallas
Recién en el año 1818, fue trasladado a Chile integrando el último contingente en partir, del Regimiento de Granaderos, para poder participar de la campaña de Chillán al sur de aquel país. También participó de la campaña desarrollada en tierras peruanas, más precisamente en las campañas de La Sierra, de Quito, de Puertos Intermedios y de Ayacucho, como así también en los enfrentamientos de Nazca, del Callao, Pichincha, Pasco y Río Bamba, bajo las órdenes del célebre –entonces Coronel- Juan Galo de Lavalle.
Al regresar Lavalle a Lima, quedaron los granaderos a cargo de Frías, quien los condujera a la capital virreinal unos meses más tarde. A mediados de enero de 1823 participó del combate Chunchanga, (Ecuador) combate este en que fuera herido de cierta gravedad en un brazo derecho. En mérito a su coraje le fue concedido un escudo que decía: “La Patria a los vencedores de Chuchanga”. Al año siguiente se incorporó en Huaraz al ejército de Simón Bolívar, junto con otros 120 Granaderos, para luchar en la Batalla de Junín.
Durante la Batalla de Ayacucho, que marcara el fin de la lucha por la independencia americana, fue uno de los 80 Granaderos argentinos que participaron en la victoria; fue herido en un muslo obteniendo una medalla de oro acordada por Bolívar. El General Sucre decía de él: “Si todos los soldados de San Martín son como usted, son invencibles”.
Regresó a Buenos Aires en febrero de 1826 en el contingente de Granaderos comandados por José Félix Bogado, que venía en calidad de portaestandarte. Sabemos que este Regimiento fue disuelto, pero dispuesto a seguir luchando se incorporó a las huestes que luchaban contra el Imperio del Brasil, más precisamente en el Regimiento de Caballería Nº. 16, al comando de Olavarría, luchando en la Batalla de Ombú. En Ituzaingó combatió bajo las órdenes del coronel Juan Lavalle; en tal eventualidad ambos fueron ascendidos al término de la batalla; Lavalle alcanzó el grado de general, y Frías el de capitán. Hecha la paz con el Brasil, como decíamos, el entonces Teniente Coronel regresó a Buenos Aires, y en 1830 disconforme con la política de Rosas pidió la baja, alegando razones de salud. Rosas no aceptó su alejamiento, pero Frías contestó: “Si el señor Gobernador me permite que le hable con franqueza, le diré los motivos que me obligan a no servir: 1º. Lo quebrantado de mi salud-2º- La ingratitud de los gobernantes- 3º- que pertenezco a un partido contrario a V.E. y mis sentimientos tal vez me obligaran a traicionarle, y para no dar un paso que me degrade, suplico a V.E. se digne concederme mi retiro”. Al día siguiente Rosas le entregó la cédula de retiro y la suma de quinientos pesos, diciéndole: “Cuando usted se halle necesitado, busque no al Gobernador, sino a Juan Manuel de Rosas”.
La presión del federalismo sobre Eustoquio Frías
Luego de esto, decidió permanecer en Buenos aires, dedicado a las actividades comerciales, pero los partidarios de Rosas le amenazaban, de modo que decidió exiliarse en Montevideo. Luego, hombre de lucha al fin, decide incorporarse a las huestes de Lavalle en Entre Ríos. Formó parte del Segundo Ejército Correntino que combatía contra Rosas, participando de las batallas de Don Cristóbal, Sauce y Quebracho Herrado. Por orden de Lavalle, se desempeñó como segundo Jefe de la División comandada por el Coronel José María Vilela, con destino a la campaña de Cuyo, habiendo ya obtenido los despachos de Teniente Coronel.
Derrota de Sancala
Luego sobrevendría la derrota de Sancala, en Córdoba, donde sucumbieron la mayor parte de las fuerzas unitarias de Vilela, al ser tomadas por sorpresa, por la división del General Ángel Pacheco que las perseguía. Esta derrota evitó que la Coalición del Norte, se expandiera hacia Cuyo. Vilela huyó a Catamarca para luego ser fusilado junto a Marco Avellaneda en Tucumán.
Nuestro héroe, don Eustoquio Frías, luego de Sancala, fue tomado prisionero, habiendo permanecido durante ocho meses en los cuarteles de Retiro, habiendo sido liberado por la intercesión del jefe de la escuadra francesa.
En 1842, participó de la defensa de la ciudad de Montevideo, sitiada por el general Oribe. En Corrientes, luchó bajo las órdenes de José María Paz. A todo esto las desavenencias entre Paz y los Madariaga se acentuaron, participando luego en la Batalla de Vences. Fueron derrotados, huyendo entonces al Paraguay. Posteriormente, se incorporó al Ejército de Urquiza y participó en la Batalla de Caseros, que terminara con la dictadura rosista.
Otro de sus destinos fue la de Comandante de la frontera Oeste, con sede en Salto, habiendo realizado campañas contra los indios, a las órdenes de Emilio Mitre. Participó asimismo de la Batalla de Pavón, luego de la cual fue ascendido a General.
Quiso participar en la Guerra del Paraguay, pero debido a su avanzada edad, no fue admitido, pero si realizó breves tareas de intendencia y administración. Luego de ocurrida la Batalla de Tuyutí obtuvo los despachos de General de División. Su no aceptación a participar de la lucha lo contrarió grandemente, por lo que pidió su pase a retiro. En 1882 ascendió al grado de Teniente General (en retiro). Su desvinculación definitiva del ejército, se efectivizó en el año 1890.
El relato de Carlos Ibarguren
Decía don Carlos Ibarguren en aquel programa radial: Charlas al Soldado, emitido por Radio del Estado, el 30 de agosto de 1951, lo siguiente:*
(…) Era yo un niño cuando lo conocí, hace más de sesenta años, llevado por mi padre, su comprovinciano, que le profesaba veneración y solía visitarlo. Había nacido en Salta, hace más de un siglo y medio. La presencia de este glorioso veterano me conmovía de tal manera que, estremecido de emoción al contemplarlo y al oírlo, le miraba como la imagen viva de la patria misma. En aquel tiempo frisaba los noventa años y era el último sobreviviente de los que forjaron con su espada a las naciones sudamericanas.
Además de las veces que tuve la fortuna de oírle en su casa, le veía desde lejos en las mañanas, al pasar el tranvía que me llevaba al colegio por la calle Suipacha entre Tucumán y Lavalle, donde en la puerta de su domicilio aparecía la silueta del viejo soldado, tomando mate, vestido con larga bata, tocado con un gorro de terciopelo con borla, calzado con pantuflas, abrigado con un poncho, y mirando curiosamente a los transeúntes. Alto, erguido a pesar de su vejez, el General Frías semejaba un patriarca, con su barba blanca que le caía hasta el pecho, su nariz aguileña, sus ojos oscuros que habían visto tantas hazañas heroicas, su ademán amplio e imperioso y su perfil de centurión romano como cincelado en una medalla antigua.
Era adolescente cuando el ejército español invadió Salta y su padre emigró a Tucumán llevándolo con su familia; allí presenció la batalla de Tucumán ayudando a los artilleros, a quienes alcanzaba agua en un balde de suela. Su padre peleó en el combate, en el batallón de salteños comandados por don Mariano Benítez. (…) Actuó en toda la epopeya libertadora: en la campaña de Chile y del Perú, a las órdenes de San Martín y mereció la medalla que llevó por inscripción “ Yo fui del Ejército Libertador. En la primera y segunda campaña de La Sierra con el Mariscal Arenales en las batallas de Nazca y Pasco, obtuvo el escudo que decía: “Yo soy de los vencedores de Pasco”. (…) Bajo el mando del General Sucre peleó en la célebre Batalla de Pichincha y mereció tres medallas de oro y de plata concedidas por los gobiernos de Colombia, del Perú y del Cabildo de Quito. (…) En la Batalla de Junín, a las órdenes de Necochea obtuvo el escudo con esta frase: “Gloria a los vencedores de Junín” (…) Medalla de oro acordada por Bolívar en la batalla de Ayacucho. Sería largo enumerar las distinciones obtenidas en el campo de batalla puestas en los partes de batalla, como así también sus condecoraciones.
Agregaba don Carlos Ibarguren: “Poco antes de la muerte del General Frías, el pueblo de Buenos Aires, le tributó el 9 de julio de 1890, un homenaje inolvidable que presencié, aclamándolo cuando en carruaje descubierto, seguido de una inmensa columna cívica y de estudiantes de los colegios, cubierto de flores, que le arrojaban desde los balcones, fue desde la Plaza de Mayo, frente a las tropas que le rendían honores por la calle Florida, hasta el pie de la estatua de San Martín. (…) (…) Este viejo veterano, que fue la última reliquia viviente de los soldados que nos dieron patria, falleció en Buenos Aires, el 16 de marzo de 1991, cargado de años y de servicios gloriosos”. Sus restos permanecieron durante cuarenta años en el cementerio de la Recoleta y actualmente descansan en el Panteón de las Glorias del Norte, en la catedral Basílica de Salta.
*El discurso del Dr. Carlos Ibarguren, citado en esta nota, me fue gentilmente cedido por la Sra. Julieta García Pinto de Quinteros, perteneciente al archivo de su padre Dr. Roberto García Pinto.
Ricardo Federico Mena