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Salta

El Gobierno de Gustavo Sáenz depende de dos exgobernadores

Gustavo Sáenz navega aguas turbulentas en una balsa hecha con palitos de helado

Gustavo Sáenz
Gustavo Sáenz

SALTA (Diego Nofal).- Gustavo Sáenz navega aguas turbulentas en una balsa hecha con palitos de helado. Tras el batacazo electoral de Roque Cornejo en la capital salteña el pasado mayo, el Gobernador tiene el radar político a toda máquina. Las elecciones nacionales, con tres diputados y tres senadores en juego, no admiten más sorpresas. El fantasma de una nueva derrota ronda la Casa de Gobierno. Ante la debilidad, la vernácula sabiduría política dicta buscar refugio en figuras con peso propio. Curiosamente, las opciones llevan el mismo título. Exgobernadores.

Por un lado, emerge Juan Carlos Romero. Un senador nacional casi monumento a la permanencia en el poder salteño. Con 74 años, esta podría ser su última elección aunque si fuera escolazo, no le pondría fichas al retiro. Hace un par de semanas, mantuvo una reunión con Sáenz. Lo que trascendió fue tan genérico que sonó a comunicado de prensa escrito por un algoritmo. No a una charla entre pesos pesados en tiempos electorales.

Una alianza Sáenz-Romero pinta difícil. Casi como mezclar aceite y agua. Romero, aunque se autodenomine peronista federal, baila con afinidad evidente hacia el PRO y el partido de Javier Milei. Una etiqueta que en Salta hoy suena más a Baden que a Perón. Romero es un elefante político en la habitación pequeña. Grande. Pesado. Incómodo. Su dirección de baile no encaja con la música que toca la orquesta de Sáenz y Nicolás Demitrópulos, el asesor todo terreno del Gobernador.

Gustavo Sáenz y un escenario complicado

Por el otro flanco aparece Juan Manuel Urtubey. Este exgobernador disfruta de un capital que Sáenz añora. El cariño popular. La memoria colectiva lo recuerda como el último mandatario bajo cuyo mando brotaron escuelas, rutas, centros comunitarios y hospitales. Cosas tangibles. De ladrillo y cemento. Que la gente usa y recuerda.

Urtubey, a diferencia del esquivo Romero, parece dispuesto al acercamiento. Ha lanzado varias veces la idea de un «acuerdo integral y de gran escala». El imán sería el enemigo común. Derrotar a los candidatos del presidente Javier Milei en Salta. Un «unámonos o seremos barridos» potente. Urtubey ofrece un puente. Quizás oxidado por años de distancia. Pero puente al fin.

Aquí la carne del festín político se pone jugosa. La gran pregunta que flota en el aire salteño es si Sáenz aceptará tender la mano. Hacerlo sería un acto de realismo político crudo. Como admitir que el traje de gobernador omnipotente le queda grande. Aliarse con Romero, el viejo zorro de derecha no peronista, sería giro de contorsionista. Abrazar a Urtubey, el vecino exitoso que le hace sombra, sería como pedir prestado brillo ajeno. Ambas opciones exigen un poquito de humildad. Virtud escasa en la política de Salta.

Tarea difícil

Gustavo Sáenz está en una encrucijada. Un laberinto heleno, guiado por un griego que en estos tiempos solo sabe chocarse con las paredes. Para el que no entendió la metáfora estoy hablando del inefable Nicolás Demitrópulos. El tiempo apremia. Las boletas no se imprimen solas. Las alianzas no se cosen en un día. Cada minuto sin definición es una ventaja para sus adversarios. Debe decidir. Rápido. ¿El elefante Romero, intentando domar lealtades contradictorias? ¿O el puente Urtubey, apostando a la nostalgia de obra pública y al frente anti-Milei, aunque eso signifique compartir aplausos?

La imagen del gobernador golpeado buscando apoyo de dos exmandatarios nunca cómplices es la de un poder resquebrajado. Depender de Romero o Urtubey no es signo de fortaleza. Es prueba de que la tormenta requiere más de un timonel. La ironía es deliciosa. El gobernador en ejercicio necesita a quienes dejaron la silla para no perder el barco.

La pregunta final, es quién llevará realmente el timón si la alianza se concreta. Sáenz podría terminar siendo el anfitrión de su propio rescate político. Incómodo. Los relojes corren, Gustavo. La decisión, con su peso y su dosis de humillación, no puede esperar. El festín político se sirve ahora o las papas se queman.