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Calles de Salta

Las calles de Salta: Hipólito Yrigoyen

Hipólito Yrigoyen fue dos veces presidente de Argentina. Una de las calles de Salta lleva su nombre.

Hipólito Yrigoyen

SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Hipólito Yrigoyen un conductor de masas enigmático y controvertido que hoy es honrado en una de las calles de Salta. Además, fue un enigma desde los mismos momentos de su nacimiento, del cual Manuel Gálvez lo denominara «»el hombre del misterio”.

Su personalidad está envuelta en una nebulosa impenetrable aún en nuestros días. Se sabe sí que fue hijo de un vasco francés, Martín Yrigoyen y Marcelina Alem, hermana de Leandro. Martín Yrigoyen Dodagaray era un rústico vasco francés que desempeñaba tareas humildes (tal vez lechero, tal vez repartidor de pan, tal vez peón). Marcelina en cambio era una morena de ojos oscuros, cuyo padre era dueño de una pulpería y de varias casitas edificadas para renta. Se llamaba Leandro Nicéforo Alen. 

Infancia y rumores de ser hijo de Juan Manuel de Rosas

El grupo familiar estaba integrado por dos hermanos menores, Roque y Martín, y dos hermanas Amelia y Marcelina. Lo inscribieron como alumno interno en el Colegio San José, de sacerdotes bayonenses, establecimiento donde se educaban la mayoría de los hijos de vascos que gozaban de cierto predicamento en el medio. En este colegio estuvo sólo un año, para continuar luego en el Colegio de la América del Sud hasta 1866-1867. Durante las vacaciones ayudaba a su padre en las tareas administrativas de una empresa de carros o en la directa conducción de vehículos. En el referido Instituto, su tío Leandro Nicéforo Alem dictaba dos cursos de filosofía. 

Se daba por cierto, algo que jamás pudo ser comprobado, que era hijo de Juan Manuel de Rosas, versión esta que adquirió estado periodístico, motorizada por sus opositores. Fundaban esta suspicacia en que Marcelina fue visitante asidua de la casa de Palermo y que habría gozado de los favores del «Restaurador”. 

Leandro Alen, padre del fundador de la Unión Cívica, era un hombre de confianza de Rosas y de fácil acceso a su residencia. Pertenecía a la tan temida Mazorca y fue fusilado y ahorcado junto al tristemente célebre Ciriaco Cuitiño a fines de 1852, por los unitarios que habían reconquistado el poder, luego de la revolución del 11 de setiembre. Decían los opositores a Rosas, que hubiera sido plausible que hombre tan adicto a Rosas, se hubiera sentido orgulloso que su hija fuera requerida de amores por su idolatrado Restaurador.

Hipólito Yrigoyen nació ese mismo año de 1852, luego de escasos cinco meses después de Caseros. Mientras tanto, Rosas mantenía a su lado a Eugenia Castro, con quien tuvo varios hijos que Rosas jamás reconoció. Naturalmente reiteramos no hay nada que abone esta suposición que quedará como uno más de los misterios de rodearon a don Hipólito. En la época se decía que el mismo Rosas habría pergeñado este casamiento. No había parecido físico, aunque esto no hubiera sido necesario, como tampoco nada dice que jamás hubiera hablado mal de Rosas en una época en catalogarlo de traidor, asesino, degollador, y algunos otros epítetos, era moneda corriente. Pero también es cierto, que algunas características de su personalidad puedan ser parecidas. Lo cierto es que ambos fueron caudillos importantes, y esta historia acaso hubiera podido ser. 

Dudas sobre los primeros años de Hipólito Yrigoyen

Poco es también lo que se sabe acerca de su niñez y de su juventud, afirmando algunos que trabajó como carrero. Fue su padre, decíamos, Martín Irigoyen Dodagaray. Don Hipólito jamás se refirió a esos años que debieron ser muy tristes para él y su familia, ya que flotaba la sombra de su abuelo fusilado y ahorcado por mazorquero, además de otras miserias familiares agregadas, que nada interesan en la vida de un hombre, que supo sobreponerse a ellas. No es propio por lo tanto comentarlas, a pesar de que están en cuanta biografía escrita hay sobre él. El hombre vale por sí mismo, mientras labre con honradez su propio destino. 

La grafía de su apellido fue indistinta pues a veces usaba Irigoyen y otras Yrigoyen, hasta que preponderó el último. El nombre de bautismo de este gran político argentino, fue Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Irigoyen y fue el tercer hijo del matrimonio Irigoyen Dolhagaray o Dodagaray-Alem. El apellido original, a diferencia del de Bernardo de Irigoyen era en la tierra vasca, Hyrigoyen, que significa «ciudad en lo alto”. Nuestro biografiado usaba indistintamente cualquiera de los dos, pues en España la grafía era Irigoyen o Yrigoyen. Por razones políticas le recomendaron usar esta última grafía, para diferenciarse del Irigoyen, que respondía a Marcelo T. de Alvear. 

¿Doctor sin serlo?

Otro de los misterios de su controvertida personalidad, que en su momento generó una violenta polémica, fue la acusación de hacerse llamar doctor sin serlo, aunque pudo comprobarse la terminación de sus estudios de abogacía. No obstante, no realizó la tesis correspondiente para ser doctor. Era una minucia que en nada le impedía ejercer su labor profesional de abogado. 

El misterio también alcanza su vida íntima, pues se sabe que vivió y murió soltero, aunque se le atribuyen fácilmente una media docena de hijos, tal cual lo hiciera Rosas. Ambos no los reconocieron. Su hija Elena, habida en una humilde mujer, Antonia Pavón, fue quien le acompañara en sus últimos tiempos. Acaso le hiciera un simbólico reconocimiento, al otorgarle un cierto status familiar, aunque no jurídico. 

Dice el historiador Felipe Cárdenas (h) que era evidente el parecido físico de Eduardo Irigoyen a don Hipólito, quien tuviera alguna actuación dentro del radicalismo después de 1930. También lo fue el distinguido doctor Luís H. Yrigoyen de destacada actuación como Embajador Argentino ante la República Federal Alemana. Dice el mismo historiador que la mayoría de los hijos de Yrigoyen fueron habidos con una dama porteña de la mejor sociedad, doña Dominga Campos, hija de un estanciero.

La joven había heredado la hermosura de su madre irlandesa, también su elegancia y su distinción. El padre se oponía a la unión con Yrigoyen, tomando entonces la resolución de irse a vivir con él. Eran tiempos donde esta situación era tan irregular que los hijos no pudieron ser bautizados. Tuvo relaciones con ella entre los años 85 y 90. Falleció de una enfermedad pulmonar, y según la historia menuda, se comentaba que mucho la había amado, pero por alguna circunstancia también misteriosa, no se casó con ella ni reconoció a sus hijos. Luego de esto, vendría una artista austríaca, hablándose también de amoríos con maestras y alumnas de la Escuela Normal. Todo esto perfiló un folklore, del cual se hicieron pasto sus opositores. 

El único punto concreto de la vida de Hipólito Yrigoyen es en lo que respecta a su fortuna. Supo manejarse con habilidad para acumular campos dentro de la actividad agropecuaria, aunque debió malvenderlos para subvencionar los gastos del partido. El juicio sucesorio es muy ilustrativo respecto a este tema donde el hombre de fortuna fue dilapidándola en la hoguera de sus ideales. 

Pero dejemos su vida personal envuelta en el misterio, consignando sí, que don Hipólito gustaba de él, complaciéndose en dar un toque de magia a los acontecimientos más banales. Lo cierto es que la gente común, la gente humilde, lo idolatraba. Decían: «»es imposible engañarlo”, pero en realidad era esa fina intuición de caudillo natural, la que le avisaba el lado flaco de sus interlocutores. Cuando lo visitaban sus correligionarios de otras provincias, salían hechizados por la perfecta ubicación de cada hombre en su pensamiento. 

Afiliación a la masonería

Se afilió a la Masonería, en la Logia Docente de Buenos Aires, presentado por su tío don Leandro Alem, que había cambiado la grafía de su apellido, por las circunstancias dichas con anterioridad. Acaso su personalidad, plena de conos y de sombras fascinaba a sus amigos más íntimos. No eran muchos. Nadie lo tuteaba y tampoco nadie osaba tomarse confianzas con él. Es por lo tanto muy difícil explicarles a los argentinos de hoy las razones de su poderosa influencia, sobre todo en un hombre que no pronunciaba discursos, a pesar de ser un excelente orador, ni hacía declaraciones periodísticas. Simplemente «»estaba”. Por esta razón fue motejado «»El Peludo” 

Cierto día, el Cura Gaucho Gabriel Brochero que no era radical, lo visitó en una campaña electoral realizada en Córdoba en el año 1913: cuando terminó su entrevista, el famoso sacerdote de Villa Dolores salió llorando y repitiendo «»Es un santo…es un santo… Fue Yrigoyen, en realidad un hombre de características singulares, casi podríamos decir irrepetibles, convencido profundamente de la veracidad de sus ideales y consagrado exclusivamente a ellos. Quienes le conocieron dicen que raramente se sentaba y mientras conversaba no dejaba de caminar por la habitación. Prefería tomar del brazo a su interlocutor y, siempre caminando colocar la conversación en un plano elevado, casi abstracto, sabiendo dosificarla con maestría, de modo de nivelarla a la altura y comprensión del visitante. No decía jamás malas palabras, ni se expresaba groseramente. Generalmente no afirmaba, insinuaba, llevando al interlocutor a expresar lo que él quería decir. Lo que si era una constante, era ese halo de misterio y de reserva con el que seducía tanto a adictos como a adversarios. 

Fue en realidad Leandro Alem- su tío- durante varios años su mentor político, siendo sus ideales interpretados cabalmente por él, al reorganizar el partido radical para llevarlo al poder en el año 1916 Esto pudo realizarse luego de un largo tiempo de abstención revolucionaria. Su juventud, fue una lucha permanente en el Autonomismo porteño, a lo que deben agregarse duras confrontaciones electorales en los suburbios de Buenos Aires. Es esta la época en que ocupa una banca de diputado por el Autonomismo. 

Este partido era conducido por Adolfo Alsina, de base popular, enfrentado al Partido Nacional liderado por Bartolomé Mitre. En 1872, Leandro Alem es electo diputado provincial, Hipólito Yrigoyen gracias a la influencia de su tío, fue nombrado Comisario de Policía en Balvanera con sólo 20 años de edad. En el año 1877, Alem e Yrigoyen se enfrentaron al sector oficial del partido Autonomista, llevando como candidato propio a Aristóbulo del Valle. Este enfrentamiento interno terminó con la exoneración de don Hipólito. Al año siguiente fue elegido diputado por el partido Republicano, pero luego a la muerte de Leandro Alem, volvió a concentrarse en las filas del autonomismo. 

En el año 1882, habiendo ya terminado las materias de abogacía en la Universidad de Buen os Aires- sólo le quedaban los prácticos- que conocía de sobra, por haber trabajado años en el estudio jurídico de su tío y de Aristóbulo del Valle. Por entonces tenía treinta años y estaba escaso de recursos. Acepta un puesto de profesor de Historia, Instrucción Cívica y Filosofía en el Colegio Normal de Maestras, designado por Sarmiento. Sus salarios los donaba al Hospital de Niños. 

Participó activamente de la lucha armada en la Revolución de 1890 y 1893 y luego de la muerte de ambos líderes, se manifestó en contra del acuerdo con el mitrismo propugnado por Bernardo de Irigoyen, como táctica para enfrentar a Roca. Encabezó y financió con su propio dinero la revolución de 1905, que resultara un fracaso. Esto motivó sin embargo el adelantamiento por parte de Roque Sáenz Peña a sancionar la Ley del Voto Secreto en 1912. Esta Ley llamada Ley Sáenz Peña, le llevó a la Presidencia en 1916. 

Luego del suicidio de Alem, sería Yrigoyen el albacea de su testamento político: La Unión Cívica Radical. 

Largo sería enumerar trazos de la vida de este gran político, que excederían las líneas de una nota periodística, pero si brevemente diremos que Yrigoyen, conoció el pensamiento filosófico de Krause a través del «»Curso del Derecho Natural, o de la Filosofía del Derecho de Ahrens, traducido al castellano en 1880. La influencia filosófica de Krause fue determinante en Yrigoyen, desde la concepción del hombre hasta su anhelo de paz universal. Krause, fue un filósofo idealista de gran difusión en España. 

Al ser don Hipólito ungido Presidente de la República Argentina, en las primeras elecciones populares de nuestra historia, regidas por la ley Sáenz Peña, encaró diversas reformas legislativas que revelaban su conocimiento jurídico y su comprensión de los problemas económicos y sociales. Propuso la creación de un Código de Trabajo. Propuso leyes de organización gremial, conciliación y arbitraje obrero. Asimismo solicitó al Congreso la aprobación de las Recomendaciones hechas por la Primera Conferencia Internacional del Trabajo en 1819. Su gobierno tuvo un intenso sentido obrerista. Luego vendría la Igualdad ante la Ley, La Autonomía Contractual, el Derecho a la Propiedad, y numerosos temas más de los cuales omito explayarme por las razones ya antedichas. Pienso que lo aquí consignado sirve suficientemente para ilustrar el merecimiento de su nombre en escuelas, colegios, calles de Salta y del país entero. 

Diremos también, que su vida pública careció de exhibición y la vida privada fue herméticamente preservada. Su personalidad fue una de las singularidades más importantes dentro de la vida política argentina, y su nombre idolatrado o aborrecido con sañas semejantes. En esta síntesis hemos tratado de dar un pantallazo de sus características personales para poder ubicarlo dentro de su trayectoria política, aún vigente en nuestra historia contemporánea. 

Fallecimiento y legado

Falleció en Buenos Aires, el 3 de julio de 1933, acompañado a su última morada en el Cementerio de La Recoleta, por una de las manifestaciones espontáneas más masivas de las que tiene memoria la historia Argentina. 

Fue un gran argentino, preocupado por el bienestar de sus habitantes y por el porvenir de su patria. La esencia de su pensamiento sigue vigente en aquellos que se sienten correligionarios honestos, y patriotas de corazón. 

Ricardo Federico Mena