SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Constituye una región de nuestro N.O. Argentino, abarcando las actuales provincias de Salta, Tucumán y Catamarca. Mirar esta región de los Valles Calchaquíes es internarse en un vergel de alucinados matices ocres y verdes, en los que el rigor inexorable del tiempo, pareciera evocar la figura patriarcal y simple de las cosas que ya fueron. Viajar a los valles, significa adentrarse en el seno mismo de nuestra esencia Argentina, en esa matriz fundamental, épica y romántica, entretejida de dolor, de bravura y de sumisión que constituyeron los ingredientes básicos de la Conquista y Colonización de nuestro suelo. Por su importancia y hermosura, una de las calles de Salta lleva su nombre.
El asombro de los conquistadores
Los Valles Calchaquíes, tanto septentrionales como meridionales, constituyen la «Gran Provincia Calchaquí”. Allí comenzara la Conquista y desde donde los grandes capitanes españoles, viajaran a fundar ciudades que consolidarían su presencia.
Diego de Rojas, Núñez del Prado y Pérez de Zurita irrumpen en ese agreste paisaje con las pupilas encendidas de asombro, atónita su expresión ante la augusta belleza de sus cumbres, mientras silbaba irrefrenablemente en sus oídos el helado arrullo de los vientos que mecían con ternura de madre la melena dorada de los algarrobos seculares.
La magia de los Valles Calchaquíes
El periplo es embriagador y mágico, pero aquellas quebradas, aquellas cumbres casi inaccesibles, no sólo guardaban el sueño del cóndor, sino también la silueta moral del hombre americano. En ella armonizaban como una perfecta aleluya, la fuerza y la altivez del hombre calchaquino, que no se arredraba ante la superioridad de la pólvora y el caballo, sino que venciendo sus miedos, defienden denodadamente su tierra milenaria y maternal.
Es la Pacha Mama, que convoca a sus hijos, en el solar nativo, a vencer o morir en su demanda. Guarda el Valle, en lo más hondo e impenetrable de sus cerros, un pasado histórico pleno de sugerentes vibraciones que merecen a pesar de los siglos transcurridos, un cariñoso reencuentro con el presente.
Es transitar sus caminos, abandonándonos lánguidamente a su hechizo y seducción, dejando atrás hieráticos y multicolores cerros, y haciendo vagar la mirada en lontananza. Es posible que el soñador se sumerja en un éxtasis profundo, y, volteando la cabeza, ora hacia los lujuriosos verdes de las playas del río, ora hacia los fantasmagóricos bermellones que alucina el viento en las quebradas, en un intento incesante de opacar con sus oleadas pardas, esa luminosidad cósmica que le adorna.
Toda la región tiene un clima templado, y aunque está cerca del trópìco no posee la variedad subtropical que debiera corresponderle, pues la altura y la aridez imponen sus propias reglas. Las montañas dentro de este esquema vienen a desempeñar el papel de barreras contenedoras de la humedad, lo que convierte de hecho a los valles en compartimientos separados, que definen el típico clima continental por la escasa influencia de los océanos Pacífico y Atlántico. Es debido a las distintas alturas que van desde los faldeos de los cerros hasta las cumbres, que se generan distintas temperaturas, dando origen a diversos microclimas, favorecedores en algunos casos a la agricultura.
La flora aguerrida y xerófila tiene su exponente típico en el milenario algarrobo de vainas morenas y doradas, que vino a desempeñar para la cultura calchaquí, lo que desempeñara la llama en el orden animal.
En invierno a impulsos del viento, caen las hojas y los frutos, en una inigualable sinfonía de color, alfombrando el campo que sirve de alimento a las bestias que se sirven de ellas. El lloro de estos árboles constituye lo que se denomina «»Mita o Mitu”, que en la lengua local significa barro o lodo. La espina del algarrobo que justicieramente se denomina clavo, es lo que usaban antiguamente los recolectores de algarroba para asegurar los «»pullos” que contenían el preciado alimento que servía para la elaboración de la chicha, la aloja y el patay que todos conocemos.
Hermano compañero en la región, es el cardón, elegante y enhiesto que, esparcidos en grupos más o menos importantes, ofrecen su líquido depósito a las bestias y a los hombres que transitan y han transitado por aquellas desoladas latitudes. Es decir que, donde se hallare un cardón, nadie podía morir de sed.
Al hablar de la «Provincia Calchaquí”, necesariamente tenemos que ubicarla dentro de los límites que tenía el antiguo Incario, que al decir de algunos historiadores, fue respetado por los dominadores españoles que le llamaron erróneamente provincias, ya que las denominaciones indígenas no podían ser traducidas al castellano.
El dominio del Incario sobre nuestra región fue evidente, haciéndose más palpable en una serie de testimonios documentales y arqueológicos, que ponían en evidencia una perfecta organización precolombina. Es así que el extremo meridional de la misma lo constituía la provincia de Quire-Quire, cuya cabeza de curacazgo de acuerdo a don Alberto Rex González, se encontraba en la localidad salteña de Tolombón, extendiéndose su influencia hacia los valles del Yocavil, de Tafí, como asimismo todo el valle de Hualfín –hoy en la Provincia de Catamarca- y quizá también el de Abaucán.
¿Quiénes eran los indios calchaquíes?
Los calchaquíes conformaban una parcialidad diaguita, junto a los Famatina, Pacciocas Capayanes, Tolombones, Quilmes, Acalianes, Anfamas, Amaichas, Colalaos, Andalgalás, Pipanacos, Hualfines, Famayfiles, Abaucanes, Capayanes entre otras parcialidades. El idioma era el Kaká o Kakán, pero luego de la conquista de los Incas, rápidamente fue sustituido por el quichua.
El hombre calchaquí era de torso amplio, cabello lacio, nariz ancha, y ojos negros. Acostumbraba a pintar su cara de negro hasta la mitad de la frente, mientras que el resto era pintado con colores diversos y superpuestos. Cubrían su cuerpo con una especie de camisa larga hasta los tobillos. Con la lana que ellos hilaban las mujeres hacían una especie de vincha que, atada a la frente era adicionada con plumas de colores. La organización tribal, era comandada por el Cacique o Curaca, al cual rodeaba una corte de gente principal que gozaba de prerrogativas especiales. Practicaron la exogamia, la endogamia o la poligamia según fuera el estamento social al que perteneciera la persona. Vivían en casas de planta rectangular, patio, calles trazadas y plaza, siendo sus paredes de pirca, que era el elemento predominante en la montaña. Cultivaban papas, calabazas, quinua, porotos etc. Recolectaban asimismo numeroso frutos silvestres y como medio de transporte, al no conocer el caballo empleaban como animal de transporte las llamas, guanacos y vicuñas que les proporcionaban carne y lana.
No constituyeron una Nación en el sentido estricto de la palabra, pero se agruparon en la defensa común mediante el rito de pasar la flecha en señal de alianza. Avanzaban al combate en medio del fragor de los pingollos y ocarinas. Tenían un alto sentido de la táctica, empleando arcos y flechas. Juan Calchaquí, el Gran Curaca, jefe de la Primera Guerra, fue quien denominara a ala región.
Todos estos lugares vienen a constituir desde entonces un reservorio cálido de rememoraciones históricas, ya que fueron el Señorío del nombrado Juan Calchaquí, formidable paladín de la primera Gran Guerra, desarrollada en territorio nacional. Fue asimismo, teatro de operaciones y bastión inexpugnable del falso Inca Bohórquez, que fuera llevado a ese sitio por el Cacique Pivanti, jefe principal de ese valle, durante la Tercera Guerra Calchaquí.
En medio de ambas, la dignidad del hombre americano, fue sostenida con porfiada vehemencia y capacidad estratégica del nunca olvidado Cacique Chelemín que honra también a otra calle de nuestra ciudad. Durante la Segunda Sublevación, que tan duramente había tratado a los españoles, este valiente cacique, al ser apresado, fue ajusticiado y sus restos mortales fueron esparcidos al viento, en aras del valor y de la gloria.
Significado de estos valles
El resto de los valles, con las localidades de La Poma, Payogasta, Cachi y San Carlos, comprendían la gran «»Provincia” de Chicoana, cuyo Curacazgo estaba en la localidad de La Paya.
Figuras legendarias y míticas, se suceden en incesante desfile que atropella la memoria colectiva de los pueblos, que expresan la dignidad nunca resignada del empuje conquistador.
Es así que nombro con sus triunfos, sus derrotas, y humanas debilidades, tan necesarias como la luz necesita de la sombra para hacerse más brillante, a formidables guerreros, como don Juan Gregorio Bazán, Juan Gregorio Bazán de Pedraza. Julián Seldeño, Hernán Mexía de Miraval, Gregorio de Luna y Cárdenas, Miguel de Ardiles, entre muchos otros, que contribuyeron con su accionar a realizar esta Argentina, que hoy estamos viviendo, fecunda como la vida misma de aquellos arquetipos, tan altiva y digna como el león en sus montañas.
Correrán los años y terminarán los tiempos, pero desde las grietas más profundas de la montaña y desde las cumbres inasibles, donde anidan todos los soles, vibrarán como potros desbocados, los ecos de sus nombres, y como clarinadas de victoria, el acero forjado de su porfía y de su valor.
Ricardo Federico Mena