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Homenaje al doctor Edmundo del Cerro

Con la partida de Edmundo del Cerro, sentimos brotar irreprimiblemente la necesidad de evocar la memoria de este médico-escritor.

Edmundo del Cerro

SALTA ( Por Ricardo F Mena – Martínez Castro).-Es muy sincero y alto el honor de haberme convocado esta noche a traducir en palabras que, por cierto, no alcanzan para expresar el sentimiento que las inspira.

Ante este auditorio, la presencia del homenajeado se despliega como una virtual bandera frente a la conmoción de los espíritus que hoy laten como aplauso simbólico en el recuerdo, los mismos que recibiera él en vida como la más encumbrada de las armonías.

Voy a leerlas, en la peregrina aspiración de que alguna de ellas golpee el alma de quienes fueron sus amigos, como virtual martillo sobre la dureza de ese yunque imaginario.

Bien haya, pues, haber iluminado este homenaje en fecha cercana a su cumpleaños. Con la partida de Edmundo del Cerro, sentimos brotar irreprimiblemente la necesidad de evocar la memoria de este médico-escritor, que inspirara solemnes vibraciones en el alma colectiva de quienes fueron sus amigos, compartiendo ese credo común del afecto y el intelecto literario.

Su esencia buena ha recibido en vida las emociones más perfectas de su tiempo, convergiendo en ese sentimiento fuerte y estimulante que dan la confianza y la hombría de bien.

Fue un obstinado viajero de este mundo, marchando siempre tras ese mítico vellocino de oro como es el honor y la verdad. Para ello, debió explorar todos los abismos del alma, abriendo, con generosidad, su pecho a los dolores espirituales de la naturaleza humana, como asimismo a todas las sombras fútiles de delirios y obsesiones.

Edmundo del Cerro fue acaso la sonrisa y la piedad para sus pacientes, o quizá el latido necesario en medio de esa entraña creadora que lo comprendía.

Como poeta y novelista de excelsa valía, las fulguraciones de las musas desgarraban su emoción ante la belleza de sus palabras. Ninguna lacra ni dolor fueron ajenos a su imperturbable serenidad.

La fuerza creadora de su impronta le llevó a escribir canciones de fuerte contenido que merecieron la alabanza de la crítica y los suspiros del alma, mientras su corazón puro se arrodillaba, como en éxtasis, en cantos de consuelo para quienes sufrían los vendavales de la vida cotidiana.

Palpitaban siempre en él olas de piedad hacia todos aquellos necesitados de su consejo profesional; entonces, sin dudarlo, amanecerán siempre las flores de la tierra al conjuro de su recuerdo, cabalgando la inefable armonía de su lira.

Su poesía musicalizada, proveniente allá en el tiempo de verseros españoles, en brazos de eximios poetas como él, aún se mecen dentro de una música envolvente que alucina a los espíritus sensibles.

Comenzó a escribir desde muy temprano. Dentro de sus recuerdos, memoraba un episodio donde interactuó con el doctor Gustavo Leguizamón, a la sazón profesor de literatura, quien le diera el visto bueno para continuar escribiendo.

Es así que, con el correr de los años, dice que “su libro Bitácora de hotel es un conjunto de cuentos donde, según sus propias palabras, ‘dirigido a rescatar desde lo más simple la profunda búsqueda de lo incomprensible’”.

También decía:

“Yo creo que todos los escritos míos, desde un haiku hasta un ensayo o una novela, todo tiene mi impacto emocional. Y aquí volvemos de nuevo a la gran discusión de qué es el escritor, si el escritor viene porque es la sensibilidad pura o es la intuición, o es la magia, o son los duendes, o es el trabajo del artesano que tiene que estar todos los días con el cincel en la mano, esculpiendo; y es un trabajo de orfebrería manejar el vocabulario y el idioma. Considero que hay estímulos, y ese estímulo tiene que ver con actos vivenciales; sin ese acto vivencial, no hay un disparador”.

Su profesión le enseñó a escuchar delicadamente a quienes necesitaban limpiar su alma para aquietar la mente, como también las turbulencias de los días inciertos.

Entonces, esas vivencias materializadas en historias fueron el caldo nutricio que, al transformarse, eclosionaban en magníficas historias.

«¡Fue un caballero!», dirán quienes lo conocieron, y en su mesa escritores consagrados y jóvenes promesas compartieron el pan de una fraternidad sincera, junto a las revelaciones de su talento.

Nuestro corazón le ha rendido, alternativamente, el tributo de la sonrisa, pero también de la lágrima, en el lenguaje incomparable de nuestros abuelos.

Escribir fue para él una fiesta secreta junto a su siempre enamorada Eugenia, a quien dedicara sus mejores escritos y afanes.

Su patria íntima fue la hermosa familia que fundara. Parafraseando al gran poeta Rilke, comprendemos cuando decía que “todo depende de haber tenido una vez en la vida una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros”.

Él la materializaba en su familia, en la multitud de amigos. Y su conversación revelaba al hombre que había meditado mucho acerca de grandes cosas, pues para él las palabras no solo tenían sentido, sino también matices y peso.

Escribo estas líneas al amigo con quien me unía el largo brazo de la sangre de antepasados comunes que lucharon en la conquista de este país, a través de don Juan de Mena y Bargas, encomendero de Aconquija en Tucumán allá por el 1600, pero también escuchando la melodía sutil de su poesía enancada en la patria de las letras.

Aún recuerdo haber sido honrado con su prólogo en mi primer libro Senderos de la Memoria.

Que en su tumba perdure para siempre el murmullo expresivo de sus afectos y que la luna, siempre cómplice de su lira, al filtrarse por virtuales ramajes comulgue con ellos para que, durante los silencios nocturnales, permanezca besando su memoria pletórica de virtudes.

Para él, se desborde el inefable cariño de sus musas y hoy, lleno de prestigios y títulos, en justicia, su nombre ha pasado a ser un símbolo en el virtual taller de los poetas.

Acaso, algún día, en canteras lejanas, un bloque de mármol esté esperando su buril.

Querido amigo, descanse junto a Dios en los dorados jardines de la paz y que las plegarias de quienes le quisieron, como olas mansas, puedan llegar hasta Él.

Te abraza en murmullos de viento, tu amigo.

Ricardo F Mena- Martínez Castro