Salta.- (Por Diego Nofal).- La fiesta de conmemoración a la Virgen y al Señor del Milagro es una muestra enorme de fe católica. Esta tradición profunda mueve a toda la provincia de Salta. Durante tres días intensos, la ciudad recibe decenas de miles de fieles devotos. Llegan desde todos los rincones de la provincia y de todo el país. Muchos realizan largas caminatas desde localidades lejanas como acto de fe.
Es un tiempo dedicado al recogimiento y a la reflexión espiritual colectiva. Pero este año, el fervor religioso se mezcla con rumores electorales. El ambiente se carga con una pregunta que flota en el aire. Los salteños se preguntan si la política respetará este espacio sagrado.
La elección de octubre no es una elección cualquiera, debemos admitirlo. Se ponen en juego tres bancas de diputados nacionales y tres de senadores. Este resultado definirá la gobernabilidad del gobierno nacional en gran medida. También se establecerá cuál es su principal fuerza opositora a nivel país.
La contienda es crucial y cada voto parece valer el doble. Este contexto eleva la temperatura de la campaña de manera natural. Cualquier oportunidad para sumar adeptos se vuelve tentadora. El paisaje electoral se torna más competitivo y estratégico.
Esta enorme movilización de gente representa una tentación inevitable para cualquier político. Imaginen miles de personas reunidas en un mismo lugar y con fe. Un caldo de cultivo perfecto para repartir volantes o promesas. Cualquier aspirante podría verse tentado a posicionarse para las elecciones.
La Fiesta del Milagro, una tentación inevitable para todos
Un saludo estratégico, una foto oportuna, un gesto calculado. La línea entre el saludo respetuoso y la propaganda es muy delgada. Cruzarla sería un error de cálculo monumental para su imagen. La ciudadanía es muy perceptiva ante estos movimientos.
La pregunta del millón es quién será capaz de mancillar esta muestra de fe. Quién intentará convertir el sagrado recinto en un comité político improvisado. Solo por conseguir un puñado de votos más en las urnas de octubre. Los salteños guardan una paciencia proverbial pero tienen sus límites. La fe es un territorio que se pisa con sumo cuidado y respeto. La historia política local está llena de ejemplos de aciertos y errores. Un mal movimiento aquí se paga caro durante muchas elecciones.
Faltan apenas quince días para que dé inicio la solemnidad de El Milagro. Todos los actores políticos deberían definir ya su estrategia de comportamiento. Ahí veremos quién es el pecador que arrojará la primera piedra propagandística. Será el momento de la verdad para nuestra clase dirigente local. Tendrán la oportunidad de demostrar su verdadero carácter y respeto. Los fieles no van a peregrinar para escuchar discursos de campaña. Su objetivo es claro y no incluye promesas de ningún color político.
Sería una comedia tragicómica ver a un candidato repartiendo calcomanías. Todo esto después de una procesión multitudinaria y llena de emoción. Los peregrinos buscan un milagro, no un plan de gobierno impreso. La fe mueve montañas, pero dudamos mucho que mueva intenciones de voto.
El humor salteño es sabio y tiene memoria para estas situaciones. Un político miope podría convertirse en el chiste rápido del año. Su imagen quedaría ligada para siempre a la falta de tacto y oportunismo.
La solución parece simple, es cuestión de sentido común y decoro elemental. Los políticos deben comprender el profundo significado de estos días. Deben actuar con una discreción absoluta y una presencia casi invisible. Es el momento de ceder el protagonismo a la espiritualidad ciudadana.
Todos necesitan un gesto de humildad
Un gesto de humildad podría redimirles más que cualquier campaña. La gente recordará quién supo respetar su momento más sagrado. Ese respeto silencioso se transforma en un capital político valiosísimo.
El verdadero milagro sería una tregua política voluntaria y genuina. Que los candidatos demuestren que su fe en la democracia incluye el respeto. Que la única campaña permitida sea la de los brazos abiertos.
Los salteños esperamos ese gesto de grandeza de nuestros representantes. El Señor del Milagro todo lo ve y la ciudadanía también. Todos estaremos atentos para ver quién se porta bien y quién no. Al final, las urnas siempre tienen el veredicto más divino.