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Opinión

José de Álzaga: Davos, Salta y la fe en que el orden vuelva

Desde Davos, entre frío, disciplina y silencios productivos, una mirada sobre la Argentina exhausta, la Salta de la infancia y la convicción —contra todo pronóstico— de que el orden, tarde o temprano, siempre regresa.

José de Álzaga

(Por José De Álzaga).- Amigo lector: Esta Navidad —y el inevitable pasaje hacia el Año Nuevo— me encuentra lejos de la Argentina, instalado en Davos, no por capricho estacional ni por huida sentimental, sino a instancias de una invitación personal cursada por Klaus Schenkwetter, con quien me une una relación de trato reservado y conversaciones que no suelen necesitar micrófonos. Davos no es un sitio para la postal ni para la copa fácil: es un escenario donde se mide el pulso del mundo que viene, y donde el silencio vale más que el aplauso.

Comparto estas jornadas con mi anfitrión y amigo, quien, fiel a la severa pedagogía alpina, se ha impuesto la tarea —con paciencia casi doctrinaria— de reeducar mis hábitos matinales. Cada mañana, a las seis en punto, me arrastra a una breve inmersión en aguas heladas. No hablaré de placer, porque no lo hay; pero sí de claridad: el frío ordena el pensamiento, elimina la retórica innecesaria y disciplina el carácter. Es una lección simple que la política argentina aún no termina de comprender. Aquí, entre nieve, horarios exactos y silencios productivos, se afinan los argumentos que en pocas semanas volverán a escucharse en los pasillos del World Economic Forum. Davos no es un lugar para brindar por costumbre: es un sitio donde se aprende a no celebrar antes de tiempo.

Desde esta distancia pulcra y exigente, la Argentina se me presenta como un país cansado, desordenado, con una economía que aún no termina de arrancar y una sociedad fatigada de promesas recicladas. Sin embargo —y esto lo digo contra el cinismo de moda— percibo una luz tenue al final del túnel. No hablo de milagros ni de soluciones instantáneas, sino de cambios que, por primera vez en años, parecen inevitables. El ajuste duele, la transición incomoda, pero el viejo método —el del parche eterno y la viveza celebrada— ya no tiene dónde esconderse. A veces, para empezar a curar, hay que aceptar el diagnóstico sin anestesia. En eso, guste o no, el presidente Milei parece haber comprendido el momento histórico.

Tal vez por eso, cuando llegan estas fechas, el pensamiento se refugia en rituales más honestos. No en el exceso, sino en la elección. Mientras escribo estas líneas, recuerdo esos vinos que extraño, no por nostalgia etílica sino por lo que representan: tiempo, paciencia y carácter. En Italia, algunos descorchan un Sassicaia con la misma reverencia con la que se abre un libro antiguo; en Francia, el Pétrus sigue enseñando que la grandeza no se explica, se ejerce; en España, un Vega Sicilia guardado recuerda que la espera también es una forma de disciplina.

Y en la Argentina —aunque a veces se la subestime— existen botellas que no piden marketing ni aspavientos. En Mendoza, Monteviejo entiende el silencio como método. En Cafayate, los vinos de José Luis Mounier hablan con la altura y el sol que no admiten atajos. Y más al norte, sobre la Ruta 40, en Hualfín, Catamarca, hay una bodega que elige el tiempo antes que el ruido: la de Federico Mena Saravia. Allí reposan vinos de guarda que no buscan ser descubiertos, sino merecidos. Como ciertos proyectos de país, sólo se revelan a quien sabe esperar.

Pero no todo el murmullo que llega a estas montañas es financiero ni abstracto. Desde la distancia también me alcanzan noticias de mi Salta de los Milagros, esa Salta primera, íntima, la de la infancia, las veredas largas, las sobremesas interminables y una noción —hoy casi extinguida— de orden y palabra empeñada. Esa Salta que uno no elige, sino que le queda adherida al carácter como el polvo fino del valle. Y lo que llega desde allí no es alentador. Bajo el gobierno de Gustavo Sáenz, a quien en los pasillos se menciona como Botita —no por crueldad sino por observación empírica, dada su baja estatura y su devoción cotidiana por el taco elevado—, la provincia parece haber ingresado en una zona gris donde la Justicia se retrae, el poder se concentra y la indefensión ciudadana comienza a naturalizarse. Cuando la ley pierde altura moral, ninguna bota alcanza para disimularlo. Y en esa Salta mía, tan habituada a los milagros, empieza a faltar el más elemental de todos: el de creer que la justicia todavía está del lado de la gente. Sino pregúntele al procurador García Castiella que algo de estas palabras debe comprender.

Cerraré estas líneas como corresponde, sin euforia y sin cinismo. Saboreando un Macallan 25 años —ese whisky que Churchill prefería en tiempos donde el mundo se incendiaba pero el carácter no se negociaba— encuentro una enseñanza útil para estas fiestas: las cosas verdaderamente importantes requieren tiempo, temple y una cuota de soledad. Y si la Argentina logra entender eso, quizás el próximo brindis ya no sea una esperanza defensiva.

Como decía con ironía británica Winston Churchill: “El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Que no nos falte eso. Ni el coraje de hacer lo que corresponde, aunque incomode. A usted me refiero, procurador García Castiella.

Hasta la próxima.