SALTA.- (Por Diego Nofal) En el vasto y complejo tablero de la política salteña, reconozcamos una verdad incómoda con la elegancia que merece. Yo jamás votaría a Emiliano Estrada, la verdad me cae realmente mal, pero debo admitir su capacidad profesional. Su mirada sobre los análisis económicos suele ser bastante acertada en cada una de sus previsiones, sobre todo las que tienen que ver con este gobierno. Mientras fue diputado nacional, fue el único que batalló en contra del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el famoso RIGI.
Sostuvo con obstinada lucidez que ofrecer dinero a las empresas y abrir las exportaciones sin contraprestaciones tenía un riesgo. Argumentó que esas empresas utilizarían ese capital para comprar insumos en el extranjero, un diagnóstico que ahora resuena con ecos de profecía cumplida. Estaríamos perdiendo divisas frescas y además la posibilidad de desarrollar proveedores mineros locales, una industria paralela que es clave.
En ese momento nadie, absolutamente nadie, le llevó el apunte a la advertencia de Emiliano Estrada. Pero la realidad es tozuda y a veces hasta sarcástica. Ahora, se confirma que la minera Rio Tinto decidió que un gran porcentaje del material para su proyecto en la Puna se comprará en el extranjero. Utilizará, cómo no, dinero que recibió de los beneficios del mismo RIGI que se criticó, una ironía que no tiene gracia.
Ante esto, los fanáticos de un dogma económico sin matices saldrán a decir que no se puede cerrar la economía. Dirán que es para favorecer a unos cuantos proveedores locales, como si proteger el interés provincial fuera un pecado. La respuesta a ese argumento es muy simple y no hace falta mirar muy lejos, de hecho, basta con subir un poco por la ruta nacional.
Nuestra vecina Jujuy ofrece un manual práctico que deberíamos fotocopiar urgentemente. Allí, además del tres por ciento de regalías nacional, se cobra a las mineras un porcentaje de participación accionaria. En el rigor de la verdad, la provincia se queda con un once por ciento de la producción, una diferencia que no es poca cosa. Además, tiene un encaje minero que obliga a que parte del litio extraído quede para industrializar localmente.
Para rematar su estrategia, la legislación jujeña establece con claridad que el ochenta por ciento de los proveedores deben ser locales. Uno pensaría que semejantes condiciones espantarían a las inversiones como a un vampiro ante el ajo. Pero no, para nada, todos los días reciben nuevos pedidos para explotación y exploración del litio.
Hay que entender un dato geológico crucial, el litio es un material escaso y sólo unos pocos países en el mundo lo poseen. Entonces son esos países, entre los que estamos, los que deben establecer las condiciones que más les favorezcan. Las empresas vendrán de todos modos porque el litio es esencial para el almacenamiento de energía, tanto del presente como del futuro. Mientras, Salta, por no tener una legislación adecuada y audaz, se arriesga a quedarse solo con el polvo del camino.
Solía decir hace muchos años el trovador Atahualpa Yupanqui, las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas. En este nuevo siglo, podríamos parafrasearlo con amarga actualidad, las riquezas son de nosotros, las ganancias son ajenas, y solo nos quedan las penas. Y quizás, la esperanza de tomar apuntes a tiempo, aunque sea del rival político que menos nos cae bien.