SALTA – Después del episodio que lo tuvo como protagonista frente al dueño de un taller mecánico —quien terminó increpándolo por el escrache público difundido por el propio concejal— el oficialista Gustavo Farquharson parece haber optado por un perfil bastante más bajo. El método que había convertido casi en rutina para exhibir infracciones terminó generando un efecto rebote: si bien el edil señalaba una irregularidad, las críticas no tardaron en aparecer y apuntaron directamente a su forma de actuar.
Vecinos y usuarios de redes sociales cuestionaron con dureza que un concejal cercano al intendente recurra al escrache como herramienta política en lugar de impulsar ordenanzas o mecanismos que ayuden a que las normas se cumplan. La polémica, lejos de fortalecer la estrategia, pareció enfriar el entusiasmo digital del edil, que en los últimos días se muestra bastante menos activo en redes. Al menos por ahora, habría dejado el escrache en pausa como método de trabajo.
Por su parte, el dueño del taller se hizo cargo del error, limpió el lugar y levantó los escombros, aunque destacó que el cartel que señalizaba no arrojar residuos era confuso. No obstante, expuso los peligros de la condena social, ya que tanto él como su familia recibieron amenazas y comentarios negativos contra el negocio.
Con Farquharson, quedó al descubierto que el oficialismo no tienen un plan para que se arbitren las medidas que sean necesarias para que los vecinos no cometan infracciones, o les permita pagar las consecuencias de forma legítima —a través de sanciones o multas— y no con el escrache.
La viralización de este tipo de episodios por parte de autoridades no sólo no soluciona el problema, sino que lo profundiza al exponerlo sin atacarlo. Para ellos termina siendo barato, debido a que sólo se necesita de un celular y redes sociales para hacerlo, pero para el vecino no. Y ya se demostró por qué.









