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Opinión

Del Nunca Más al desafío político de la oposición

No se trató únicamente de una conmemoración. Fue, en términos políticos, una demostración de fuerza cultural y social frente a los intentos de relativizar, negar o reinterpretar el terrorismo de Estado.

SALTA.- (Por Pablo Kosiner, abogado) A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la Argentina volvió a ofrecer una de esas imágenes que, por su densidad histórica y su masividad, trascienden la coyuntura. Millones de personas en todo el país —con una presencia especialmente significativa de jóvenes— reafirmaron un consenso que no solo resiste el paso del tiempo, sino que se fortalece: el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia como pilares irrenunciables de la democracia.

No se trató únicamente de una conmemoración. Fue, en términos políticos, una demostración de fuerza cultural y social frente a los intentos de relativizar, negar o reinterpretar el terrorismo de Estado. En un contexto donde desde el propio gobierno nacional se promueven discursos negacionistas o se habilitan lecturas que buscan equiparar responsabilidades históricas, la respuesta de la sociedad fue contundente: hay límites que la democracia argentina no está dispuesta a cruzar.

Ese consenso —profundo, transversal, mayoritario— constituye hoy uno de los activos más importantes del sistema democrático. Pero también plantea un interrogante ineludible para la oposición: ¿qué hacer con esa fuerza social? Porque la movilización por sí sola no alcanza. La historia argentina muestra que los consensos culturales, si no se traducen en construcción política, pueden diluirse o ser capitalizados por quienes mejor interpreten —o manipulen— el clima social. El desafío, entonces, no es solo sostener la memoria como valor, sino convertir esa energía colectiva en una propuesta política concreta.

El mensaje que deja este nuevo aniversario es claro: existe en la sociedad argentina una mayoría que no comulga con el negacionismo, que rechaza la banalización del terrorismo de Estado y que entiende a los derechos humanos como una política de Estado, no como una bandera partidaria. Pero esa mayoría aún no encuentra una traducción política suficientemente sólida, articulada y confiable.Ahí radica el principal desafío de la oposición.

No se trata de una mera sumatoria de espacios ni de una ingeniería electoral de corto plazo. Se trata de construir un frente político y social amplio, con capacidad de representar ese consenso democrático y, al mismo tiempo, ofrecer respuestas concretas a las demandas económicas y sociales de una ciudadanía golpeada por la crisis.

Porque si algo también dejó en evidencia la movilización del 24 de marzo es que los valores democráticos no están disociados de las condiciones materiales de vida. La defensa de la memoria, la verdad y la justicia convive con una sociedad que exige estabilidad, trabajo, previsibilidad y futuro. La oposición no puede limitarse a resistir; debe proponer.

En ese sentido, el contraste con el gobierno de Javier Milei es cada vez más nítido. Mientras desde el oficialismo se tensionan consensos básicos de la democracia y se ensayan discursos que relativizan el pasado, amplios sectores de la sociedad reafirman una identidad democrática que no admite retrocesos. Pero esa diferencia, por sí sola, no alcanza para construir una alternativa electoral competitiva.

La oposición necesita dar un paso más: ordenar liderazgos, clarificar propuestas y reconstruir confianza. Y hacerlo desde una premisa central: los consensos que se expresan en la calle deben tener correlato en la política institucional.

El “Nunca Más” no puede quedar reducido a una consigna conmemorativa. Debe ser también un punto de partida para pensar el presente y proyectar el futuro. Así como en 1983 la sociedad argentina fue capaz de transformar el rechazo a la dictadura en un nuevo pacto democrático, hoy la oposición tiene la responsabilidad de transformar ese consenso en una propuesta de gobierno.

El tiempo político no es infinito. Las elecciones del próximo año exigirán definiciones claras, vocación de unidad y una narrativa que combine memoria histórica con horizonte de futuro. Porque, en definitiva, la pregunta que deja este 24 de marzo es tan simple como exigente: ¿será la oposición capaz de convertir una mayoría social en una mayoría política? La respuesta, todavía, está en construcción. Pero el mandato de la sociedad ya fue expresado con claridad.