SALTA – (Por Renato Ocampo) En una Salta que se jacta de su estirpe federal y de su respeto por las tradiciones, el poder político y judicial acaba de asestar un golpe letal a la alegría popular, disfrazándolo de «orden» y «convivencia». La reciente prohibición del uso de bengalas y el inminente traslado de los festejos de egresados fuera del Monumento a Güemes no es más que un acto de clasismo explícito, donde el descanso de unos pocos privilegiados vale más que el júbilo de las mayorías. ¿Harán lo mismo para el festival del héroe gaucho en junio?
Bajo el pretexto de «ruidos molestos» y «acumulación de basura», el presidente del Concejo Deliberante, Darío Madile, y la concejal Eliana Chuchuy han decidido capitular ante las presiones de un sector pudiente y adinerado que reside en las inmediaciones del prócer. Es indignante ver cómo la maquinaria estatal se moviliza con una velocidad asombrosa cuando los reclamos vienen de la zona residencial del Monumento. Mientras la ciudad padece problemas estructurales de fondo, el juez Sergio Petersen hizo lugar a un amparo vecinal de forma exprés, prohibiendo las bengalas bajo amenaza de imputar el delito de «desobediencia» a quien ose celebrar con luz y color.
Esta decisión destila discriminación hacia los sectores populares. Se habla de «intoxicación por humo» y «descontrol» para criminalizar una tradición que, hasta hace poco, era el cierre dorado de una etapa para miles de jóvenes. ¿Por qué la solución es el destierro a la Plaza España o al Campo la Cruz en lugar de una gestión municipal eficiente que garantice la limpieza y la seguridad en el lugar? La respuesta es simple: el poder político es funcional a los intereses de una minoría que ve con desprecio la efervescencia de las familias y amigos que llegan desde todos los barrios para celebrar un logro académico.
Lo que llaman «convivencia de derechos» es, en realidad, una rendición ante el derecho al silencio absoluto de una élite que pretende privatizar el espacio público. Han decidido que el Monumento, ese lugar que debería ser el corazón latente de la salteñidad, sea ahora un espacio aséptico, un museo muerto donde solo se permite el paso fugaz.
Cabe preguntarse qué pensaría el General Martín Miguel de Güemes de este atropello. Él, que lideró a los «inferiores», a los gauchos desarrapados y a los olvidados contra la prepotencia de las élites realistas, hoy contempla desde su pedestal cómo le arrebatan el pueblo a su plaza. De ahora en adelante, ningún joven podrá atesorar la típica foto de su recibida junto al héroe gaucho; el sistema ha decidido que los hijos del pueblo no son dignos de ocupar ese suelo frente a la mirada de los vecinos «de bien».
En Salta, una vez más, el «orden» no es para todos: es el garrote de los de arriba para disciplinar la alegría de los de abajo.