SALTA – La política salteña atraviesa una transformación marcada por el impacto de las redes sociales y la lógica del algoritmo. Entre estrategias de exposición, búsqueda de viralidad y dirigentes convertidos en figuras digitales, crece el debate sobre el futuro de la representación política y el lugar que ocupan las ideas en la agenda pública.
Hay momentos en que la política abandona la categoría de ciencia social para ingresar, sin escalas, en el territorio del grotesco. Es una mutación silenciosa, pero persistente, que no se genera en las grandes mesas de acuerdo ni en los debates doctrinarios —esos ya pertenecen a la arqueología del poder—, sino en la pantalla de cinco pulgadas que usted, lector, probablemente tiene en la mano. Allí se libra la verdadera batalla por el sentido. O, mejor dicho, por la abolición del sentido.
En los últimos días, una secuencia de imágenes dejó al descubierto la fisonomía de esta época. La escena cumbre la protagoniza una concejal de la Capital salteña. Su “trayectoria” es elocuente sobre el estado del sistema de partidos: nació a la vida pública bajo el calor del viejo laicismo radical y hoy, convertida a la fe de la marea libertaria, busca la bendición del cielo digital. La postal es digna de un realismo mágico degradado: vestida con un pijama polar rosa, frente a la hornalla de su cocina, prepara un plato de hígado encebollado mientras pretende explicar, entre el olor a grasa y el vapor de la sartén, los ribetes de una compleja problemática municipal.
¿Qué busca la concejal del pijama? Busca lo que hoy se convirtió en la moneda de cambio de la supervivencia política: la autenticidad simulada. La lógica de la red social —esa arquitectura invisible diseñada en Silicon Valley para capturar nuestra atención a través de la dopamina— exige que el dirigente se despoje de toda solemnidad. Para el algoritmo, la distancia institucional es pecado; la ordinariez es virtud.
Miramos esa pantalla y el paisaje se vuelve un zoológico de la banalidad. Al lado de la concejal gastronómica, aparece un intendente que se filma sudoroso en el gimnasio. Un escalón más abajo, en la geografía del poder, descubrimos a un funcionario de segunda línea de Tartagal que utiliza los recursos de su cartera no para diseñar políticas de arraigo, sino para filmar tutoriales sobre cómo cebar un mate sin que se lave la yerba. Más allá, un diputado ensaya un rap rústico para criticar una ley de la oposición, y una legisladora nacional transmite «en vivo» desde las sábanas de su cama, interrumpiendo su monólogo solo para acariciar al perro que duerme con ella.
Esta fauna no es un accidente. Es el resultado de una adaptación perfecta al ecosistema del engagement. El algoritmo no premia el argumento macroeconómico, no premia la consistencia fiscal, no premia el matiz. El algoritmo premia la reacción emocional. Y en esa subasta de la atención, la intimidad doméstica es el producto que mejor cotiza. Al mostrarse en pijama, cocinando un corte de carne económico, la dirigencia le dice a su audiencia: «Mírenme, soy exactamente igual a ustedes, no pertenezco –aunque soy- casta».
El corolario de esta deriva lo vimos esta semana con el fenómeno del «Diputesla». Un legislador que, en lugar de exhibir dictámenes de comisión o proyectos de ley para resolver el nudo gordiano de la crisis productiva, elige blindar su centralidad pública exhibiendo un automóvil eléctrico de lujo importado, en una ostentación que cruza el cinismo con la provocación. Es la política reducida al commodity del escándalo.
La cúspide de este despropósito se escenificó este último fin de semana en el autódromo de Salta: en el marco de la llegada del TC2000, decenas de salteños vieron la extravagante camioneta de acero inoxidable del diputado Manuel Quintar y no dudaron en agolparse para sacarse una foto, como si se tratara de una reliquia. Lo verdaderamente alarmante no es la cholilez del público, sino la condescendencia de los comunicadores. El episodio fue tomado como la gran «nota de color» por muchos que, lejos de indagar sobre el origen del patrimonio del legislador en un país con la mitad de su población sumergida en la pobreza, o de cuestionar la ética de semejante ostentación, prefirieron actuar como cronistas de pueblo, limitándose a consultarle amablemente sobre la autonomía de la batería del vehículo. El auto costoso y el pijama rosa son dos caras de la misma moneda: la espectacularización del yo por sobre la representación del otro.
La intermediación tradicional de la política murió. Los partidos ya no forman cuadros; forman creadores de contenido. La gestión pública se transformó en una escenografía de telerrealidad donde lo único importante es no ser eliminado del feed del usuario. Mientras la realidad social cruje y exige cirujanos de alta complejidad, la conducción del Estado queda en manos de actores que buscan el aplauso fácil en el teatro de la superficialidad. La pregunta que flota, incómoda, al final de la jornada es qué quedará de las instituciones cuando la pantalla finalmente se apague.
El costo de tercerizar las bancas
En Salta, donde los relojes de la rosca política ya se adelantaron y el armado para las elecciones de 2027 comenzó a devorarse la gestión diaria, la orquestación del vacío sigue el mismo libreto. En los despachos locales se desató una cacería silenciosa: los estrategas ya no buscan cuadros técnicos, militantes territoriales o expertos en derecho público; buscan influencers con buena métrica que puedan encabezar las listas.
El fenómeno provocó un ataque de hiperactividad digital. Son muchos los que comenzaron a meterle un ritmo frenético a sus redes sociales, ensayando coreografías discursivas, desafíos interactivos y puestas en escena cotidianas. Todos bailan en la vidriera digital esperando el mismo milagro: un llamado telefónico que provenga, según la terminal de conveniencia, de las oficinas del Grand Bourg o del cuartel general de la Casa de la Libertad.
Lo curioso, o quizás lo trágico, es que se trata de una estrategia repetida cuyo desenlace ya es conocido en la provincia. A Salta la tentación de la celebridad instantánea le salió sumamente cara. La historia reciente demuestra que sentar en una banca legislativa a cantantes populares, estrellas de los medios locales o personajes pintorescos de las redes sociales bajo la promesa de refrescar las instituciones solo aceleró el divorcio entre el representante y el representado. Las bancas se transformaron en plataformas de lucimiento personal o, peor aún, en silenciosos desiertos de labor parlamentaria.
El delirio llega a su punto máximo en la trastienda del poder. Hoy, los armadores políticos recorren los despachos oficiales con el celular en la mano, mientras repiten entusiasmados: “Mirá, mirá las interacciones, este tiene mil likes”. La idoneidad, la trayectoria académica o la capacidad de gestión de un candidato dejó de importar; en las mesas de decisión, el valor de un dirigente se cotiza en el mercado de la atención digital, y su destino político se define por la tiranía de un pulgar arriba.
Los partidos –o lo que quedaron de ellos- ya no forman dirigentes; reclutan creadores de contenido. Mientras la realidad social cruje y exige cirujanos de alta complejidad, la conducción del Estado queda en manos de actores que buscan el aplauso fácil en el teatro de la superficialidad. La advertencia sobre los límites de este juego ya la dejó grabada, con asombrosa lucidez popular en el propio Concejo Deliberante salteño, el “célebre” cantante devenido en concejal José García: «¡El que no esté a la altura, que se vaya a su casa papá!».
N/r: afortunadamente, la sociedad salteña corre por un carril muy distinto y demuestra estar varios escalones por encima de su propia dirigencia política. Lejos de la docilidad que los estrategas de campaña presuponen, la provincia consolida una ciudadanía cada vez más formada, crítica y consciente de sus necesidades reales, que ya no se deja engañar por el cotillón digital ni se come el cuento de estos políticos de pantalla. El electorado local viene madurando a fuerza de desencantos y empieza a mirar con severidad el abismo que separa un video de quince segundos de la compleja realidad cotidiana, dejando en claro que el aplauso fácil de las redes no se traducirá, de ninguna manera, en un cheque en blanco en las urnas.