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Opinión

Los espejos de Orozco y la pedagogía de la perversión

La fascinación de las huestes oficialistas por personajes de la talla de Diego Recalde no es un error de cálculo ni una desatención de agenda: es una elección estética y moral.

Diego Recalde

SALTA – “Dime con quién andas y te diré quién eres”, dictamina el saber popular, pero fue Aristóteles quien en su Ética a Nicómaco elevó la amistad a una categoría política, advirtiendo que los hombres se asocian según el reflejo de sus propias virtudes… o de sus carencias. En la Argentina de hoy, la conformación de los altares libertarios obedece a esa premisa. La fascinación de las huestes oficialistas por personajes de la talla de Diego Recalde no es un error de cálculo ni una desatención de agenda: es una elección estética y moral. Los libertarios eligen a estos referentes porque ven en ellos la encarnación pura de su principal divisa: la transgresión sin costo. En un ecosistema político que idolatra el desparpajo y confunde la crueldad con la autenticidad, este tipo de figuras actúan como validadores de un subsuelo cultural donde la empatía es percibida como una debilidad colectivista y el cinismo, como un acto de rebeldía heroica.

Miremos el reverso de esa trama. Cuando la senadora salteña María Emilia Orozco bendice a Recalde en sus redes sociales llamándolo “tipazo” e “incondicional de la causa”, no está cometiendo un desliz provinciano; está importando una pedagogía. La pedagogía de la provocación como único sustento intelectual. El problema emerge cuando esa provocación choca de frente con la tragedia real. Escuchar a un divulgador de la «batalla cultural» analizar en televisión el “tránsito” y la “soltura” del cuerpo de una adolescente de 14 años brutalmente asesinada, o rastrear sus odas musicales a la excitación que le produce el uniforme escolar —el desolador “soy adicto al jumper”—, excede la categoría de debate político. Pertenece al terreno de la degradación civilizatoria.

El espejo del vértice

Hay una dimensión de la política que no se explica con la macroeconomía ni con el superávit fiscal. Es una dimensión más oscura, subterránea, que habita en los pliegues de la psicología colectiva y que, de tanto en tanto, emerge a la superficie con el olor rancio de la descomposición moral. Lo que la sociedad argentina presenció en los últimos días no es un desajuste discursivo, no es una «chicana de panel de televisión». Es la radiografía de un síntoma.

Ese es el espejo donde se proyecta el poder actual. El propio Javier Milei cimentó su hegemonía sobre la base de demoler los tabúes del respeto ajeno, inaugurando una era donde el insulto, la deshumanización del rival y la consideración del otro como un «nido de ratas» son los atributos del macho alfa de la política. Si desde la cúspide del Estado se valida el desprecio como la única herramienta discursiva legítima, es natural que en el llano de la militancia proliferen quienes creen que la libertad consiste, fundamentalmente, en el derecho a la perversión, a la misoginia o al abuso.

Los libertarios se miran en el espejo de estos personajes porque confunden la impunidad con la autenticidad. Para esta nueva pedagogía política, ser «auténtico» es decir lo indecible, romper el pacto civilizatorio, escandalizar al progresismo. Si el progresismo defiende la protección de los menores, la «batalla cultural» —en su versión más degradada— exige, por simetría, celebrar la cosificación o sembrar la sospecha sobre la víctima. El «jumper» se transforma entonces en un estandarte de rebeldía contra la «corrección política». Es el cinismo elevado a la categoría de épica.
El problema no es el error; es la devoción. Cuando la provocación se convierte en el único programa intelectual, el límite entre el provocador y el perverso se diluye por completo.

La franquicia del horror en el Norte

Las consecuencias de esta matriz formativa están a la vista y tienen un preocupante anclaje territorial. ¿De qué escuela moral salieron los cuadros que hoy representan a La Libertad Avanza en Salta? La senadora Orozco agradecía públicamente a Recalde por dar la batalla cultural «desde el norte argentino». Bueno, miremos el resultado de la siembra en Salta. Dos ejemplos que brotan de la misma matriz conceptual:
Pablo Emanuel López: El concejal capitalino de La Libertad Avanza que debió renunciar acorralado por denuncias de violencia física, psicológica y abuso sexual de su expareja. Un hombre que, según audios», exigía favores sexuales a expareja a cambio de no recortarles los fondos de sus sueldos. El cuerpo de la mujer como mercancía de cambio estatal.

Carlos Maximiliano Casasola: Otro concejal de la misma fuerza en la ciudad de Salta, suspendido preventivamente por el cuerpo deliberativo tras enfrentar una grave denuncia por violencia de género.

¿Es una casualidad? Sería de una ingenuidad supina creerlo. Hay un hilo invisible que une la mirada clínica de Recalde sobre el cuerpo de la adolescente asesinada, el chantaje sexual de López y la violencia de Casasola. Es el hilo de la deshumanización.

El verdadero peligro de delegar la formación de la militancia en personajes de la estofa de Recalde no radica únicamente en la degradación de la retórica pública, sino en la validación de una matriz moral donde la perversión se disfraza de rebeldía. Cuando se adiestra a los jóvenes cuadros en el arte de la deshumanización y el desprecio por el prójimo, el resultado no son soldados ideológicos, sino analfabetos éticos propensos a replicar en el plano privado la violencia que celebran en el altar de las redes. Ante este panorama, la senadora María Emilia Orozco se encuentra frente a una encrucijada que define su estatura política: en lugar de refugiarse en el cómodo libreto de la victimización y denunciar supuestos “golpes mediáticos” u operaciones de prensa, la legisladora salteña debería, acaso por una vez en su carrera, someterse a un baño de humildad.

Reconocer que la entronización de Recalde como un “tipazo” incondicional fue una equivocación flagrante y condenar su conducta reprochable no sería un signo de debilidad ante sus adversarios, sino la única señal de madurez republicana posible para alguien que pretende representar los valores de una provincia.

La contradicción final

La tragedia de este tiempo es que la denominada «batalla cultural» se ha quedado sin cultura y solo conserva la batalla. Una batalla que ya no es contra la inflación o el déficit, sino contra los consensos mínimos de la dignidad humana.

La fascinación libertaria por estos personajes nefastos radica en que ven en ellos a los soldados perfectos para demoler el viejo orden. No les importan sus bajezas; al contrario, sus bajezas son el diploma de que están dispuestos a todo, de que no tienen los «modales» de la política tradicional.

El peligro latente es que, en el afán de destruir a «los mismos de siempre», terminen consagrando a los peores de siempre. Esos que confunden la libertad con el derecho al abuso, y que miran una tragedia social no con la piedad del ciudadano, sino con el morbo del depredador.