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Salta

El teorema de Tartagal: entre el acecho del «Gato», la venganza del «Oso» y el síndrome de la Capital

El norte provincial se mide por la lealtad de sus proveedores y el silencio de sus aliados. En Tartagal, ambas variables acaban de ingresar en zona de default.

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SALTA – Hay una máxima no escrita en la política de frontera que dice que el poder en el norte provincial se mide por la lealtad de sus proveedores y el silencio de sus aliados. En Tartagal, ambas variables acaban de ingresar en zona de default.

Franco Hernández Berni —a quien en la intimidad de los despachos capitalinos siguen llamando, con una mezcla de paternalismo y condescendencia, «Franquito»— ensaya por estas horas una coreografía que la historia política salteña conoce de memoria: la del converso desamparado.

La mutación del rebelde

Para entender la caída en picada de su imagen pública hay que revisar el archivo reciente. Hernández Berni construyó su plataforma sobre una ilusión óptica. Vendió la frescura de un recambio generacional dispuesto a librar una guerra santa contra lo que él mismo denominaba «la casta del norte». Su principal activo era la intransigencia frente al Grand Bourg y la promesa de devolverle la centralidad y la «dignidad» a un departamento San Martín históricamente postergado.

El hechizo duró lo que tardó en cerrarse el escrutinio. Al día siguiente de su consagración, el joven iconoclasta descubrió los beneficios de la fe oficialista y se rindió, sin condiciones ni inventario, a los pies de Gustavo Sáenz.

En política, la velocidad de la metamorfosis suele determinar la profundidad del rencor que deja atrás. Hoy, en los laboratorios del peronismo y el kirchnerismo provincial, el diagnóstico es unánime y prescinde de sutilezas: lo acusan de una doble traición filial. Dicen que cortó amarras con su mentor original, Sergio «El Oso» Leavy, y que eyectó de su consideración a Emiliano Estrada, el arquitecto que le prestó la ingeniería electoral para que pudiera competir y ganar. De «rompedor del sistema» a inquilino dócil del saenzcismo; un tránsito veloz que la militancia local asimila como una estafa.

Un gabinete «en un cumple» y las cuentas pendientes

Mientras la infantería municipal asoma al borde de un paro general por reclamos salariales que el intendente ya no puede contener, la matriz del descontento en Tartagal adquiere ribetes estéticos y culturales. Los privados locales —comerciantes y contratistas que sostuvieron el barco en el arranque— repiten una frase lapidaria: «A cada santo le debe una vela». La caja está seca, pero la fisonomía del poder municipal se ha vuelto llamativamente sibarita.

En el norte comentan con indignación la repentina fascinación de Hernández Berni por la capital salteña. El intendente parece haber mudado su centro de gravedad emocional y social a los cafés del centro y los countries del Gran Salta. La sospecha de que los nuevos «amigos capitalinos» disfrutan de excursiones pagas con el erario municipal hacia el trópico es el combustible que alimenta las conversaciones de una comunidad que padece la falta de servicios básicos. Mientras tanto, de su gabinete dicen lo peor que se puede decir de un equipo de gestión en crisis: «Están en un cumple». Una desconexión lisérgica con el territorio.

El tablero que viene: gatos, osos y libertarios

El vacío de poder tiene horror al vacío, y en Tartagal el ecosistema político ya empezó a registrar los movimientos sísmicos de cara a lo que viene. La debilidad de Hernández Berni ha reactivado todas las terminales electorales:

Desde «La Casa de la Libertad», el diputado Nico Arce —un excéntrico emergente de La Libertad Avanza— ya mueve la bandera de largada. Exhibe encuestas que lo muestran competitivo y se anota para disputar el municipio el año próximo, usufructuando el discurso anticasta que Hernández Berni dejó vacante.

El regreso del «Gato», Mario Mimessi, actual ministro de la provincia, sabe que el olfato en política lo es todo. Quienes caminan los pasillos de su ministerio aseguran que ya armó el búnker de campaña para recuperar la intendencia que Hernández Berni le arrebató. Para Mimessi, Tartagal es la base de sustentación de su propia supervivencia política.

La contraofensiva del Partido de la Victoria: el «Oso» Leavy no perdona el olvido. Su estrategia es clásica: volver a las fuentes y «patear la calle». El elegido para la vendetta política es Santiago Moyano, referente del PV, quien ya oficializó su postulación. El dato crucial no es el nombre de Moyano, sino el compromiso del «Oso» de instalarse en el norte en los próximos meses para bendecir y hacerse cargo personalmente la campaña.

Hernández Berni se enfrenta al peor de los escenarios para un gobernante: la pérdida simultánea del respeto de sus gobernados y del temor de sus adversarios. En su afán por pertenecer a la Capital, corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que en Tartagal ya le picaron el boleto de regreso.

Oriana Nevora entra en el juego

Hay que sumarle a este compendio de fragilidades un frente periférico, pero no por eso menos urticante para el intendente: el factor Oriana Nevora. La dirigenta del PRO, hoy reconvertida al ultra-saenzcismo militante, no solo ostenta una secretaría clave en el organigrama del Grand Bourg, sino que exhibe en su inventario personal una promesa explícita de Gustavo Sáenz para disputar el sillón municipal de Tartagal.

La postulación en ciernes de Névora expone, acaso mejor que ninguna otra variable, la metodología predilecta del gobernador: un esquema de sobregiro político basado en promesas superpuestas. Es el clásico juego de la doble o triple ventanilla. Sáenz, en su afán de contención y equilibrio, le prometió la bendición de la intendencia a Hernández Berni para retenerlo, al ministro Mario Mimessi para compensarlo, y ahora a Névora para consolidar su alianza con la derecha dócil.