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Salta

El fiasco de Villada que celebra Morales

La salida de Ricardo Villada como interventor del PJ en Jujuy revela las profundas grietas del peronismo local y fortalece el histórico control de Gerardo Morales sobre el proceso de normalización partidaria.

Ricardo Villada
Ricardo Villada

(Salta).- El fracaso de Ricardo Villada en Jujuy no es la crónica de un naufragio individual; es la constatación de una regla de oro de la política norteña: en este territorio, la simulación tiene patas cortas y los trajes prestados se deshilachan al primer viento.

El ex ministro de Gobierno de Salta ensayó un desembarco como interventor del Partido Justicialista jujeño con el manual del pragmatismo que cultiva su jefe, Gustavo Sáenz, pero olvidó un detalle elemental: en San Salvador de Jujuy, la desconfianza es una institución mucho más sólida que el propio peronismo.

Su eyección, decretada por la Cámara Nacional Electoral, clausura un interinato que en las mesas políticas locales ya se califica, con crueldad quirúrgica, como una pérdida de tiempo.

La Justicia federal, al apartar a Villada, no hizo más que certificar el vacío. El funcionario salteño llegó a una sede partidaria desmantelada —un edificio fantasma sin luz, sin computadoras, casi un eco del peronismo que supo ser— y pretendió que los mismos caudillos a los que debía normalizar le proveyeran los insumos básicos para funcionar.

La respuesta del ecosistema local fue el vacío. No hubo mística, no hubo rosca eficiente, no hubo siquiera la mínima astucia para sentar en una misma mesa a los «cabezones» de la diáspora: Guillermo Jenefes, Rubén Rivarola y Carlos Haquim siguieron orbitando en sus propios planetas, convencidos de que Villada no era un árbitro neutral, sino un emisario de Sáenz, soplado al oído del juez Esteban Hansen por la terminal de la senadora Carolina Moisés.

El pecado de origen para Villada y el arbitraje bajo sospecha

El fallo de la Cámara Nacional Electoral opera sobre una paradoja típicamente jurídica. Por un lado, ratifica el diagnóstico del juez de primera instancia, Esteban Hansen: la crisis del PJ jujeño es de una gravedad institucional tal que justifica la medicina de la intervención por 180 días.

El partido, como herramienta electoral, estaba roto. Sin embargo, los camaristas entendieron que la permanencia de Villada hería de muerte la credibilidad del proceso. En política, la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo; y el ministro salteño lucía demasiado parecido a un jugador con camiseta de facción.

El retorno del fantasma tutorial

Para el peronismo jujeño, la caída del interventor salteño no genera alivio, sino pánico. En la cultura política del PJ local rige una convicción casi metafísica: que el juez Hansen es un magistrado que sintoniza en la misma frecuencia que Gerardo Morales. La salida de Villada le devuelve la lapicera al juez de primera instancia para que designe un reemplazo, y en las oficinas peronistas ya se da por hecho que el exgobernador radical está digitando el nombre del próximo ocupante de la silla.

«No nos importaba tanto Villada, desmotró ser un inútil. Nos preocupa más que Morales ponga al nuevo interventor», confiesa, descarnada, una fuente del peronismo jujeño.

El temor del PJ es quedar atrapado en un diseño de normalización que responda a las necesidades de Morales. Un interventor dócil, acaso otra figura extraprovincial con modales transversales, que mantenga al peronismo jujeño en ese estado de fragmentación anestesiada que tan funcional al radical.

La crueldad del espejo salteño

Mientras la rosca judicial define el nuevo nombre, desde Salta llegan los ecos del fuego amigo. Dirigentes de la vecina provincia no dudaron en levantar el teléfono para advertir a sus pares jujeños sobre las limitaciones del exministro: «Acá le pidieron organizar una mesa de diálogo político y fue un fracaso rotundo. Como gestor, otro desastre. Ricardo es divertido en los asados que organiza en el dique, nada más».