SALTA – Mirar la política salteña a través del prisma de sus festivales suele ser un ejercicio de precisión quirúrgica. Allí, entre las luces del escenario y el humo del choripán, se proyectan las verdaderas tensiones del poder, los desvelos de la ambición y, fundamentalmente, la geometría de las ausencias. El cumpleaños número 102 de Tartagal no fue la excepción.
El intendente «Franquito» Hernández Berni diseñó un evento a su medida, una monumental puesta en escena que logró convocar a una multitud. Sin embargo, en la política hiperpersonalista que ensayan los liderazgos modernos, el éxito de una convocatoria no se mide tanto por el termómetro de las masas, sino por el peso específico y la densidad de la foto principal. Y ahí es donde el libreto empezó a mostrar sus fisuras más evidentes.
El gran ausente de la noche norteña fue, previsiblemente, el gobernador Gustavo Sáenz. La política es un juego de opciones y prioridades, y el mandatario provincial prefirió el sur, recluyéndose en Metán bajo el paraguas de la gestión y acompañado por la secretaria de Gobierno, la tartagalense Oriana Nevora. Hay en ese movimiento una ironía casi literaria: mostrarse en el sur con una dirigente del norte, mientras el norte celebra su día grande. El mensaje de la agenda gubernamental es nítido y expone que la amistad declamada por el intendente con el gobernador es un lazo que la realidad se encarga de matizar con notable frialdad.
Cubrir el vacío con obligación
Para cubrir el vacío institucional, el Ejecutivo provincial envió una delegación de perfiles muy específicos. Estuvo el vicegobernador Antonio Marocco, cuya asistencia a la vida nocturna y festivalera ya forma parte del folklore, y la flamante Defensora General de la Provincia, Ada Zunino. Lo que verdaderamente llamó la atención de los armadores políticos fue el desierto de ministros y legisladores nacionales. El propio Ministro de Gobierno, Ignacio Jarsún, ensayó una presencia tímida, mimetizado en los márgenes de alguna captura fotográfica, en una asistencia que tuvo más de cumplimiento burocrático que de respaldo político real.
En medio de ese vacío de primeras líneas del Ejecutivo provincial, la noche consagró a sus propios animadores, y allí la figura del diputado Omar Exeni adquirió una centralidad casi absoluta. El legislador, amigo íntimo del intendente, se movió por el festival con la soltura de quien se sabe el verdadero armador de la fisonomía del palco. No solo aportó su presencia, sino que comandó una nutrida comitiva de amigos y allegados que poblaron el sector vip, transformándose en el gran protagonista de la velada al colonizar de manera sistemática cada lente y cada flash disponible en el norte. Su hiperactividad para aparecer en cuanta foto se tomara expuso la necesidad de sobreactuar un volumen político que la estructura formal le retaceaba al intendente.
Esa corte capitaneada por Exeni configuró una radiografía perfecta de la licuación de la densidad política actual, donde el límite entre la función pública y el entretenimiento es cada vez más borroso. El escenario fue ocupado por la exconcejal e influencer Cande Correa, el concejal capitalino David Leiva, la intendenta de Mosconi, Ana Palma Guerrero, y la diputada de Rosario de la Frontera, «Lela» Marinaro, cuya persistente afonía en el recinto de la Legislatura contrasta notablemente con su predisposición para los festivales. Todos ellos, junto a periodistas afines y aduladores de turno, se apretaron en la primera línea de la foto, de espaldas a los miles de tartagalenses que asistieron a celebrar su historia y no las venturas de su clase dirigente.
Por fuera del esquema oficial del palco, el festival operó también como el escenario de las subtramas lógicas del peronismo y la oposición en el norte. Se lo vio a Sergio «Oso» Leavy recorriendo minuciosamente el predio, rodeado de familiares y amigos, en una demostración de vigencia territorial que buscaba eclipsar el brillo del anfitrión. De su lado no se despegó ni un centímetro el dirigente Santiago Moyano, el bendecido a quien Leavy busca posicionar y moldear como la carta de renovación de su espacio para el lejano —pero ya disputado— horizonte de 2027.
En las antípodas de esa presencialidad física, el radical Mario Mimessi ensayó una estrategia de distanciamiento profiláctico; prefirió despachar los saludos a los tartagalenses mediante un video selfie en sus redes sociales, para inmediatamente después subir contenido que lo mostraba enfocado en la asistencia a los vecinos de Rivadavia. Una sutileza discursiva destinada a contraponer la frivolidad del festejo municipal con la crudeza de la gestión territorial profunda.
Mientras el microclima norteño se conformaba con esas postales cruzadas, Gustavo Sáenz operaba desde el plano digital con una malicia de cirujano. El gobernador recurrió al archivo y posteó en sus redes sociales un video del año pasado, cantando el feliz cumpleaños a Tartagal junto al Chaqueño Palavecino.
El lenguaje de Franco Hernández Berni sufrió una metamorfosis casi biológica el mismísimo día en que asumió el poder municipal. Fue despojarse del traje de opositor combativo y activar, con la disciplina de un converso, un reflejo condicionado: no hubo micrófono, gacetilla o transmisión en vivo donde no ensayara la estudiada muletilla de «mi amigo Gustavo». Una sobreactuación del afecto político que busca desesperadamente un lazo de filiación con el Grand Bourg. Sin embargo, en el riguroso código de la reciprocidad, la política prescinde del sentimentalismo y se rige por la presencialidad. La postal del último aniversario nos deja un dilema que roza el absurdo de la psicología del poder: un amigo que deliberadamente decide no ir a tu cumpleaños, ¿sigue siendo tu amigo? Según el psicoanalista Gabriel Rolón, las ausencias suelen ser la forma más explícita y cruel del desmentido.
Al final del día, la soledad que el Grand Bourg le propinó a Franco Hernández Berni posee la densidad de los mensajes que no necesitan ser escritos. Queda flotando en el aire del norte la pregunta de rigor, esa que desvela a los armadores políticos en los pasillos de la Legislatura: ¿asistimos a un desplante quirúrgicamente diseñado por el saencismo o fue simplemente la tiranía de la agenda institucional la que impidió la concordia? Resulta difícil digerir la inocencia de la casualidad cuando se analiza el costo de oportunidad.
El gobernador prefirió privarse de la foto con una masa de 70.000 personas en el predio tartagalense —un capital simbólico que ningún político desprecia en tiempos de vacas flacas— para recluirse en Metán, donde los registros de «Destino Potencia» exhibían una convocatoria ostensiblemente menor. En el manual no escrito del poder salteño, cuando un mandatario prefiere la austeridad del sur antes que la masividad del norte, no está esquivando una fiesta; está, en realidad, tasando a la baja las acciones de su anfitrión.