La política de Salta sufre, desde hace tiempo, una mutación que confunde la pantalla LED con el territorio. En los pasillos de la Legislatura provincial —allí donde el eco de las viejas roscas ha sido reemplazado por el murmullo de las notificaciones— se pasea Omar Exeni.
El diputado provincial exhibe su teléfono celular como si fuera un bastón de mando; muestra las métricas de sus videos en redes sociales con el orgullo de un general que exhibe bajas enemigas. Hay, sin embargo, un malentendido de origen en esa coreografía: Exeni padece la ilusión óptica de la era digital, esa que confunde views con votos. Si la popularidad en las redes fuera equivalente al poder real, Santiago Cúneo ya habría cruzado la Plaza de Mayo con la banda presidencial.
El rumor de su eventual postulación para suceder a Emiliano Durand en la intendencia capitalina en 2027 no nace de las oficinas de los consultores serios, ni de las sutiles planillas que se examinan en el Grand Bourg. Nace de su propia boca. «Dicen que mido muy bien en Capital, pero todavía no hay nada definido«, suele soltar Omar Exeni en las mesas de café, con esa estudiada ambigüedad de quien simula estar resistiéndose a un clamor popular que, en rigor, solo habita en su espejo.
Los «Durán Barba» de la medianoche
El gran problema de Exeni no es la audacia, sino la soledad estructural. Su construcción es puramente mediática, aérea, divorciada del barro de la territorialidad. Sus proyectos de ley —promocionados con estridencia en los medios y destinados al archivo del recinto— tienen la consistencia del algodón de azúcar: mucho volumen, poco peso.
En las altas esferas del oficialismo provincial, esa hiperactividad genera una mezcla de prudencia y callada ironía. Los armadores políticos miran el fenómeno con una ternura casi condescendiente. Describen el entorno del diputado como una corte de milagros: amigos, influencers y personajes de la noche salteña reconvertidos en una suerte de «Durán Barba trasnochados».
Es este microclima el que lo convence de que es un «cuadro político» indispensable y que el poder formal está pensando en él. En rigor, para el vértice del poder, Exeni es visto —hasta ahora— como un muchacho obediente. Útil, pero perfectamente prescindible.
Omar Exeni, el camaleón
Sin embargo, en el Grand Bourg se cuidan de no subestimar del todo la plasticidad de su conducta. Exeni es poseedor de una cualidad altamente valorada en la fauna política contemporánea: carece de dogmas. En su currículum informal ya completó el álbum de figuritas de la política local, y no precisamente el del Mundial: Mostró sintonía con el romerismo. Coqueteó con el urtubeyismo. Fue candidato bajo el ala de Bettina Romero.
Se autopromociona hoy como un fundamentalista del saencismo. En las vísperas del desierto político, buscó el cobijo de Sergio «Oso» Leavy. Se declaró admirador del kirchnerista Wado de Pedro y, en simultáneo, del pastor mediático Dante Gebel. Exeni, al fin y al cabo: tan chiquito y tan casta.
Esa ductilidad camaleónica se traduce en puestas en escena de una eficacia quirúrgica para el consumo rápido, una suerte de dramaturgia de la demagogia: el diputado se fotografía con niños, lagrimea frente a la lente con la facilidad de un actor de reparto y satura el éter con una anomalía que irrita al mercado: horas y horas de aire en programas propios cuya financiación pertenece al espeso territorio de los misterios insondables.
¿Con qué fondos se sostiene ese despliegue?
Nadie sabe con qué fondos se sostiene ese monumental despliegue. Para colmo de males —o de picardías—, utiliza esos espacios para autoabastecerse de publicidad gratuita. Es allí donde el fenómeno Exeni roza la abierta provocación corporativa. Los medios tradicionales, que libran una batalla cotidiana y agónica por sobrevivir bajo las reglas del sector privado, observan en esta estructura no solo una opacidad de origen, sino una forma flagrante de competencia desleal.
Una ventaja competitiva diseñada desde las hendijas del Estado que asfixia al periodismo profesional, obligándolo a competir contra un rival que no rinde cuentas, no computa costos y juega con las cartas marcadas.
Exeni encarna, en definitiva, la paradoja de la renovación que no renueva nada. Detrás del filtro de TikTok y el discurso contra las viejas estructuras, asoma el manual más rancio del oportunismo. Es el populismo de formato corto. El peligro de la demagogia de baja intensidad.
