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PJ Salta, ¿normalización o domesticación?: el paso de Gambetta y el triunfo del «consenso» oficialista

Lo que se promociona como un «milagro» democrático no es más que el resultado de una ingeniería política diseñada para silenciar disidencias y alinear al peronismo con la billetera del Grand Bourg.

José Luis Napoleón Gambetta

SALTA.- (Por Renato Ocampo) José Luis Napoleón Gambetta cerró su etapa como interventor del Partido Justicialista de Salta con un balance que, bajo un barniz de institucionalidad, esconde la entrega definitiva de la estructura partidaria al oficialismo provincial. Lo que se promociona como un «milagro» democrático no es más que el resultado de una ingeniería política diseñada para silenciar disidencias y alinear al peronismo con la billetera del Grand Bourg.

El camino hacia la «normalización» del PJ salteño comenzó de manera casi fortuita, según el propio protagonista. José Luis Napoleón Gambetta relató que la designación lo encontró «en Jujuy con mi mujer en una bodega… haciendo una degustación» cuando sonó el teléfono con la oferta judicial. Sin mucha reflexión sobre la profundidad de la crisis del partido, el ahora exinterventor confesó: «Tardé un montón en decidirme… 2 minutos. A los 2 minutos dije sí». Esta celeridad, que él atribuye a ser «un hombre de la democracia por una cuestión filosófica», marcó el inicio de una gestión que priorizó el orden cosmético sobre la verdadera participación de las bases.

Gambetta justificó su intervención bajo la premisa de que «una de las formas de destruir el país es destruir los partidos», lamentando que en la provincia «el justicialismo, al caer en el lugar donde ha caído, logró que se hagan un montón de partiditos». Sin embargo, la solución propuesta, un recambio de autoridades sin paso por las urnas, parece haber profundizado el vacío que decía combatir. Aunque Gambetta sostuvo que «la única manera que tiene un partido político de comenzar a crecer… es llamando a elecciones», el proceso terminó en la asunción de Julio Argentino San Millán mediante un acuerdo de cúpulas que él denomina sutilmente como «la idea del consenso».

La crítica más punzante sobre su paso por el PJ radica en su indiscutible alineamiento con el poder de turno. Gambetta no ocultó su comodidad histórica con el oficialismo, afirmando: «Yo ocupé todos los cargos que ocupé en mi vida dentro del justicialismo… me he sentido muy cómodo en los gobiernos justicialistas». Esta «comodidad» se tradujo en una intervención que preparó el terreno para que el partido sea, una vez más, un apéndice de la gobernación. Al ser consultado sobre el futuro electoral, su respuesta fue tajante: la única opción es «ir acompañando a quién… al gobernador sin duda», a quien calificó como el «mejor candidato».

Para Gambetta, el éxito de su gestión fue lograr que el afiliado creyera que «este no está jodiendo… este quiere realmente que haya elección». No obstante, lo que él describe como un «acto multitudinario» de asunción de autoridades parece ser más bien la puesta en escena de un partido que ha renunciado a la confrontación interna de ideas para refugiarse bajo el ala del presupuesto oficial. El interventor celebró haber llegado a «24 listas que se presentaron», pero al final del día, admitió que «la idea del consenso es la que va a triunfar… es lo que amerita la hora», clausurando cualquier posibilidad de una interna real que revitalizara la democracia partidaria.

Gambetta fue lapidario con el estado previo del PJ, señalando que, ante la falta de estructura, se terminaron «inventando candidatos que no sirven para nada… gente que no está preparada» en el Concejo Deliberante y la Cámara de Diputados. Pero su gestión no parece haber atacado la raíz del problema, sino que ha garantizado que la estructura del partido más grande de la provincia esté al servicio de un proyecto personalista ajeno a la doctrina histórica.

En definitiva, la intervención de Gambetta terminó por «cerrar el paquetito» del PJ Salta, pero lo hizo entregando la llave a la oficina del gobernador. Bajo la excusa de que «el peronismo disperso es más peligroso todavía», se optó por la “pax romana” de la billetera oficial. Lo que el exinterventor vende como un legado de normalización es, en realidad, la consolidación de un PJ que ha perdido su rebeldía democrática para convertirse en un cómodo aliado del poder provincial. El «milagro» de Gambetta no fue salvar al partido, sino lograr que su entrega pareciera una victoria.