(SALTA) Por Diego Nofal.- La declaración de Eliana Bruno sobre la intención de convertir a La Libertad Avanza en una Pyme resuena con una crudeza que trasciende el simple desahogo político ante una militancia cada vez más desorientada. La diputada nacional, al distanciarse de la conducción de Alfredo Olmedo y María Emilia Orozco, puso el dedo en una llaga que muchos militantes preferían ignorar para no profundizar las heridas internas del espacio libertario. La metáfora empresarial no es casual, pues refleja una gestión donde los recursos humanos y económicos se administran con una lógica mezquina y excluyente, ajena a cualquier ideal transformador. La frase, cargada de sarcasmo, golpea al olmedismo en su punto más vulnerable, la percepción de que el partido se maneja como un negocio familiar antes que como un movimiento político.
Rodrigo Quinteros, otro de los disidentes, acompaña esta crítica con su propia experiencia de exclusión y con denuncias sobre la falta de espacios para las voces jóvenes dentro de la estructura. La contundencia de las palabras de Bruno obliga a preguntarse si la estructura partidaria en Salta alguna vez tuvo un proyecto colectivo o si siempre fue el feudo personal de unos pocos dirigentes. La respuesta parece inclinarse hacia lo segundo, dado el hermetismo con que se toman las decisiones y la falta de canales para la participación genuina de los afiliados.
Eliana Bruno sostiene que no compartía las formas de gestionar y legislar, un eufemismo para denunciar prácticas que rayan en lo autoritario y lo improvisado dentro del partido en la provincia. La diputada, al mencionar que cerrar puertas no lleva a ningún lado, sintetiza una crítica que podría aplicarse a muchos espacios políticos de Salta, pero que duele más en uno que prometió romper con el pasado. La ironía es que la ruptura interna reproduce los vicios que el partido decía combatir, convirtiendo la renovación en una simple etiqueta de marketing electoral.
La visión empresarial del olmedismo se manifiesta en el control estricto de las candidaturas y en la asignación discrecional de recursos, todo bajo el pretexto de una supuesta lealtad a la marca nacional que encarna Javier Melo. Bruno, sin embargo, deja claro que su lealtad al presidente es total, pero no así su sumisión a quienes interpretan las directivas de manera interesada y conveniente para sus propios intereses. Este matiz es crucial, porque desliga a la diputada de una supuesta traición al ideario libertario y la coloca como defensora de una pureza que el olmedismo habría corrompido con prácticas clientelares.
La pelea, entonces, no es contra Melo, sino contra una interpretación provinciana que desvirtúa el espíritu original del partido y lo reduce a una maquinaria de acomodos. Los militantes de a pie, atrapados en el medio, observan con desconcierto cómo sus referentes se enfrascan en esta disputa bizantina que consume energías y aleja a los votantes independientes. La declaración de Bruno de que mientras sigan haciendo una Pyme del partido ella no estará ahí, se convierte en un ultimátum que deja poco espacio para la reconciliación entre las partes enfrentadas.
La diputada insiste en que su molestia no es personal, sino que responde a la defensa de los derechos de quienes aportan tiempo y esfuerzo al proyecto, un argumento hábilmente construido para captar simpatías. Este argumento busca captar la simpatía de la base militante, siempre sensible a los discursos sobre el reconocimiento del trabajo voluntario y la militancia desinteresada. Sin embargo, el trasfondo de la disputa parece ser el control de la maquinaria electoral y la influencia en futuras listas que definirán el rumbo provincial.
La Pyme de Olmedo y Orozco tendría como accionistas principales a un grupo reducido, mientras los demás quedarían relegados al rol de meros empleados sin voz ni voto en las decisiones clave. La analogía, aunque ácida, resulta inquietantemente precisa para describir la dinámica interna que ha llevado al partido a esta encrucijada. El concejal Quinteros, aliado de Bruno, refuerza esta narrativa al denunciar la falta de espacio para las voces críticas dentro de la organización partidaria.
Juntos, conforman un frente que podría capitalizar el descontento acumulado y desafiar el monopolio del olmedismo en la provincia, aunque el camino no será sencillo. La pregunta que flota en el ambiente es si esta facción disidente logrará articular una alternativa viable o si sucumbirá a sus propias contradicciones internas antes de consolidarse. El tiempo, como siempre, será el juez más implacable, pero por ahora el debate público se ha vuelto más entretenido que las aburridas sesiones legislativas que transcurren en la capital.
La sociedad salteña, acostumbrada a estos culebrones políticos, asiste al espectáculo con una mezcla de desdén y curiosidad, sabiendo que difícilmente cambie su realidad cotidiana. La confrontación, en lugar de debilitar a los actores, los visibiliza en una provincia que ansía novedades políticas, aunque sean meros fuegos artificiales. Eliana Bruno, al desligarse del olmedismo, asume un riesgo calculado que podría posicionarla como una figura independiente dentro del espacio libertario, o bien condenarla al ostracismo y al olvido mediático.
La metáfora de la Pyme, más allá de su precisión, encierra una crítica a la falta de profesionalismo y de vocación de servicio que debería caracterizar a la política seria y comprometida. Mientras tanto, Olmedo y Orozco insisten en minimizar la ruptura, pero las declaraciones de Bruno resuenan con una fuerza que difícilmente podrán acallar con comunicados tibios o apariciones fugaces. El partido de la libertad avanza en Salta se encuentra, pues, en una encrucijada donde la unidad parece un sueño lejano y la confrontación, la moneda corriente. La próxima contienda electoral será el termómetro para medir el impacto real de esta fractura, aunque el diagnóstico ya está sobre la mesa. Por ahora, el espectador solo puede sonreír ante el sarcasmo de una dirigente que, sin quererlo, ha iluminado las miserias del poder y sus contradicciones más profundas.