(SALTA).- Por Renato Ocampo.- En la geografía política salteña rige un dogma secular que no está escrito en la Constitución provincial, pero se cumple con la rigurosidad del derecho canónico: el año electoral no arranca con el cronograma del Tribunal Electoral, sino cuando la última comitiva de la Puna emprende el regreso y las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro traspasan el dintel de la Catedral. «Cuando termine el Milagro», recitan en coro los armadores en los cafés de San Lorenzo Chico, persignándose con una piedad tan repentina como instrumental. Para los ortodoxos del oficio, solo entonces se aprieta el acelerador. La mística popular impone una tregua táctica: la gente está en otra, o peor aún para la demoscopia, está peregrinando.
Sin embargo, el repliegue es pura cosmética. Nadie ignora que el devocionario también se usa para hacer política. Durante esta semana, más de un dirigente trocó el traje de felpudo político por el vestuario de romero improvisado. Aparece allí la sobreactuación como patología sistémica: la foto de ocasión, la silueta fatigada para el feed de Instagram y la búsqueda implacable del encuadre piadoso. El cinismo no descansa; solo muda de ropaje.
Detrás del humo de los sahumerios, las plegarias que nacen en el Centro Cívico Grand Bourg difieren bastante de las del resto del pueblo fiel. En las huestes de Gustavo Sáenz no se pide por la lluvia ni por la salud de la feligresía, sino por una benevolencia jurídica: que los tribunales estampen el visto bueno que lo habilite a disputar un tercer mandato. Para el gobernador, la exégesis constitucional no es un debate académico, sino una cuestión de supervivencia. Y aunque en los despachos oficiales se jactan de que la resolución favorable «es un hecho», el lenguaje corporal delata lo contrario. Basta mencionar el tema en los pasillos de la Legislatura o en las oficinas del Poder Ejecutivo para que los rostros se muden, los tonos batan a la baja y aparezca el fantasma que desvela al oficialismo: “¿Y si no es Gustavo?”.
Ese interrogante actúa como un ácido que disuelve la disciplina de la tropa. Aparece allí el dilema de la sucesión en un régimen marcadamente personalista. ¿Quién encarna la masa madre del saencismo sin Sáenz?
Los guardianes de la «pureza química» del movimiento señalan hacia el Ministerio de Gobierno. Ignacio Jarsún emerge en ese radar por una simetría metodológica con el jefe: la construcción de un populismo de cercanía, el manejo del territorio y ese sentido de salteñidad tan difuso como efectivo para la estadística electoral. Un escalón más abajo en el fervor de la militancia, pero con el control del presupuesto y la lapicera, un grupo más pragmático susurra el nombre de Sergio Camacho. Y en el margen de las posibilidades, casi como un ejercicio de resignación parlamentaria, algunos pocos mencionan al titular de la Cámara de Diputados, Esteban «Tuty» Amat.
Pero el verdadero sismo en el ecosistema oficialista lo provocó Emiliano Durand. Días atrás, en una jugada que combinó audacia e imprudencia, el intendente capitalino soltó una frase que resonó como una provocación en los pasillos del poder: «Si Gustavo es candidato a gobernador, yo voy por la reelección en la Intendencia». La traducción sintáctica que leyeron en Grand Bourg fue inmediata y corrosiva: si la Justicia le cierra la puerta a Sáenz, el candidato a la gobernación soy yo.
En el saencismo palaciego la declaración cayó como una bomba de fragmentación. A Durand lo tildaron, sin matices, de especulador y oportunista. Es cierto que el intendente exhibe números envidiables en los sondeos de opinión pública —muchos de ellos financiados con entusiasmo desde sus propias arcas—, lo que le garantiza un piso elevado de conocimiento. El problema de Emiliano es que el conocimiento no siempre muta en devoción en el cuarto oscuro. Su gran pasivo no reside en el electorado flotante, sino en la trinchera propia: la base territorial del saencismo le desconfía abiertamente y los intendentes del interior guardan memoria de los días en que el imperio mediático de Durand los sometía a un disciplinamiento despiadado.
Mientras el oficialismo ensaya sus propios funerales y resurrecciones, en la Casa de la Libertad la atmósfera no destaca por su lucidez estratégica. Reina la incertidumbre. La militancia joven, alimentada a doctrina digital y entusiasmo libertario, da por descontado que la senadora María Emilia Orozco es la heredera natural de la boleta. Pero quienes manejan la arquitectura del poder real en el distrito saben que la política de La Libertad Avanza obedece a una centralización castrense: todo depende de las directivas que despache la Casa Rosada.
¿Y de qué depende la palabra de Buenos Aires? Fundamentalmente de la naturaleza de los pactos que el propio Sáenz logre abrochar en las oficinas de Karina Milei. En esa ecuación entra un actor con franquicia propia: Alfredo Olmedo. El empresario de las camperas amarillas se sienta en esa mesa de negociación como el interlocutor preferido del triángulo de hierro presidencial para la provincia.
Para colmo de males, la tropa libertaria salteña padece la enfermedad infantil del fraccionamiento vertiginoso. Las diputadas nacionales Eliana Bruno y Gabriela Flores ya operan en una frecuencia distinta a la conducción local. Y como si hiciera falta una cuota de color local para ilustrar la descomposición del espacio, el concejal Rodrigo Quinteros —recientemente reconvertido al credo saencista— no deja micrófono en pie sin descalificar a Orozco y al esquema de Olmedo.
Así llega Salta al crepúsculo de su festividad más sagrada: con una dirigencia que apenas termina de sacudirse el polvo del camino del peregrino para calzarse las manoplas de una disputa salvaje. La piedad popular baja el telón, la orquestación política enciende sus luces y la provincia descubre, una vez más, que bajo el velo de la devoción unánime late una aritmética del poder tan terrenal como despiadada.