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José de Álzaga

Chino mandarín para los jueces Fabián Vittar y Gabriel Chibán en el Club 20 de Febrero

Dos integrantes de la Corte de Justicia de Salta participaron del China Day para hablar de seguridad jurídica ante inversores extranjeros. Una escena que habría maravillado a Montesquieu.

Corte de Justicia
Fabián Vittar y Gabriel Chibán

(CATAMARCA).-(Por José de Álzaga).- Amigo Lector: continúo en Catamarca. Anoche, durante una ronda de copas que comenzó con propósitos perfectamente civilizados y terminó bastante después de que las personas prudentes se hubieran retirado, conocí a un empresario chino, el señor Liang Zhenbao, hombre encantador, discreto y peligrosamente resistente a dos cosas que suelen alterar el juicio de los hombres: el coñac y el viento Zonda. Liang bebía sin perder una consonante hasta que, entre una copa y la siguiente, me habló del China Day en Salta y preguntó, con la naturalidad de quien pide hielo, si conocía a los doctores Fabián Vittar y Gabriel Chibán, jueces de la Corte de Justicia de Salta. Dejé la copa sobre la mesa. Que un chino en Catamarca me preguntara a medianoche por dos jueces salteños era, incluso para mí, motivo suficiente para pedir otra copa.

Liang Zhenbao, mi flamante amigo chino y compañero de coñac de aquella noche catamarqueña, hizo girar lentamente la copa. “¿Son buenos jueces?”, preguntó. Le respondí que esa era una pregunta demasiado seria para formular después de medianoche y demasiado peligrosa para contestar antes del desayuno. “Hablan de seguridad jurídica para inversiones extranjeras”, agregó. Volví a dejar la copa. “¿Los jueces buscan inversiones?”, insistió. Le expliqué que, hasta donde recordaba, los jueces buscaban justicia y los inversores, rentabilidad; mezclarlos podía producir un blend interesante, aunque jurídicamente difícil de maridar. Liang me miró en silencio. Yo también. Hay momentos en que cuatro mil años de civilización china y doscientos de Justicia argentina consiguen entenderse perfectamente sin necesidad de intérprete.

Cuando Liang me dijo que aquello ocurría en el Club 20 de Febrero, comprendí que la historia mejoraba. El viejo club de la sociedad salteña se ha vuelto extraordinariamente democrático: entra todo el mundo. Empresarios, políticos, mineros, conferencistas, degustadores y ahora chinos. Falta Central Norte rifando un lechón y podemos clausurar definitivamente la Belle Époque. Imagino a José Félix Uriburu mirando desde arriba. Después de semejante China Day, su retrato volvió a perder la vertical.

No encuentro nada reprochable en que Gustavo Sáenz quiera inversiones chinas. El dinero, como los buenos modales, suele ser bienvenido en casi todas partes. Que vengan los chinos, entonces. Que traigan yuanes, dólares, automóviles eléctricos y apetito por el litio. Para cortejarlos existen gobernadores, ministros y funcionarios, criaturas que poseen la extraordinaria habilidad de enamorarse de cualquier hombre que llegue acompañado por una chequera. Lo extraordinario fue sumar a dos jueces de la Corte para hablarles de seguridad jurídica. Debo estar anticuado: siempre creí que esas garantías se demostraban en los tribunales. En Salta, aparentemente, ahora también vienen con presentación incluida.

No estoy acusando a Vittar ni a Chibán de absolutamente nada. Conviene aclararlo antes de que algún cortesano se atragante con el arrollado primavera. Hablo de algo mucho más antiguo y, por eso mismo, bastante pasado de moda: las formas. Hubo un tiempo en que los jueces cultivaban cierta distancia. No porque fueran antipáticos —aunque algunos se esforzaban— sino porque parte de su autoridad consistía precisamente en no confundirse con quienes mañana podían terminar frente a ellos. Un juez no necesita convencer a nadie de que será imparcial. Necesita conseguir que a nadie se le ocurra preguntárselo.

Imaginemos, apenas por diversión, que mañana una compañía china termina en un pleito con la Provincia, con una minera salteña o con algún pobre cristiano que jamás figuró en la lista de invitados. ¿Qué esperamos encontrar del otro lado? Un juez. No un anfitrión, un promotor de inversiones ni un señor encantador con excelentes relaciones públicas. La Justicia posee una virtud maravillosa: cuanto menos amigos reconoce al entrar a la sala, mejor aspecto tiene.

Tal vez Montesquieu estuviera equivocado. El pobre francés dividió los poderes en tres y tuvo la desgracia de morir en 1755, sin conocer Salta. Aquí hemos conseguido perfeccionar su teoría: el Ejecutivo consigue las inversiones, el Legislativo las declara de interés y el Judicial les explica a los inversores que pueden quedarse tranquilos. Después confraternizan. Es una República bastante más práctica. Si Montesquieu hubiera conocido el Club 20 de Febrero, probablemente habría agregado un cuarto poder: catering y eventos.

Al día siguiente, el China Day continuó en la Universidad Católica y el mundo recuperó cierto orden. Había funcionarios, empresarios, mineros, banqueros y especialistas hablando de inversiones, energía, logística y negocios. Cada uno dedicado a aquello para lo cual Dios, el mercado o algún decreto lo había colocado sobre la Tierra. Hasta había automóviles eléctricos chinos dando vueltas. Magnífico. Los empresarios haciendo negocios, los políticos buscando inversiones y los vendedores vendiendo automóviles. Por un instante sentí alivio: nadie había invitado todavía a Vittar y Chibán a garantizar personalmente los frenos.

La seguridad jurídica se parece bastante a las matronas verdaderamente elegantes: cuando existe, no necesita anunciarse. Suiza no necesita avisar que cumple los contratos, Inglaterra no coloca jueces en Heathrow para tranquilizar al extranjero apenas baja del avión y Luxemburgo jamás necesitó un magistrado junto a una bandeja de bruschettas explicando que allí respetan la propiedad privada. Los capitales internacionales hacen sus propias averiguaciones. Curiosamente, poseen un talento extraordinario para descubrir dónde está seguro su dinero.

Esta noche seguiré en Catamarca. Si el Zonda lo permite, abriré un Hennessy Paradis, uno de esos coñacs que todavía conserva la saludable costumbre de no estar al alcance de cualquiera. Brindaré porque los chinos lleguen a Salta, inviertan millones y hagan excelentes negocios. Y también porque, si algún día uno de ellos termina frente a la Justicia, encuentre a un juez al que no tenga que saludar diciendo: “Doctor, qué alegría verlo otra vez. Nos conocimos en el Club 20 de Febrero”. La Justicia, como las buenas matronas, gana mucho cuando conserva cierta distancia. Y muchísimo más cuando no necesita presentarse en sociedad.

Hasta la próxima.

José De Álzaga

josedealzaga@elintransigente.com

* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.