(SALTA).-(Por Diego Nofal)- Una escena realmente espantosa se vivió en las oficinas del PAMI en la capital de Salta, donde los jubilados esperaron hasta 7 horas para ser atendidos en condiciones que rozan la inhumanidad. La desidia y la falta de gestión mostraron su cara más cruel con quienes más merecen respeto y consideración. Jubilados y jubiladas con un promedio de 80 años esperaron durante horas bajo las inclemencias climáticas que azotaban a la provincia. La postal de indignidad absoluta se repitió durante toda la jornada y los ancianos tuvieron que soportar la lluvia y el frío a la espera de ser atendidos.
Según denunciaron los propios afectados, solamente dos personas estaban destinadas a atender al público que colmaba las instalaciones del PAMI. Muchos de ellos acudieron para realizar trámites que no pueden resolverse vía online, lo que evidencia una brecha digital que el Estado no se molesta en cerrar. Uno de los ancianos comentó a los medios de comunicación que había llegado a las 3 de la mañana y que recién fue atendido a las 10. La espera de siete horas bajo la lluvia es una muestra cabal del abandono que sufren nuestros mayores en la provincia.
Es increíble que quienes han dado su vida trabajando para engrandecer a nuestro país hoy no puedan disfrutar de un retiro que les permita tener una obra social digna. La misma palabra jubilación viene de júbilo, un concepto que en Salta parece una burla cruel para quienes dedicaron décadas al trabajo formal. Los jubilados merecen un período de alegría y descanso después de tantos años de esfuerzo, pero la realidad les presenta una obra social que les da la espalda. La situación del PAMI en Salta es una vergüenza que debería avergonzar a todos los funcionarios responsables de su gestión.
Los diputados nacionales libertarios y los senadores nacionales libertarios deberían llevar este reclamo hasta el gobierno nacional con urgencia. Particularmente Emilia Orozco, que hace tiempo manifiesta su deseo de ser gobernadora, debería tomar cartas en el asunto y defender a los ancianos de su provincia. No puede permitirse que nuestros mayores vivan estas situaciones de indignidad para obtener respuestas que merecen no solo por su edad. Han aportado durante por lo menos tres décadas a un sistema que hoy les da la espalda y la paciencia tiene un límite.
La escena del PAMI en Salta no es un hecho aislado, sino la consecuencia de años de desinversión y falta de planificación en la atención de la salud de los adultos mayores. Mientras los funcionarios posan para las fotos y anuncian planes grandilocuentes, los jubilados hacen cola bajo la lluvia esperando una atención que nunca llega. La dignidad de nuestros mayores no puede seguir siendo una moneda de cambio en la interna política de turno. Es hora de que los responsables de la obra social de los jubilados rindan cuentas ante la sociedad salteña.