(SALTA).- (Por José de Álzaga).- Amigo Lector: he viajado a Londres por cinco días para asistir a una exposición de vinos, compromiso que me impone tres miserables jornadas hábiles entre importadores que escupen lo que las personas decentes hemos aprendido a beber. Los otros dos días quedan reservados a obligaciones sociales de mayor provecho, entre ellas un cabaret de discreta entrada y una dama de indiscretas virtudes. En estos menesteres me encontraba cuando llegó la noticia del Gobierno de Javier Milei: un extranjero podrá solicitar la ciudadanía argentina aportando 350.000 dólares al Tesoro. ¡Por fin tendremos compatriotas que lleguen con dinero propio!
Recibo la novedad junto a un comerciante inglés que examina un Malbec con la gravedad de quien busca al asesino dentro de la copa. Le explico que por 500.000 dólares podrá solicitarla un matrimonio con dos hijos menores. El hombre consulta si necesita vivir entre nosotros. ¡Ved qué precaución! Antes de interesarse por la patria pregunta cómo evitarla. No lo juzgo: conozco argentinos que dedican una fortuna a mantenerse lejos y regresan únicamente cuando deben renovar algún documento o discutir una herencia.
Mi acompañante, una hermosa francesa que distingue las cosechas con mayor facilidad que los estados civiles, encuentra seductora la propuesta. Le advierto que el aporte permite solicitar la ciudadanía, pero no proporciona abolengo. Para eso hacen falta generaciones, retratos y alguna tía empeñada en negar parentescos. ¡No todo puede conseguirse mediante transferencia! Aunque admito que ciertas familias han resuelto inconvenientes semejantes comprando una estancia y dejando de recibir a quienes las conocieron cuando todavía atendían el mostrador.
Lo delicioso es que la ciudadanía argentina pueda convertirse en un objeto de distinción entre los ricos del mundo. Después de adquirir relojes, yates y cuadros que necesitan explicación, podrían descubrir el encanto de un pasaporte nuestro. Imagino al magnate anunciándolo durante una cena: sus vecinos tienen propiedades en Europa, pero él tiene una nacionalidad en Sudamérica. Nadie sabrá muy bien para qué sirve; eso aumentará considerablemente su prestigio. El lujo comienza, muchas veces, donde termina la utilidad y el contador pierde el derecho a opinar.
Celebro que el Tesoro reciba dólares y sugiero cuidar la presentación. No vaya a ocurrir que algún funcionario entusiasme al comprador prometiéndole una Argentina que después no pueda entregarle. Ya tenemos experiencia en ese comercio: cada campaña electoral incluye un país maravilloso, listo para estrenar, que desaparece al día siguiente de los comicios. El extranjero deberá leer la letra pequeña. Sobre todo donde diga “estabilidad”, palabra que entre nosotros suele describir la permanencia del ministro y no la tranquilidad del contribuyente.
Durante la noche visitaré aquel cabaret de luces bajas, donde una meretriz de impecables modales ejerce su profesión sin pretender salvar a la humanidad. Siempre he apreciado esa franqueza. Anuncia su tarifa, explica sus condiciones y permite que el caballero decida sin obligarlo a escuchar un discurso sobre el sacrificio que hace por él. ¡Cuánto podría aprender nuestra dirigencia de semejante claridad contractual! Allí, por lo menos, cuando uno paga por una fantasía, nadie insiste en llamarla política de Estado.
La comparación no pretende ofender a la dama, que trabaja con puntualidad y jamás ha solicitado un asesor. Además, tiene una ventaja sobre ciertos servidores públicos: cuando termina su cometido devuelve al cliente sus pantalones. En la Argentina convendría comprobar los bolsillos antes de dar por concluida cualquier relación con el poder. Ahora, sin embargo, el movimiento sería inverso: un señor extranjero entregaría dinero para incorporarse a nuestra comunidad. ¡Qué audacia! Nosotros aprendimos a desconfiar gratis y él deberá pagar por el aprendizaje.
Los solicitantes pasarán por controles de antecedentes, patrimonio y origen de los fondos, según lo anunciado. Aplaudo esa delicadeza y recomiendo guardar los formularios para las próximas elecciones. Sería entretenido ver a algunos candidatos explicar su fortuna con el mismo detalle exigido a un comerciante de Manchester. Sin persecuciones, sin complots y sin esa prodigiosa abuela que aparece cada vez que alguien pregunta por un departamento. Nuestra clase política ha heredado tanto que, de ser ciertas sus explicaciones, el país debería estar lleno de mausoleos construidos por Rockefeller.
No obstante, recibamos con buen ánimo a quienes quieran venir. Tal vez un extranjero nos recuerde el valor de ciertas cosas que hemos reducido a motivo de queja. Habrá que enseñarle las costumbres gradualmente: primero el asado, después la sobremesa y, cuando haya desarrollado suficiente resistencia, una sesión legislativa. Para entonces comprenderá que hacerse argentino exige más que un aporte. Requiere aprender a escuchar “ahora sí” sin preguntar cuántas veces se ha dicho antes. Ese conocimiento debería otorgar créditos universitarios.
De regreso al hotel abriré un Château Haut-Brion 1989 y recordaré a los españoles, italianos, franceses, alemanes, británicos, irlandeses, portugueses, suizos, polacos, rusos, ucranianos, judíos de tantos países, sirios, libaneses, armenios y tantos otros inmigrantes que llegaron con poco o nada, recibieron ciudadanía y levantaron su hogar entre nosotros. Traían oficios, esperanza y una disposición a trabajar que jamás requirió asesoramiento internacional. ¡Qué sencillo resulta ahora recibir al extranjero cuando ya viene enriquecido! Aquella Argentina tuvo el coraje de abrirles la puerta antes de preguntarles por la cuenta bancaria. Brindaré por ellos, recordando a Machado: “Todo necio confunde valor y precio”. Nuestros mayores recibieron inmigrantes y construyeron una nación; procurad vosotros no confundir esa grandeza con la administración de una caja.
Hasta la próxima.
José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com
* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.