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Emiliano Durand viaja a 2040 sin pasar por 2027 y Sergio Chibán se escuda en las sábanas

Un plan millonario, una ausencia y una polémica que salpica al fútbol salteño.

Emiliano Durand y Sergio Chiban
José de Alzaga

(Por José de Álzaga).- Amigo lector: el jueves llovió sobre San Isidro con la constancia de un acreedor. Una gotera eligió el techo de la biblioteca de la casona para caer justo sobre mis primeras ediciones de Lugones. El viernes vino a revisarla Cayetana, una arquitecta de pelo negro como el ébano de mi piano que restaura techos de casonas antiguas. Subió la escalera de madera de caoba de Cuba con una agilidad que a mí me devolvió treinta años, aunque me quitó el resto del aliento. Desde el altillo, con el pelo atado, la linterna en la mano, dictó sentencia. «Esto sale caro y lleva tiempo», me dijo. «Tómese todo el tiempo que quiera, querida, que la fortuna la pongo yo con tal de que siga subiendo esa escalera», le contesté. Ella ni bajó la vista de las tejas: me avisó que el presupuesto me lo mandaba por escrito. Pocas veces vi una manera tan elegante de ponerle freno a un caballero.

La palabra presupuesto me persiguió todo el fin de semana. Mientras Cayetana medía vigas, yo leía El Intra de Salta a escondidas -un caballero jamás mira el teléfono delante de una dama que trabaja-. Así me enteré de que el miércoles Emiliano Durand presentó su Plan Hídrico 2040: noventa y una obras por 1.226 millones de dólares para que Salta deje de inundarse. El propio intendente admitió que la cifra equivale a unos seis presupuestos de la Municipalidad, aunque todo depende de que el dinero llegue de la Nación o de algún organismo internacional. Un proyecto espléndido, en suma, al que solo le falta un detalle menor: la plata para hacerlo.

Lo más sabroso llegó dos días después. El gobierno que encabeza Gustavo «Botita» Ruperto Sáenz recorre la provincia por regiones para armar el Presupuesto 2027, y el viernes les tocó el turno a los intendentes y legisladores de los departamentos Capital y General Güemes. Durand no apareció. Quizá el jueves lo sorprendió con una de esas veladas de cotillón, serpentina y bonete que exigen el viernes entero para recuperar la compostura. Mandó a su secretario de Hacienda, Facundo Furio, que por el apellido prometía batalla aunque por el cargo apenas llevó la calculadora.

No lo acuso de mala fe: lo diagnostico. El intendente padece lo que cualquier oftalmólogo de la calle Arenales llamaría presbicia administrativa, una dolencia rara que permite ver con nitidez lo que está a catorce años de distancia mientras deja borroso lo que ocurre a pocas cuadras del despacho. Los enfermos de este mal suelen ser simpáticos, fotogénicos, aficionados a hablar de horizontes o de etapas, con una aversión casi alérgica a las reuniones donde alguien pregunta cuánto cuesta cada cosa. El pronóstico es reservado; no se conoce vacuna, aunque dicen que una sesión del Concejo Deliberante con preguntas concretas obra a veces efectos milagrosos.

Noé, que no tenía secretario de Hacienda ni crédito de ningún banco, construyó el arca con sus propias manos; la terminó antes de que cayera la primera gota. Nuestro profeta de cañerías recorre el camino inverso: anuncia el arca, le pide la madera a Buenos Aires, los clavos a Washington, la paciencia a los vecinos, que cada verano cruzan avenidas convertidas en ríos. En mi Salta de los milagros, los domingos comíamos empanadas a orillita del canal, donde el agua conocía su lugar. Hoy, cada vez que llueve, el agua sale de paseo por los barrios, mientras el intendente promete devolverla al canal en 2040: a los salteños solo les queda aguantar catorce veranos con el agua al tobillo.

Como si el agua no alcanzara, el miércoles pasado la ciudad cambió de deporte. Juan Pablo Cozzani, arquero de Platense, había criticado el estado del césped del estadio Padre Ernesto Martearena después de la semifinal de la Copa Argentina. Sergio Chibán -ese caudillo de vestuario- le salió al cruce con una teoría digna de cátedra: las sábanas del hotel donde se alojó el muchacho le habrían afectado las neuronas. Por si quedaban dudas, el dirigente le cuestionó también la experiencia. El problema, entonces, no estaba en la cancha sino en la cabeza del que la pisó; la culpa era de la ropa de cama, no del pasto.

Me permito discrepar con autoridad. He dormido en sábanas de hilo egipcio en el Plaza Athénée, en percal de mil hilos en Gstaad, en otras cuya procedencia la caballerosidad me obliga a callar; ninguna me tocó jamás las neuronas. El pulso, en cambio, me lo alteraron más de una vez, aunque eso se debió a la compañía, no al algodón. Este sommelier de sábanas inauguró una ciencia nueva: diagnosticar el cerebro ajeno por el lado de la almohada. Lástima que no haya revisado el césped con el mismo celo con que revisó la cabeza del arquero: a lo mejor descubría que el que durmió mal fue el pasto.

No me sorprende: este compadrito de tablón, grasa de modales, con la educación de una barra brava, se cree dueño de la pelota salteña. Su bravuconada anterior fue contra la ministra de Turismo, Manuela Arancibia, a quien le dedicó en la prensa acusaciones que ningún caballero pronuncia. A una dama de su talento y su porte se la discute con florete; él solo conoce el bombo de la popular. Guapo con las mujeres, guapo con los arqueros visitantes, mudo con el césped.

Mudo con el césped uno, ausente en el presupuesto el otro: Salta tiene la desgracia de que sus personajes se complementan. Mientras Chibán grita donde debería callar, Durand calla donde debería hablar, de modo que entre los dos apenas alcanzan a formar un funcionario entero. La factura, como siempre, la terminan pagando los salteños, que ni durmieron en el hotel del arquero ni estuvieron invitados al fiestón con cotillón del jueves.

¡Vos, Emiliano, que prometés agua domesticada para 2040, aprendé que las obras no se riegan con conferencias de prensa sino con partidas que se defienden en la mesa a la que no fuiste! ¡Y vos, Sergio, que respondés las críticas con insultos de vestuario, sabé que un estadio sostenido con dinero público no se defiende ofendiendo al que lo usa sino cuidando el pasto! Quizá el Plan Hídrico contemple algún día regar el Martearena como corresponde.

A la noche llegó por correo el presupuesto de Cayetana, firmado, con plazos, materiales y una cifra que me obligó a sentarme. Me retiré a mi poltrona de la biblioteca, bajo la gotera ya domada por una champañera de plata, y me serví un Hennessy Paradis, un cognac de aguardientes que esperaron décadas en roble y que ronda los 1.100 dólares la botella, sin una gota de agua, en solidaridad con el Plan Hídrico. Abrí entonces el Evangelio de San Lucas, que en el capítulo 14 pregunta: «¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos?». Al princeso municipal le sugiero que la próxima vez se siente, aunque sea un viernes, y a Chibán, que duerma tranquilo: las neuronas que preocupan en Salta no son las del arquero.

Hasta la próxima.-

José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com

Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.

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