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Opinión

El federalismo ¿Una utopía para Salta?

El federalismo ha sido objeto de debates, conflictos y reformas.

Por Matilde Serra

El federalismo argentino ha sido un pilar fundamental en la organización política del país desde sus inicios como nación independiente. Mediante la adopción de este sistema y en orden al espíritu de la Constitución Nacional, se buscaba distribuir el poder entre el gobierno central y las provincias, entre ellas Salta, para así equilibrar los intereses nacionales con los locales y además promover la autonomía regional.

Sin embargo, a lo largo de la historia argentina, el federalismo ha sido objeto de debates, conflictos y reformas, y aunque sigue siendo un elemento central en la identidad política del país todavía no ha podido superar la fase declamativa, tanto por parte de los gobernadores de provincias como del mismo poder central.

Inspirada en las ideas liberales de la Constitución de los Estados Unidos, la propia, sancionada en 1853, contempla al federalismo como el eje de las relaciones institucionales del país, algo que continúa siendo un anhelo nunca realizado porque el país continúa debatiéndose en la ancestral lucha entre unitarios y federales.

Durante casi dos siglos, la proclamada autonomía de las provincias y las líneas que demarcaban las competencias entre el gobierno central y sus pares provinciales jamás se respetaron y a pesar de que el sistema estableció la forma de representación política basado en la división de poderes y la elección popular, para sentar las bases de la democracia argentina, en días en que se conmemoran los 40 años de democracia ininterrumpida, esos representantes ante la Nación -diputados y senadores- continúan la tradición de llegar a Buenos Aires y encandilarse con las luces de las grandes avenidas, permitiendo que los intereses centrales le ganen a la pasión regional que debieran defender.

La economía en el centro del debate

Resultaría ocioso dictar una cátedra del federalismo y su espíritu donde la igualdad y la equidad de intereses entre el Puerto y las provincias es todavía una letra muerta, porque si bien ese federalismo ha enfrentado -y enfrenta- grandes desafíos, una cuestión pivotea en la base del debate y es aquella relacionada con el desequilibrio económico y político entre las provincias, con algunas regiones más desarrolladas y poderosas que otras. Esto ha llevado a debates sobre la redistribución de recursos y competencias, así como a la implementación de políticas de desarrollo regional.

De esta manera, la cuestión de los recursos naturales, su valor de mercado, el tributo a la Nación y en ocasiones la magra contraprestación hacia las provincias en proporción a lo que producen y entregan, se mantiene vigente y es el tema álgido que sigue marcando la agenda de los gobernadores que deben peregrinar a solicitar lo que por ley y tradición les corresponde.

Las Falencias del Federalismo Argentino en su Relación entre la Nación y las Provincias

La primera, más notable e irresuelta es la desigualdad económica y el desarrollo regional desequilibrado entre las provincias. Algunas regiones del país, como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires, concentran la mayor parte de la actividad económica y los recursos financieros, mientras que otras provincias enfrentan mayores niveles de pobreza y subdesarrollo, estando la provincia de Salta a la cabeza de estas últimas.

Aquellas palabras que pronunciara alguna vez el gobernador, Gustavo Sáenz, «Salta es una provincia pobre», tal vez peque de ser una declamación simplista porque si hay provincia con riqueza emergente, esa es Salta. Porque una cosa es ser una provincia pobre y otra muy distinta ser una provincia empobrecida por el paso de tantos gobiernos que nunca promovieron a los niveles más competitivos su producción y la subsiguiente inversión en infraestructura. Esto al menos en el aspecto interno.

En lo externo, es decir, la relación provincia-Nación, el federalismo acusa en la práctica falencias de claro tono político que son las causantes de una inequitativa redistribución de recursos por parte del gobierno central para promover su desarrollo regional.

Una Liga de Gobernadores que funcione

El desbalance entre Nación y provincias tiene un claro diagnóstico y radica en la tensión entre la centralización del Poder y la nunca bien ejercida autonomía de las provincias. Tal vez, la ausencia de un bloque regional bien estructurado y consolidado sea lo que ha permitido que a lo largo de los años ha permitido que el gobierno central tomara decisiones que afectan directamente a las provincias sin tener en cuenta sus necesidades y prioridades, según el conocido dicho que reza: «Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires».

Esta supremacía política ejercida por Buenos Aires jamás pudo ser contrarrestada por los gobernadores que siguen militando ese histórico reclamo de mayor participación en la toma de decisiones y una mayor autonomía para gestionar sus propios asuntos.

En su obra política, Nicolás Maquiavelo, consideraba a la fuerza como un factor determinante en las relaciones políticas y aquella frase suya que dice «El Príncipe, más que amado debe ser temido», ha jugado como una herramienta de dominación del Puerto frente a las provincias porque desde el interior nunca se ha formado un grupo de gobernadores, o nadie ha sido capaz de ejercer un liderazgo regional que haga temblar a los sillones de Buenos Aires.

Esto lleva a la conclusión sobre la necesidad de pensar desde Salta en la conformación de un bloque regional lo más sólido posible que unifique criterios para de una vez, levantar un frente al centralismo porteño, ejerciendo y haciendo sentir el poder que tiene una región sobre la Capital. La pregunta es: ¿Podrá el gobernador, Gustavo Sáenz, asumir ese liderazgo como mandatario de una provincia central como Salta?

La pregunta no es ociosa toda vez que en su mensaje de asunción del segundo Mandato, Sáenz, remarcó que Salta solo tendrá desarrollo social y económico con dos premisas: la construcción de un nuevo bloque regional sólido y además potenciar las ventajas competitivas y las oportunidades productivas de la región.

Siguiendo el hilo discursivo del propio Sáenz, en orden a la intención de hegemonía del gobierno que preside, Javier Milei, como nunca resulta necesario mostrar en los hechos que las provincias del NOA generen y fortalezcan esa «agenda común en defensa del federalismo y los intereses de las provincias.» mediante la conformación de un «nuevo espacio federal en el Congreso», como él mismo dijo.

Del discurso al hecho, todavìa queda un trecho

El federalismo de discurso adorna bien, pero hay puntos importantes a resolver como el conflicto fiscal y la distribución de los recursos, ambos temas recurrentes en la relación entre la nación y las provincias en Argentina.

A pesar de los intentos por establecer mecanismos de coparticipación federal que garanticen una distribución equitativa de los recursos, persisten disputas y reclamos sobre la asignación de fondos entre el gobierno central y los gobiernos provinciales, lo cual reclama una reforma en el sistema fiscal que garantice una distribución más justa y transparente de los recursos.

En soledad, las provincias jamás podrán encontrar ese justo medio que ponga en valor los recursos del interior con los intereses del Puerto, de allí que la regionalización de la política sea la más importante e inmediata de las acciones que los gobernadores debieran estar tratando de acordar, no tanto para oponer sino para poder negociar en mejores condiciones con un gobierno central que ya mostró que su identidad es el centralismo más duro del que se tenga memoria.

Conclusiones

En conclusión, parece llegada la hora en que la cuestión del federalismo deje de ser una bandera discursiva para convertirse en políticas de gobierno activas porque según se presenta el escenario nacional, con Javier Milei no sólo la historia ha dado un paso adelante dejando atrás la era de los partidos políticos tradicionales, sino y sobre todo, un giro en el curso de la historia misma. Tal como se presenta la situación, todo mueve a pensar en que habría comenzado el tiempo del unitarismo perfecto, donde desde la Casa Rosada se pretendería dictar los modos y formas de vivir y hasta de sobrevivir, según se tornan los gastos frente a los recursos.

Por eso, gobiernos provinciales como el de Salta, deben asumir que la política ha dejado de ser retórica, discurso y canto para convertirse de una vez en pensamiento y acciones regionales, porque el tiempo marca que esta será la tensión sobreviniente; o se conforman bloques provinciales o la Nación terminará llevando a la práctica lo que la línea inaugurada por Bernardino Rivadavia de manipulación interior y entrega exterior no pudo conseguir en los hechos.

Suenan para la casta gobernante en Salta, parafraseando aquellas palabras de José Ortega y Gasset: «¡Salteños, a las cosas!»