LITERARIAS – POR RICARDO FEDERICO MENA.
SALTA.- Esta historia ocurrió verdaderamente. Los nombres indígenas son reales como asimismo las secuencias históricas y los lugares exactos donde se desarrollaron. La causa de la derrota de Chelemín, permanece en el misterio. Esta versión el autor la considera plausible. Extraído de la novela La Casa Blanca de Anguinán, primer premio de novela, año 2000, otorgado por la Secretaría de Educación de la Provincia de Salta
Año 1720- Encomienda de don Manuel de Villafañe
Mocople se había constituido en la persona de máxima confianza de don Manuel en la hacienda.
Su impronta destellaba la grandeza y la dignidad que venían impresas en sus genes. Una atávica carga de soles y autoridad imbuía su persona de confianza y seducción. Antiguos fantasmas apasionados susurraban a los oídos de quienes le conocían: están ante un Curaca que aún guarda en sus entrañas los labios tibios del gran Cacique Chelemín.
Sin duda Mocople era un digno descendiente del famoso Cacique que hiciera temblar las huestes españolas durante la guerra Calchaquí…
Fueron cien años de desesperada resistencia, en que los dueños de la tierra no escatimaron valor, esfuerzos ni imaginación para sacudir el yugo de los conquistadores blancos. Mocople, más que un indio encomendado, había pasado a ser un amigo insustituible en los laboreos de la encomienda.
Manuel tenía absoluta confianza en él y, cuando impartía una orden, esta se ejecutaba con eficiencia, antes de que sus ecos se disiparan en la misma dirección donde doblan los vientos.
Las risas luego de la caída del caballo, apagaron sus sonidos confusos de la misma forma en que se apagan los mugidos postreros de los toros en sacrificio. Ante el advenimiento de la noche, cada uno se dirigió a su cuarto.
Mocople estaba cansado luego de una larga jornada y sus pasos, mientras se dirigía hacia el descanso, resonaban diferentes. Apretaba los carillos con una tensión a punto de estallar. El cansancio era en realidad concreta, sin embargo, en cuanto se recostó en su camastro, besó a Juana que dormía apaciblemente, y la despertó para concretar el merecido momento del amor.
Se enredaron apasionadamente ante la mirada incomprensible de uno de sus perros. Muy pronto se durmió, pero los fantasmas de sus antepasados volvieron a visitarlo de la misma manera como se visitan los viejos amigos.
Esa noche de primero de Agosto, despertó en medio de una sudoración rancia y profusa que emergía sin piedad de cada uno de sus poros; parecía socavarle la piel, como si ellos, de alguna manera, hurgaran sus más recónditos secretos. Tenía en verdad muchos, pero éste que se enancaba en el sueño revestía una característica especial nunca antes experimentada. En el sueño el jadeo se había convertido en una especie de rugido que irisaba su cuerpo y tensaba cada uno de los filamentos de su musculatura. Era noche cerrada aún en la encomienda y, a lo lejos, parecían sentirse las voces de los muertos danzando alrededor de las apachetas que los viajeros ofrendaban a la madre tierra. Toda su materia se estremecía.
Daba vueltas y más vueltas en la cama que él mismo había fabricado con madera de álamo y tientos de guanaco, mientras afuera el viento se desbordaba lujurioso, empujando la noche hacia los abismos del día.
Sentía a su lado un cuerpo caliente que respiraba y que no podía reconocer a la luz de las velas. No era el de Juana, a quién vio mientras abría los ojos, sentada a su lado tratando de despertarlo. Se incorporó en la cama encendiendo otra vela y escrutó detenidamente cada rincón de esa pieza enorme, de cuyo techo de cardón pendía un amancay gigante de las montañas. Su perfume enervante no era suficiente para mitigar el olor espeso de la sudoración que con porfía, le martirizaba el cuerpo. Comenzó a temblar sin poder discernir el origen de tal efecto y también a preguntarse a qué secretos designios obedecerían esos martirios de la carne. Antes jamás los había experimentado y, a pesar de ser un indio encomendado, era un hombre arrogante y último cacique descendiente del gran Chelemín.
Las circunstancias de la historia y los avatares de la vida habían llevado a su pueblo a difíciles resignaciones, pero al igual que el león de la montaña, la llama o el guanaco, ellos mantenían intactos sus instintos de libertad. Era precisamente esto lo que apreciaba en don Manuel de Villafañe, que jamás había sometido las libertades de su pueblo, dejándoles vivir en alegre albedrío, pleno de trabajo bien remunerado; ésto les permitía continuar regocijándose con lo que la naturaleza había puesto en su camino.
Esperó desesperadamente la madrugada, como si en ella estuviera la visión de Dios. Junto a Juana siguió el rito milenario de sus antepasados, recogiendo con esmero la basura de las cuatro esquinas del recinto donde se encontraban; las mezclaron con algunas hierbas aromáticas recogidas del hara, y al quemarlas, espantaban los malos espíritus que parecían aposentarse en su dormitorio. Esa mañana se presentaba con un aura extraña.
Un sordo rumor de aguas presurosas que desconocían su desembocadura, se esparcía por cada una de sus vísceras. Percibía casi con desaliento la sombra de una extraña y terrible respiración que hacía estremecer el alma. Juana lo observaba inmutable a su lado, sin perder ningún detalle, mientras le pareció sentir una extraña emanación que descendía de la montaña.
La mañana lo sorprendió más tranquilo, pues nada habían encontrado en ese recinto de adobes con techo de cañas y cardones, que el viento castigaba con implacable rigor. En realidad, al no encontrar algo concreto o físico, dejaba la posibilidad de que ese algo que sentía interiormente sólo fuera subjetivo, no visible, como ocurre siempre con las cosas que no se comprenden o bien, que aquella presencia innominada fuera una energía de extraña procedencia.
Las supersticiones de sus antepasados dormían en lo que ellos llamaban ristcha y que no era otra cosa que la intangibilidad de la memoria. Se encontraba en esos menesteres del pensamiento, en un obligado día de samana , cuando divisó a cierta distancia la figura enjuta y encorvada de Ataliva, un indio viejo y de edad incierta, fiel como pocos había sobre la tierra. Además ostentaba el galardón de ser su eficaz compañero en la tarea de gobernar a su pueblo esparcido como un rosario de cuentas cobrizas sobre los vericuetos el valle.
Era Ataliva, llamado más comúnmente “el Chano”, en quién podía confiar como siempre lo había hecho, y referirle las extrañas alucinaciones vividas la noche anterior. Le pareció natural invitarlo a pernoctar en su morada de último curaca y sobrellevar entre ambos los sobresaltos de la noche. Al caer la tarde y ponerse el sol, el viento, en colérica actitud, comenzó a levantar el oleaje del Mayu, que venía embravecido por una absurda creciente inusual para la época. No era temporada de lluvias, por lo tanto, la lujuria delirante de las aguas encrespadas les robustecía el pensamiento acerca de que algo extraño flotaba en el ambiente.
Escuchaban desde la casa la voz ronca de la creciente, que en su desvarío enviaba sus fantasmas llenos de inquietudes olvidadas. La noche se despeñaba perezosamente desde las altas cumbres hacia los faldeos del cerro, cuando la oscuridad comenzaba a abrazar el paisaje circundante con estremecimientos de horror. Decidieron encender las pocas velas que quedaban, traídas en el último arreo con burros orejanos, capturados en el campo, que luego de cuidadosas dedicaciones, cargaban con árganas repletas de las más variadas mercaderías provenientes de la ciudad.
Las velas dibujaban y desdibujaban los más alucinados arabescos, favoreciendo el sortilegio imborrable de una noche para el olvido. Estaban los dos hombres callados junto al brasero donde una pava vaporizaba su contenido; jadeaba convulsivamente el secreto infinito de sus infusiones serranas, cuando rompiendo el silencio de la noche, Mocople, imbuido de su majestad de curaca, preguntó a su invitado:
-¿Tienes miedo Ataliva?-
El anciano, casi sin respirar, contestó:
– ¡Sí, aunque no debiéramos tenerlo! Somos indios experimentados, pero a pesar de eso, lo que me espanta es la posibilidad de que el Supay, me convoque a sus dominios, donde el dolor y el sufrimiento calcinen en un eterno charqui las fibras de mi cuerpo, que aún conserva la fortaleza del simbol.
Allí la apasionante astucia de la muerte, hace remecer los senos de las mujeres que, al bailar entre las llamas, van ondulando el cuerpo en un desenfrenado concierto de nalgas trepidantes. Las súcubas extienden su sexo carnoso, mientras miran a los recién llegados con ojos suplicantes llenos de miel. Mocople hablaba en su propio léxico ladino, mientras Ataliva creía oler un tufo febril de nalgas y senos amordazados.
Él no estaba en edades de deseo, pero con la persistencia de la memoria pensaba que jamás podían ser feas las opulentas diablas, bailando con frenesí en las Salamancas, mientras hacían el amor con Lucifer, quien en el colmo de su voluptuosidad adornaba su sexo con florerillas negras impregnadas de jugos ardorosos.
El vértigo alucinante que los giros imprimían a la danza coloraba los aledaños con una espuma de esmaltes hechizados, mientras la memoria le traía el recuerdo de voluptuosos fluidos eróticos. Un viento incontenible abrió las ventanas de cardón por donde asomó la luna gigantesca que iluminó el cuarto, más que la luz quebrada de las velas. La energía, que Mocople sentía respirar como algo vivo sobre su piel, comenzó a moverse en desacompasados movimientos que penetraban por la cuenca desconcertada de sus ojos abiertos hacia lo desconocido.
Ataliva se abandonó resignado a esas extravagantes alquimias de la mente y comenzó a transfigurarse, cuando sintió al viejo curaca, interrogar preocupado:
-¿Qué está sucediendo?
Buscaba con afán algo para iluminar nuevamente la fantasmagórica escena. Se producía la transmutación de almas según la creencia de la cultura calchaquí. Ataliva dejaba escapar la suya para aceptar serenamente la desconocida fuerza que trajinaba sin sosiego por cada rincón insomne de la casa. Respiraban entre esos muros los vapores ácidos de lo sobrenatural y desconocido.
De pronto el indio cambió súbitamente su fisonomía y, levantándose con precipitación de la pequeña silla de tientos que se encontraba aun costado de la cama, avanzó envuelto en gruesas vestiduras de humo, rengueando hacia Mocople, a pesar de que jamás había sido rengo. Sus movimientos producían un ruido seco y monocorde, como quien pisa caracoles secos en playas fantasmales. Era el rítmico arrastrar de su pierna torturada por los dolores de la minusvalía.
Mientras caminaba, el dolor hacía brotar de cada fibra de su musculatura una energía fiera que se traducía en la mueca esculpida sobre su rostro de piedra. Balbuceó palabras que Mocople había escuchado pronunciar a sus abuelos y entre las cuales creyó reconocer estas: wairi, puri ,punchau, tiri, guata y taia.
Pertenecían al antiguo quichua hablado por las tribus calchaquíes.
-No puedo entender lo que hablas- reprochó Mocople-. Su rostro ancho de reminiscencias asiáticas se demudaba al contemplar la metamorfosis de Ataliva, su gesto fiero y decidido.
-¡No soy Ataliva!- respondió con voz grave y distinta impregnada con esa solemne autoridad que sólo los hombres de mando podían ostentar. Era una voz con sonoridades de urgencias que parecía venir del infinito, como un latido del tiempo, vibrando en las alas de cada sílaba.
-¡Soy Chelemín, Señor de los Hualfines y Jefe Supremo de la segunda sublevación de los Calchaquíes! Por cierto imperativo demorado largo tiempo vengo a revelarte la verdad de mi derrota y es tal vez la última oportunidad de hacerlo, de jefe a jefe, puesto que eres el último de mi sangre sobre la faz de la tierra. Quiero que la cuentes como una manera de ordenar la nebulosa de la historia, para lo cual te prometo hablar en una forma acorde a los tiempos que hoy transcurren. Los pueblos indígenas deben integrarse, sin desdoro de su dignidad, a la cultura de los blancos, mucho más avanzada que la nuestra. No deben ser esclavos, sino pares que enfrenten al mismo nivel los destinos inciertos de la humanidad.
La presencia del Señor de los Hualfines en el cuerpo de Ataliva adquiría por momentos dramáticos matices, acaso provistos de un carácter solemne y amenazador. La voz hablaba con la misma fascinación de una serpiente de encantamiento, mientras Mocople y Juana escuchaban con la piel erizada en estado de éxtasis aquellas primeras palabras que invitaban a la comunión con almas errabundas.
El sortilegio estaba en su apogeo y Mocople, en un estado de febril alucinación, escuchaba cómo la voz con seductora sabiduría, lograba superponerse a las imágenes desaforadas de una multitud de dioses salvajes que habían alimentado su educación saturada de supersticiones. Se sentía flotar en un mundo sin fronteras y sin tiempo, pero se aferró al instinto lúcido de la mente y continuó escuchando sus desventuras. La voz continuó diciendo:
“Es la primavera de 1637 y estoy en el pucará del Asampay, que en el idioma de los blancos quiere decir diablo, tal vez por el subido color rojizo con que las piedras cubren su desnudez. Tengo a mi alrededor un pueblo fiel, los hualfines, tribu de la que me enorgullezco de ser su cacique, y por lo tanto debo cuidarme de la perfidia de los españoles quienes me persiguen sin tregua desde una ciudad que ellos llaman Londres de Pomán. No hace mucho que se ha fundado.
Fue durante las maniobras de la guerra en que estamos envueltos desde hace mucho tiempo. Me siento cansado y viejo, pero con la tremenda responsabilidad de cuidar la vida de las mujeres, los ancianos, los heridos, de mi tribu, que en verdad son muchos. Mi gente está decidida a morir antes que permanecer en la esclavitud de los blancos con sus encomiendas, en las minas o en el servicio personal. Soy indio y no me avergüenzo de ello; no sé nada más que lo enseñado por mis padres y abuelos, pero ello me alcanza para ser feliz junto a los míos. No sé por qué no dejan de acosarnos. Tampoco entiendo cómo ellos que pregonan la Fe de un Dios bueno y justo, superior a nuestros dioses venerados, permite que seamos tratados con tanta maldad.
Los machis blancos, los sacerdotes que nos enseñan su religión nos prometen felicidades que nunca hemos conocido y quizá nunca conoceremos. No estuve de acuerdo con la muerte horrible que se dio a Fray Pablo, ni a Fray Antonio Torino, porque me conmuevo al pensarlo, pero mi tribu que hacía tiempo se pasaba subrepticiamente la flecha en señal de alianza, determinó que así sucediera. Nada pude hacer para evitarlo. Así como nosotros nunca imaginamos la crueldad de las tropas españolas que descuartizaron al cacique Coronhuilla en Andalgalá. Cada uno de los cuatro potros se llevó una parte de su cuerpo ensangrentado ante la presencia de sus familiares.
No puedo dormir y Calsapi, mi segundo jefe, se acerca para decirme que los españoles quieren conversar conmigo para evitar más derramamientos de sangre. Pronto aparecerá de entre los cerros ese rojo redondel que es el sol de la madrugada y debo concurrir sólo con Calsapi, hasta los faldeos del valle de Hualfín, donde me esperarán los dos jefes españoles: Ramírez de Contreras y otro cuyo nombre no puedo recordar.
Yapo Amba, la más joven de mis mujeres, mientras me abraza, pone entre mis manos a nuestro hijo más pequeño que hemos nombrado Solamán en homenaje a un gran cacique amigo. Tal vez los dioses le permitan gobernar con acierto, sin los rigores de la guerra que nosotros vivimos. En ese momento la voz y expresión de Ataliva parecieron dulcificarse, mientras continuaba su confesión: “Es tanto el cariño y la ternura que Yapo-Amba me prodiga, que me faltan fuerzas para cumplir con mis obligaciones de jefe de las tribus coaligadas. Ella es mi dueña. Yo soy su dueño hasta el último confín de su belleza, y hasta los más puros límites de su risa y de su llanto. Un fulgor muy vivo se desprende de sus ojos mientras la miro y ella responde con un beso quemante como cien soles sobre mi boca. Con suavidad me desprendo de su abrazo y con honda tristeza digo que ya es hora de partir al encuentro de mi destino.
Comienzo a caminar cerro abajo en medio de cactus floridos, junto a mi fiel Calsapi, desmoronando piedras filosas y ramas secas que lastiman nuestros pies cansados. Voy recordando retazos de mi vida que vuelan sobre mis ojos con la misma desolación de una intensa despedida. Observo todo con energía y valor, como forma cierta para combatir los destinos aciagos, mientras nuestros pies producen crujidos de muerte por los desolados meandros de la senda. La voz por momentos adquiría matices de bajas vibraciones que parecían fosforescencias llegadas desde su propio pozo de amarguras y Mocople se veía en la obligación de aproximar su oído para no perder la ilación de aquellas palabras secas y humeantes. Tras de mí, como una sombra callada que sigue a otra sombra, caminaba Jerónimo, mi perro español que traje como botín de guerra durante el último asalto a Tucumanita. Era fuerte, de gran tamaño, feroz en el ataque y manso como una llama en mis horas de meditación y descanso.
Tantas veces ha peleado junto a mí, y otras tantas me ha salvado, que sin él mi vida hubiera sido más triste y más corta. Donde voy me acompaña y él va siguiendo con resignada mansedumbre mi sombra y mi corazón. En esta jornada estamos nuevamente juntos tanto en el sueño que es corto como en la vigilia que es agotadora y larga.
De pronto, Calsapi, que venía abstraído en sus propios pensamientos, me habló diciendo: -¿Te acuerdas, Chelemín, hermano, cuando tu padre, el gran curaca Alimín impetraba a los dioses de la lluvia? Nuestro pueblo casi se extingue luego de aquellas espantosas sequías que agostaron nuestros cuerpos y nuestros espíritus, en esos terribles tres años en que se sacrificaron nuestros más hermosos niños sobre las piedras rituales, de cuyo orificio central desagotábamos la sangre para colocarla en cada rincón de las sementeras.
No puedo olvidar nuestros padecimientos, como tampoco olvidar que por aquellos días tu padre me concedió su hija bien amada, Sa-il, y que enloquecidos de amor un primero de agosto impetramos por la fecundidad de nuestras sementeras, bailando, cantando y penetrándonos a la luz de la luna, hasta caer rendidos por los vaivenes de la pasión. Ese año nos hicimos más hermanos y luego de las nueve lunas nació nuestro hermoso retoño, Suni-Han.
¡Cuánto tiempo ha pasado desde entonces, y hoy como ayer seguimos pidiendo a nuestros dioses, aunque de manera distinta por la felicidad de nuestro atribulado pueblo! Estos y otros recuerdos de la infancia eran los temas de aquella conversación que sólo les servía para distraerles de tan terrible tensión.
Chelemín que era un astuto observador decía a Calsapi: “No sé si habrás dado cuenta de que, durante toda la marcha, nos ha seguido pacientemente una gran puma con sus crías, y que dada su perseverancia debe estar hambrienta. En caso de que nos acometa en algún recodo de la huella, debes gritar con fuerza y agitar palos y ramas para ahuyentarle.
De pronto les pareció que el corazón se les paralizaba, pues en el horizonte percibían, desdibujadas, las figuras recias de dos caballeros españoles montados en hermosas cabalgaduras. Chelemín detuvo su marcha. La renguera de su pierna derecha hacía que cada paso fuera una daga clavada en sus espaldas y, sin despegar la mirada de ese horizonte que le repelía y atraía a la vez, habló con emoción contenida:
“Calsapi ,quiero que sepas, si algo me ocurre que la sucesión de mi mando debe recaer en el mayor de mis hijos, Ramiro, a quién mando que, con el resto de los alimentos restantes, conduzca a mi pueblo, hacia el otro lado de la cordillera a buscar la protección que necesitamos para reorganizar nuestras fuerzas.
“Un llanto contenido estremecía mi garganta y nublaba mi vista, esfumando las figuras de mis adversarios, mientras giraba mi cuerpo encandilado por el sol, para poder abrazar a mi hermano tal vez por última vez. La guerra contra los calchaquíes por el sur, hacía arder de puro coraje, el orgullo de los hualfines, pacciocas, andalgalás, famatinas y yocaviles, conducidos por la mágica astucia de Chelemín, cuyo sólo nombre hacía temblar a las huestes españolas. El camino de la quebrada que conducía al Pucará del Asampay, había comenzado a vestirse de un verde intenso, como respuesta inequívoca a las primeras lluvias que despertaban de su letargo, ese hálito de vida oculto en los pedregales. Toda la nación indígena ardía como una tea.
La flecha circulaba de tribu en tribu en señal de solidaridad y alianza ante el enemigo común: el español.; la indiada reaccionaba como una estructura única y homogénea funcionando como una verdadera nación bajo el liderazgo de un solo jefe. El Pucará del Asampay era el último refugio donde las diezmadas fuerzas del curaca Chelemín, defendían también los últimos retazos de libertad. La lucha sembraba los valles con actos de heroísmo de ambos bandos y un vértigo de rara fascinación convertía a los contendientes en semidioses. La sangre se derramaba por doquier con sensaciones crispantes de estertores y de eternidad.
Aquél día se presentaba a los ojos de los dos caballeros vestido con un encanto particular. El viento, que aún no dejaba de llorar su agudo lamento, levantaba la arenisca suelta del río de la quebrada y la estampaba con fuerza sobre sus rostros pensativos. Se apearon de las cabalgaduras y, siempre en silencio, fueron a sentarse a la sombra reparadora de un viejo algarrobo. Era en realidad una sombra magnífica. El rumor de una colmena de abejas negras, preparando su palacio de barro, tintineaba en sus oídos, aproximándoles la promesa de algunos momentos de distensión.
Estaban también solos, ése era el compromiso y, dejando al costado lanzas y adargas, mientras aflojaban las cinchas de los caballos para que descansaran de los rigores de la marcha y del calor. Don Pedro Ramírez de Contreras, al tiempo que mesaba su barba negra como la noche, se dirigió al capitán don Juan Núñez de Ávila con su vozarrón de trueno:
Don Juan: ¿usted cree que vendrán los caciques? Es probable que no lo hagan- respondió casi con resignación el joven capitán.
Don Pedro quedó callado, y en un juego mental comenzó a recrear las vicisitudes de la guerra que llevaba ya largos años. Pasaron por su mente como una ondulante fiebre los terribles apremios durante el sitio de la ciudad de Londres, los rigores de la marcha en retirada y el desconcierto de la población de la Rioja durante el sitio en el que el hambre hiciera parecer la carne de los perros como el más apetitoso de los manjares. Aquella vez los disuadió la peste, pero la diezmada población de la ciudad de Todos los Santos, famélica, con las vestiduras hechas jirones, saturada de heridas, se encontraba postrada y abatida.
Afuera, en los aledaños de la ciudad, amanecían los gritos febriles de la indiada sedienta de sangre española. Algunas casas de las manzanas periféricas habían sido invadidas por el ululante dominio de las tribus que imponían a los techos de paja la exótica caricia del fuego. Las mujeres corrían alzando las faldas para dar mayor velocidad a las piernas tratando de alejarse de aquellos inexplicables designios, mientras sufrían sobre la nuca los trastornantes resoplidos del indio. Corrían con desesperación, las bocas crispadas en un grito inacabable; el miedo se les encarnaba en el cuerpo, provocándoles la secreción resplandeciente de aromas sexuales que los indios imaginaban como jugos de mares desconocidos, naciendo en aturdidas vaginas blancas.
El olor flotaba en el ambiente como una respiración de sílabas sexuales y el indio jadeante de excitación, cuando la alcanzaba, desde la oscuridad de su conciencia, aplazaba sus designios de muerte, para concretar en el campo de batalla las íntimas aspiraciones del amor. Algunos, allí en medio de la bárbara y humeante desolación, descubrieron que su sexo derramado con apuro sobre esas trepidantes caderas, los conducían hacia el amor. Ellas luego de ser penetradas y mojadas por el semen cobrizo, más de una vez se negaron al regreso, entregando a ese hombre con amorosa sumisión cada pliegue de sus cuerpos. Iluminaban así las noches con la fervorosa caricia de sus nalgas y caderas, perfumando el momento con insospechadas trampas eróticas.
Las mujeres también descubrían, en las ininteligibles palabras del salvaje, las confusas caricias del amor. Don Juan, sin saberlo sincronizaba sus pensamientos en la misma azarosa imaginación de don Pedro Ramírez y recordaba con tristeza la pérdida de hombres y bastimentos en la batalla de Cerro Encantado; todavía hería sus oídos el infernal estruendo de los pingollos y la gritería de la indiada. Desde el campamento de Guatungasta habían despachado una embajada de indios amigos hacia el Asampay para convocar, solos y sin custodia, al famoso curaca y su lugarteniente.
Era necesario parlamentar y concluir con la guerra. Don Pedro imaginaba las pretensiones de los coaligados y sacudía con energía la cabeza para ahuyentar los malos presentimientos. Se incorporó nerviosamente cuando vio las dos figuras humanas. El capitán Núñez hacía lo propio mientras una extraña palidez desencajaba su rostro curtido por los soles. Chelemín seguía desgranando palabras como si fueran vahos intermitentes y, a horcajadas de ellas podían percibirse sensaciones extremas.
-Mientras giraba mi cuerpo, el sol de la tarde que moría me cegó, pero alcancé a ver el fuego dorado del hacha de bronce y cobre de un Calsapi brutal y desconocido. Gerónimo, mi perro, que se encontraba a cierta distancia, corrió tratando de atrapar el brazo asesino, pero no pudo llegar a tiempo. No morí instantáneamente y, en medio del dolor y como último recuerdo, v a mi perro español desgarrando con saña la garganta traidora, de la que emanaba un grito recién nacido, muriendo una y otra vez entre sus dientes enrojecidos. Mi perro está aún conmigo, siempre a mi lado, en la intimidad de mi sombra que ya es espíritu y en mi corazón que es comprensión y cariño.
¡Cuéntales Mocople, que también hay un cielo intensamente azul para los perros fieles!.
Mientras esto decía a lo lejos sobrenadaba el murmullo de Gerónimo como si fuera un leve balbuceo. Luego del golpe sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor, mientras con el último aliento que dejaba el hacha dejada en mis espaldas, pude murmurar:
¿Porqué Calsapi?, al tiempo que mi lengua se enredaba tratando de gritar ¡Shiquimí! Que en idioma calchaquí quiere decir¡ hijo de puta! En ese preciso momento creí escuchar el ronco sollozo de quién creía mi hermano. Los vértigos que siguieron son por demás conocidos y acaso sea innecesario revelarlos: sólo quiero recordarte que mi cabeza fue expuesta en el Rollo de Justicia de la ciudad de Todos los Santos DE LA Nueva Rioja, y mi brazo derecho en la pica de la ciudad de Pomán:
Siento una tristeza inconmensurable cuando vuelvo a contemplar mis ojos vacíos y resecos, perdidos en la oscuridad de los martirios, mirando un horizonte de pájaros inmóviles, mientras mi brazo crispadote ausencias clamaba por el cuerpo incandescente de Yapo-Amba.
La intriga se gestó en el Asampay entre Diego Ocheta, cacique de una de las tribus sometidas, que los españoles mandaron en parlamento, y algunos descontentos encabezados por el infeliz Calsapi. Cuentan las historias que en el fondo de la quebrada que da al Asampay, en un pobre recinto de pircas sin techo, edificado a la sombra generosa de un algarrobo, vivían la india Malula y su madre la Cuma, quienes, al día siguiente, cuando regresaron a la choza, vieron pasar raudamente hacia su madriguera una puma y sus dos cachorros, con un trozo de Calsapi entre sus dientes cada cual.
Los siguieron con insistencia hasta perderlos de vista, y allí, sobre la línea inmaterial del horizonte, vieron deshilacharse la imagen completa de su cuerpo, mientras un grito ahogado se escurría entre los árboles en dirección de la casa habitada por los vientos. Mocople y Juana escuchaban atónitos esta historia con el corazón sobrecogido de emociones encontradas. Sabían que sus antepasados habían sido curacas importantes de la nación calchaquí, pero lo que ignoraban era la intimidad de estas historias.
La voz iniciaba su despedida y hablaba a través de la voz de Ataliva, con esos enigmáticos acentos que sólo da la lejanía: Mocople, quiero que sepas que ésta es la íntima realidad del Secreto del Asampay. Deseo que la divulgues y que comprendas que tu abuelo fue un valiente traicionado. Ramiro nada pudo hacer ante la superioridad de los blancos, pero, al no poder vencerlos, fue mejor plegarse a sus adelantos. Una fuerza sorda emanaba de la voz de Chelemín, cuando se escuchó un extraño ruido de inquietantes vibraciones. Un confuso cortejo de fantasmas indios se aproximaba con sus camisas de picote sobre las que caían sus melenas desgreñadas. Venían a acompañar a su jefe, quien, con la cabeza en alto, se encontraba sentado a la derecha de Ataliva.
Mocople percibía los movimientos, más no podía verlos. Entonces se sobresaltó al sentir a sus espaldas los gemidos de un perro que reclamaba atención. Pronto su gesto comenzó a suavizarse al imaginar la escena en que Chelemín, su abuelo estaría acariciando la nariz húmeda de Gerónimo. Nubes espesas y violáceas comenzaron a invadir la escena, y una sonora carcajada se abrió espacio entre los vapores:
-Molcople, así como Chelemín ha narrado su historia con la que concuerdo, quiero que sepas y lo cuentes: estamos en un Paraíso donde no existen el dolor, la rivalidad ni las pasiones; aquí todo es felicidad. Mientras esto decía, la nube se abrió, y permitió ver sólo por un segundo, entre un conjunto de indios y españoles a dos figuras legendarias que se abrazaban en medio de los espasmódicos ladridos de Gerónimo: Chelemín y Ramírez de Contreras.
Pasaron varios días hasta que los ánimos de Mocople recuperaron el sosiego y, cuando creyó llegado el momento oportuno, narró a don Manuel todos los sucesos sobre el Secreto del Asampay; sabia que lo escucharía con respeto. Empezó así a cumplir con el pedido de su abuelo Chelemín.