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Vinos y Lugares

Abran paso: con los paladares curiosos, las uvas criollas ganan lugar

Muchos consumidores, locales o extranjeros, salen en búsqueda de estas uvas criollas.

Torrontés Riojano
Crédito Vineyards, Argentina

Hay muchas cosas creadas en nuestro extenso suelo que nos dan orgullo a los argentinos. Y si bien cuando uno piensa en producción de vino, desde la nomenclatura hasta otros elementos nos hacen pensar en otra lengua o cultura, contamos con nuestras uvas criollas que son formadas en nuestro territorio. Las mismas logran, al provenir de este terreno y clima, un sabor y un estilo que es bien distinto e identificable, y vamos a repasar a continuación.

La referencia de “uvas criollas” sigue la misma raíz que la denominación “criollo” para referirnos a aquellas personas que nacían en nuestro suelo una vez independiente. Esto no quiere decir que sea completamente autóctono; por el contrario, son uvas que provienen de cruzamientos con otras europeas entre sí, o sus propias descendencias. Lo importante es que se forjan en este territorio.

La producción global de vino va en ascenso y ha logrado que podamos abrir el espectro, por lo que muchos consumidores, locales o extranjeros, salen en búsqueda de estas uvas criollas, a sabiendas de que encontrarán indefectiblemente algo novedoso y original.

Aunque parezca mentira, las uvas criollas ocupan un lugar importante en la producción vinera. Representan la cuarta parte de las uvas plantadas en el territorio nacional (totalizando 60 mil hectáreas), donde sin duda se destaca la cepa del Malbec. Pese a esto, las investigaciones y los descubrimientos van muy rezagados: recién en 2020 se hizo el primer encuentro de variedades patrimoniales sobre vinos a nivel regional, y allí se alcanzaron varias precisiones. Entre ellas, el dato de que contamos con unas 50 variedades criollas, y que predominan las que son potenciales bases de espumantes.

Lo cierto es que recién en 2011 el INTA inició los estudios del ADN de las uvas criollas, en torno a la figura del reconocido ingeniero del instituto, Jorge Prieto.

El Torrontés Riojano

La uva criolla más famosa es el Torrontés Riojano, que surge de la fusión de la Listán Prieto y la Moscatel de Alejandría. Esta uva tiene presencia como tal desde el Siglo XVIII, antes incluso de que acabara el Virreinato del Río de la Plata. Además de su historia, es la variedad con mayor calidad enológica, y se adapta bárbaro a todas las zonas. Por eso, es el Torrontés más cultivado en toda la región del Noroeste.

En cuanto a sus características, sobresalen sus uvas grandes y esféricas, con un color amarillo tirando a dorado cuanto más madura está (y por ende, se aleja del verde de la planta joven), y brindando un perfume muy característico, cercano al cítrico. Los aromas del Torrontés Riojano saben a naranja o duraznos, con tono seco y la dulzura que acerca la marca frutal.

Implica un maridaje perfecto con las empandas salteñas o el locro, dos comidas bien características de la región del Noroeste, y que se consumen muy calientes. También es usado para mariscos o sabores a pescado fuertes como los de Oriente.

En la zona del Valle de Hualfín, sobresale en particular un Torrontés Riojano que atrae por su frescura y nos transporta al probarlo, con sus notas cítricas y color amarillento, a los caminos de ríos y viñas que este paisaje argentino posee. Hablamos del Viña Centenaria Torrontés de la Bodega Mena Saravia, el cual fue distinguido a nivel internacional. Fue el crítico inglés Tim Atkin quien le otorgó 93 puntos y convirtió a esta bebida en una de las mejores hechas en Argentina de esta especialidad.

La Criolla Grande

Sin el renombre y tampoco el peso comercial del Torrontés Riojano, también podemos mencionar a la uva Criolla Grande. Esta cepa proviene del mismo entrecruzamiento, aunque su presencia es más distintiva en Cuyo. A diferencia del Torrontés, brinda un vino de color poco intenso y mala calidad, por lo que suele utilizarse cortada con otros en la elaboración final del vino, como los tintos de colores vivos.

A la hora de referirnos a los viñedos, prácticamente todos se encuentran en el sistema de conducción parral. Tiene una maduración media tirando a tardía, y su cosecha va disminuyendo en el país. No obstante, aún implica el 6% de las hectáreas totales del suelo local.

No hay dudas que el mundo de las uvas criollas está todavía por conocerse. Pero potenciado por los jóvenes y su atracción por innovar, así como los llamados wine geeks que no dejan elemento sin probar, es unánime la sensación de que seguirá creciendo. Por lo que habrá más capítulos por escribir.