SALTA – Por Matilde Serra – Que son tiempos donde la Biblia se halla junto al calefón, a eso ya nadie lo duda. Pero además las extravagancias y el mal gusto se muestren financiados por el Estado ya resulta una burla al ciudadano. Como lo que hacen el concejal capitalino Guillermo Kripper y su “compañero de andanzas” Víctor Lamberto, actual diputado provincial.
El salteño así puede observar que dos políticos, votados para legislar, uno en la Cámara de diputados y el otro en el Concejo Deliberante, unidos en un mismo esfuerzo hayan compuesto un producto televisivo donde la improvisación, el chiste barato y el diálogo chabacano se muestran sin pudor, recrea en cada entrega la muestra más acabada de una sociedad ya no líquida, como la describiría Bauman, sino en liquidación.
Es el caso del concejal, Guillermo Kripper y el diputado provincial, Víctor Lamberto, que juntos componen un magazine carente de todo contenido sustentable, solamente basado en el diálogo informal y en una suerte de «sketch», donde el tono supuestamente gracioso parece alcanzar sólo a los conductores que se ríen y festejan al modo de aquellos enanos que luego de sus lastimosos gags se aplaudían ellos mismos.
Si bien es cierto que cada quien puede hacer de su córnea un cantero y que se viven tiempos donde la población experimenta la tendencia a consumir engendros mediáticos como Gran Hermano, siendo que si el concejal Kripper y el diputado Lamberto, hallan gracioso contar, por ejemplo, como les pican algunas partes en la cama, o medir el largo de sus piernas con una bicicleta para ver si les alcanza, y pueden utilizar segundos que son muy caros en la televisión, es plausible que lo hagan; incluso para cierto sector del electorado hasta puede resultar educativo.
Pero que dos figuras de la política que cobran abultados ingresos se dediquen a poner en escena el «Elogio de la Locura» con dineros públicos, si este fuera un país serio, hasta podría ser objeto de una demanda por malversación de fondos.
Y estas expresiones mediáticas totalmente faltas de pudor cívico que nada le aportan a la democracia, terminan siendo parte de una burla al ciudadano ya que en lo que refiere a la tarea específica por la cual cobran las nada despreciables sumas de sus dietas ninguno de estos dos bufones ha demostrado nada que le ponga un manto de piedad estas puestas en escena televisivas.
Por el contrario, en el Concejo Deliberante de la Capital de Salta, a pesar de los graves problemas de infraestructura, de los desórdenes sociales que padecen a diario los salteños, no se conoce siquiera un solo proyecto que lleve la firma de Kripper para abonar una idea de cambio.
El caso del otrora periodista y ahora devenido en político, Lamberto, no sólo no se ha conocido ningún trabajo legislativo que haya merecido al menos algunos renglones de comentario favorable, sino por el contrario, cuando el año pasado la Cámara de Diputados aprobó aquel antidemocrático proyecto de ley que pretendía imponer una censura a los medios, este mismo Lamberto, aún preciándose de periodista levantó la mano para votar favorablemente. Tal vez, en ese momento no pensó -como parece no pensar ahora tampoco-, que un día dejaría de ser diputado y volvería a la profesión en cuyo caso se hallaría constreñido por una ley que él mismo votó perjudicando a sus colegas.
Para más escarnio, en aquellos días, Lamberto terminó reconociendo que había votado favorablemente porque «No había leído detenidamente el proyecto»; traducido sería, votò por votar nomás. A confesión de parte, relevo de pruebas.
El caso es que el supuesto aporte estatal a fomentar esta deslucida actuación de dos pretendidos políticos es otra muestra del dispendio oficialista que estaría prefiriendo sostener a dos entretenedores que parece, cumplirían con el cometido de promover el «pan y circo», o al menos el circo porque tampoco dan ni pan.