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Opinión

Las elecciones del 2025 ponen en jaque la gestión de Gustavo Sáenz

Lo que antes era un tablero de juego con diversas piezas bien definidas, hoy es un campo de escombros donde solo queda en pie, y apenas, el PJ.

Gustavo Sáenz

SALTA – (Por Matilde Serra) – La inercia política del gobierno provincial se parece a una nave al garete llevada por una corriente que se despeña en una catarata, lo paradójico es que todos los tripulantes saben, o al menos lo intuyen, de que están subidos a una nave fantasma pero como por ahora los mantiene a flote -en todo sentido-, siguen tranquilos, total mañana se verá. Pero Gustavo Sáenz no tiene tanto tiempo.

Así, en el panorama político de Salta, la incertidumbre es la nueva norma. Con el reloj electoral avanzando rápidamente hacia las elecciones legislativas del 2025, el escenario donde los partidos políticos, otrora actores fundamentales del juego democrático, han sido arrasados por la misma tormenta que los engendró, ahora nadie puede decir a ciencia cierta qué ocurrirá realmente. Algo bueno tiene, al fin de cuentas, el desgobierno de Salta; por primera vez el escenario próximo se torna incierto.

Porque lo que antes era un tablero de juego con diversas piezas bien definidas, hoy es un campo de escombros donde solo queda en pie, y apenas, el Partido Justicialista (PJ), aunque desorganizado, sin liderazgo y en una crisis de identidad tan profunda que hasta sus propios miembros dudan de su capacidad para dirigir los destinos de la provincia. Este escenario plantea preguntas fundamentales sobre el futuro de la política en Salta y la posibilidad real de gobernabilidad en un contexto donde el vacío de poder es tan evidente como preocupante.

El declive de los partidos tradicionales y la hegemonía del poder único

Le adjudican al gobernador, Sáenz, haber declarado a los íntimos que “Quiero pasar a la historia como el gobernador que más poder tuvo”, pobre afirmación para quien tal vez pase a la historia como el ejecutor final de un proceso gradual de erosión y desgaste de los partidos políticos; es decir, como el que ultimó a la democracia en Salta.

Esto será así porque durante los últimos cuatro años el “toma y daca” de hombres y mujeres de los distintos sectores políticos para incorporarse al gobierno o vivir del mismo, profundizó la fragmentación y la división de luchas internas, promovió nuevos escándalos de corrupción, y una desconexión creciente con la realidad social y económica de la provincia. Las bases partidarias, cansadas de promesas vacías y liderazgos débiles, han abandonado la estructura tradicional en busca de alternativas que, al menos por ahora, parecen inexistentes.

Pero el autismo de Gustavo Sáenz y su entorno es tal que no reconoce o no le llegan, o quizás, en el pináculo de la soberbia, tal vez ni siquiera le importe lo que las bases están reclamando que básicamente se resumen en tres cuestiones: piden la expulsión del PJ de los tres diputados nacionales que votaron a favor de la Ley Bases; la reorganización del Justicialismo y sobre todo que en las próximas elecciones se propongan caras nuevas, candidatos nuevos, sino “nos van a pasar por encima los libertarios” (sic).

Un PJ desorientado y a la deriva

Tradicionalmente, los gobernadores que decían venir del peronismo tenían en el Partido Justicialista la herramienta política más importante. El PJ servía para todo, desde buscar dirigentes, manejar dineros hasta organizar la pirámide política que terminaba en los municipios. Hoy, ese mismo PJ es incapaz de presentarse como una opción coherente. Los pocos líderes que permanecen activos están divididos, más interesados en preservar sus propios feudos que en reconstruir un proyecto político viable para Salta. La ausencia de una figura aglutinante que inspire confianza y ofrezca un camino a seguir ha dejado al partido en un estado de parálisis preocupante.

Dos acciones iniciadas por el PJ de Salta para tratar de reconfigurarse vienen resultando en fracaso; primero fue la cruzada iniciada por su presidente, Esteban “Tuty” Amat, tratando de reagrupar los cuadros en los municipios. No funcionó, a poco de andar, dejaron de salir al interior y nada más se supo. El otro intento fue crear una Escuela de formación cultural y política, cuyo poder de convocatoria ha sido paupérrimo. Podría decirse que el peronismo ya no entusiasma a nadie más.

El horno no está para bollos

Todas estas circunstancias desembocan en una incertidumbre respecto del futuro y además en un vacío ideológico que se traduce en un electorado desorientado y frustrado. La falta de un proyecto claro para el futuro de la provincia podría llevar a una elección donde el voto castigo y la abstención sean los verdaderos protagonistas, como ya vino ocurriendo. En este contexto, cualquier liderazgo emergente enfrentará un reto monumental: no solo reconstruir un partido, sino también restaurar la fe en un sistema político que parece haber perdido su capacidad de ofrecer respuestas.

¿El ocaso de la política tradicional?

Salta se enfrenta a un momento crucial donde lo que está en juego no es solo una elección, sino el futuro de su modelo político. El agotamiento de los partidos tradicionales y la desorganización del PJ abren la puerta a un escenario incierto donde nuevas fuerzas podrían surgir, aunque el tiempo apremia. Sin embargo, sin una estructura organizada que los respalde, estos nuevos actores podrían enfrentar el mismo destino que sus predecesores: el fracaso.

En definitiva, la elección que se avecina en Salta no es solo una competencia por el poder, sino una prueba de resistencia para un sistema político que necesita urgentemente una renovación. Si el PJ no logra reorganizarse y si no surge un nuevo liderazgo capaz de articular un proyecto sólido, la política salteña podría entrar en un período de estancamiento peligroso, donde la gobernabilidad y la estabilidad estén en juego. El reloj sigue avanzando, y con él, la incertidumbre de un futuro que, hoy por hoy, parece más incierto que  nunca.

Pareciera que en este panorama, Sáenz, lee el “Diario de Yrigoyen” o las encuestas que le acercan no son lo suficientemente convincentes para que asuma que la sociedad clama por un cambio urgente, una renovación real en los actores políticos; sin embargo, el gobernador sigue apostando por un esquema que ya ha demostrado su agotamiento. Esta falta de conexión con la realidad podría costarle caro, no solo a él, sino a la provincia en su conjunto.

Emilia Orozco, un avance despacio pero firme

En medio de esta crisis, Emilia Orozco, de La Libertad Avanza, emerge como una candidata con serias posibilidades de ganar una banca en el Senado provincial el año próximo. Orozco no cuenta con un contenido político sólido ni con ideas sustentables, pero maneja con destreza las redes sociales y las oportunidades, un combo que, en tiempos de comunicación instantánea y superficialidad, parece ser suficiente para conquistar voluntades. A pesar de no tener un proyecto claro, ni siquiera la sombra de haber acompañado la idea de un proyecto para liberar a los genocidas de la dictadura ha minado su popularidad.

Este fenómeno refleja una crisis más profunda donde al parecer el electorado estaría más dispuesto a votar por una imagen que por un proyecto, una tendencia que puede ser muy peligrosa para el futuro político de Salta. La falta de propuestas concretas y de un liderazgo auténtico abre la puerta a una política de espectáculo y marketing, donde el contenido es secundario y las apariencias lo son todo.

En medio de todo este desorden, no es extraño hallar fenómenos como el de Emilia Orozco, a la que fuera de su marketing en las redes sociales, la improvisación, la falta de propuestas, y el cansancio de la ciudadanía hacia los mismos actores políticos podrían llevar a resultados inesperados, pero no necesariamente positivos. Sin un proyecto claro, un liderazgo fuerte, y un verdadero compromiso con el cambio, la provincia corre el riesgo de caer en un ciclo de estancamiento y retroceso. O quizás sería más acertado decir, profundizar el deterioro general.

El desafío para quienes aún creen en la política como herramienta de transformación es inmenso, porque ahora no sólo se trata de reconstruir un sistema político roto, recuperar la confianza del electorado y ofrecer soluciones reales será clave para evitar que Salta se convierta en un escenario más de la decadencia política que afecta a gran parte del país.

Salta votó a Milei, pero la verdadera derrota fue de Gustavo Sáenz

Luego de las últimas elecciones, Salta, se ha convertido en un distrito impredecible en el mapa electoral desde que resultó una sorpresa al convertirse en uno de los territorios donde Javier Milei cosechó más votos. Sin embargo, el verdadero análisis no está en la victoria de Milei, sino en la derrota de Gustavo Sáenz y su entorno, quienes subestimaron la creciente frustración y el cansancio de la gente.

Es un error simplista pensar que Milei ganó porque sus propuestas radicales resonaron fuertemente entre los salteños. Lo que realmente sucedió es que Sáenz, con su estrategia política anclada en las mismas caras de siempre y su enfoque en mantener buenas relaciones con el gobierno nacional, perdió el apoyo de una ciudadanía harta de promesas incumplidas y de la falta de un cambio real.

Aquel resultado patentizó la desconexión de Sáenz y su entorno, quien a pesar de las buenas relaciones que ha construido con el gobierno nacional, pareciera ser que ni él ni su entorno han entendido que estas alianzas no se traducen automáticamente en votos. En su intento de mantener la estabilidad política a través de acuerdos en Buenos Aires, Sáenz perdió de vista un elemento crucial: la voz de su propio pueblo. La gente en Salta no quiere más de lo mismo. Están cansados de la falta de renovación, de las mismas figuras recicladas en diferentes cargos, y de una política que parece estar más preocupada por preservar el poder que por resolver los problemas reales de la provincia.

Más un voto de castigo que un apoyo a Milei

Ahora bien, el voto tan contundente a Javier Milei en Salta no debe interpretarse ,como un respaldo a sus ideas libertarias, sino que más bien, es un voto de castigo contra el statu quo, contra un sistema que, a los ojos de muchos salteños, ha fracasado en traer el progreso y la seguridad que prometió. Sáenz, en su afán por mantener las cosas tal como están, se convirtió en el símbolo de ese statu quo, y los electores, hartos de lo mismo, decidieron apostar por una opción disruptiva como la de Milei.

La realidad exige una cosa y el gobernador Gustavo Sáenz y su equipo se empeñan en jugar con fuego. La política de buenas relaciones con la administración nacional puede haberle garantizado estabilidad en el corto plazo, pero continúa dejando a los salteños con la sensación de que se priorizan los intereses de unos pocos sobre las necesidades de la mayoría. Esta desconexión es peligrosa, porque la gente en Salta ya ha demostrado que está dispuesta a hacer tronar el escarmiento si siente que no es escuchada.

La próxima vez, ese escarmiento podría no ser tan solo un voto de castigo, sino un cambio drástico en el poder que podría poner fin a la carrera política de Sáenz y muchos de los que lo rodean.