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Opinión

Concejo Deliberante de Salta: De pilar democrático de la Ciudad a zona de riesgo de su desmoronamiento

En Salta, por el contrario, nadie tiene conciencia del valor de un Concejo Deliberante ni mucho menos de lo que significa un concejal.

SALTA – Por Matilde Serra – En las sociedades más avanzadas, donde las Instituciones republicanas gozan del respeto de la ciudadanía, el Concejo Deliberante o sus similares, según como las llamen, se tiene por la organización cívico-política más importante. Simplemente, porque es la primera de la pirámide constitucional y la más cercana al vecino.

Por supuesto, que en ese contexto, los tribunos que se eligen son los elementos más representativos y capacitados de la sociedad, porque se comprende que en ese recinto se discutirán las leyes que constituyen la base de la pirámide jurídica. Allí es donde, por ejemplo, se planifica la ciudad para los años siguientes. Se ordena el tránsito y la vida en comunidad. De manera que no pueden existir improvisados sentados en esos sillones.

En Salta, por el contrario, nadie tiene conciencia del valor de un Concejo Deliberante ni mucho menos de lo que significa un concejal. A la hora de colocar nombres en una lista, siempre los puestos de concejales se rellenan con aquellos con quienes hay que cumplir algún compromiso político, o bien, existe algún asunto de proximidad parental, afectiva o erótica.

Más todavía, en una sociedad avanzada, se tiene en cuenta quién será el o la que dirija a ese Cuerpo, ya que la presidencia es un asunto de importancia política y social relevante. En Salta, ese lugar lo ocupa un recomendado que permanece allí sólo por la vinculación familiar con el gobernador. En efecto, bastará nada más expulgar los últimos años de permanencia de Héctor Darío Madile, al frente del Concejo Deliberante, para comprobar que carece de todo trabajo político. No supo construir ni poder ni mucho menos liderazgo social desde esa banca. Lo demuestran los números de las sucesivas elecciones que lo fueron poniendo cada vez más abajo hasta ingresar arañando el fondo en las últimas elecciones. Que luego fuera presidente, es un asunto de arreglo político. Obviamente.

Un Concejo Deliberante lleno de desconocidos

Esa falta de liderazgo ha llevado a que el recinto de sesiones del Concejo Deliberante de Salta se haya convertido en un reñidero donde dos o tres, tal vez cuatro, concejales, dirimen sus asuntos políticos y personales, mientras que a la mayoría nadie los conoce.

Aquellos asuntos que trascienden a la comunidad porque lo toman las cámaras y se reparten en las redes sociales, prácticamente nunca tienen que ver con planteos atinentes a las necesidades de los vecinos. Dirimen públicamente internas, se difaman entre ellos y hasta han llegado al tope de la amenaza. El material humano puede ser políticamente escaso, como se ve, pero todo ese desparpajo y esa exposición de inutilidad es permitida por el presidente del Cuerpo.

Mientras esto ocurre, la Ciudad de Salta no detiene su crecimiento caótico, desordenado. No se ha escuchado a ningún concejal, por ejemplo, abordar la cuestión de una planificación urbana pensada a diez o veinte años más adelante. Con una Salta que hacia sur está a metros del municipio de Cerrillos. Por el norte, se cae al Río Vaqueros, hacia el este, los cerros han sido colonizados más allá de lo permitido por la cota correspondiente y hacia el oeste ocurre otro tanto. A sumar gravedad viene el hecho de la migración permanente desde el interior que termina concentrada en los asentamientos periféricos, con su correlato de falta de infraestructura de todo tipo, engrosando la masa de marginados. Nunca se escuchó en el Concejo Deliberante, hablar de estos temas.

A la superpoblación hay que agregar el desenfreno impositivo de un Ejecutivo municipal que utiliza a los concejales como escribanos de sus necesidades dinerarias. Claro está, que esos favores de levantar la mano para los impuestazos no son gratuitos; el Concejo Deliberante de Salta se lleva el 6,11% del presupuesto municipal, más de la mitad del promedio anual nacional.

Un grupo de incapaces que ha desnaturalizado la función del Concejo Deliberante

En los estudios sobre política y ciudadanía, se tiene al concejal como el funcionario más importante. Esto que puede sonar extraño, no lo es. El concejal es el primer funcionario con quien se encuentra y a quien acude el vecino. Una demanda social, vecinal, jamás podría ser llevada ante la Legislatura o el Ejecutivo; es el concejal quien atiende y resuelve la cuestión que aflige al ciudadano.

Entre esas funciones de máxima importancia se encuentra la de fiscalizar al Ejecutivo municipal y no la de ser cómplice de los arrebatos impositivos. En esa fiscalización se encuentra la representación de los intereses de los ciudadanos. De allí que la función de los concejales sea vital en el desarrollo urbano, la regulación del uso del suelo, la administración de los servicios públicos y la definición de políticas que afectan directamente la calidad de vida de los habitantes. Tampoco nada de esto se escucha en el Recinto de la Avenida Líbano de Salta.

Así también, la teoría política indica que el éxito del Concejo Deliberante en el cumplimiento de sus funciones depende en gran medida de la capacidad de liderazgo de su presidente, que no ejerce un cargo meramente administrativo, sino que estar allí, exige visión política, capacidad de mediación y un profundo conocimiento del funcionamiento legislativo municipal. El presidente debe garantizar el respeto a la institucionalidad, fomentar el diálogo y articular consensos que permitan avanzar en las decisiones claves para la ciudad. Todas cuestiones que el vecino salteño observa que no suceden. El Concejo Deliberante es un caos y un desbande donde prima la anarquía más absoluta entre los ediles.

Arruinaron todo

A lo caro que le resultan los concejales al vecino, hay que agregarle el costo político de mantener a un espacio inoperante, que carece de rumbo legislativo. Sin agenda clara ni planificación adecuada, el Recinto se ha convertido en poco menos que un bar donde se toma café mientras se tratan temas menores o se actúa de manera reactivo sin propuestas de fondo.

En Salta, el Concejo Deliberante, ha desnaturalizado su función que sería la promover la deliberación constructiva sobre cuestiones de fondo. Un ejemplo reciente ilustrará esta situación; otra vez la ciudad ha quedado bajo las aguas con una tormenta de apenas un par de horas o menos. Ese escenario tan repetido, no ha merecido ningún trabajó de pensamiento, mucho menos de investigación o de aporte de soluciones. Y qué decir de otros temas que afligen a los distintos barrios. La ciudadanía no tiene ninguna resultado efectivo.

El resultado es la desconexión del primer Poder del Estado con el ciudadano, contradiciendo lo que naturalmente debería ser al revés. Un Concejo sin liderazgo pierde su función representativa, dejando de lado las preocupaciones reales de los ciudadanos y alejándose de su rol de mediador entre la sociedad y el gobierno local.

Incompetentes

Tal vez, alguna vez se comprenda que el Concejo Deliberante es una pieza fundamental en la estructura política municipal, y que su correcto funcionamiento depende del liderazgo de su presidencia. En una democracia local saludable, la conducción del Concejo no puede recaer en la incompetencia, la apatía o la falta de visión, pues de ello depende que la ciudad tenga una gestión eficiente, equitativa y orientada al bienestar de sus habitantes.

Porque de esta manera, el gasto de $10.447.494.261, que insume un Concejo de derrocha en arreglos políticos, contratos, publicidad y gastos totalmente innecesarios, además de pozo de contención de favores políticos con una planta de 750 empleados, se convierte en otro peso fiscal que necesariamente sufraga el contribuyente.

Resulta ocioso enumerar las falencias que sufre el salteño capitalino mientras observa a concejales que viven con estatus de empresarios. Una sensación de estafa recorre ineludiblemente el ánimo del vecino, que tal vez, recuerde aquel viejo popular que decía: “El circo tiene una carpa grande, pero que caro que sale ver a los payasos”.