SALTA – Por Pablo Kosiner – En primer lugar, se conoció que el presidente Milei ordenó despedir a Sonia Cavallo (hija del ex ministro de Economía Domingo Cavallo) de su cargo de Embajadora ante la OEA. Horas después sucedía lo mismo con el actual titular de ANSES Mariano de los Heros, de menos de un año en su cargo.
En el caso de Sonia Cavallo, la ex embajadora pagó el costo de las criticas de su padre a la actual situación cambiaria y sobre la fragilidad del plan económico a estas alturas, lo que le costó pasar de ser considerado como el mejor ministro de economía de la historia argentina a un “impresentable” en las consideraciones de Milei.
El titular de ANSES también fue guillotinado por el gobierno vía Karina Milei al decir del mismo presidente, por haberse inmiscuido en una “agenda política” que solo es resorte de la secretaria general y del propio Milei.
Ahora bien, en este punto quiero detenerme para analizar la gran volatilidad del equipo de gestión del gobierno nacional, basándome en un interesantísimo estudio realizado por el politólogo Pablo Salinas, quién en sus redes sociales viene publicando la evolución de los despidos y apartamientos que permanentemente viene realizando el gobierno de Milei entre sus funcionarios de primera línea, desde el día que asumió hasta la actualidad. Esta movilidad no registra, a mi entender, antecedentes de tanta fragilidad en los diferentes gobiernos de la democracia moderna en Argentina.
En este seguimiento, el cual pueden encontrar en @SalinasPabloJ (“X”), se detalla que en a poco más de un año de gestión (428 días), Javier Milei ha relevado ya a 119 funcionarios de primer nivel, lo que representa dos (2) funcionarios por semana o bien uno (1) cada 3,6 días de gestión.
Las cinco (5) áreas con más cambios son hasta el momento: Economía con el 31%, Capital Humano con un 22%, Jefatura de Gabinete con el 12%, salud con el 7% y Presidencia con el 6%.
Aclaramos que en este estudio no se hace referencia a los despidos en el marco del plan de ajuste, sino en los cambios efectuados dentro de las estructuras políticas del gobierno, de funcionarios designados por el mismo presidente y luego desplazados.
A lo largo de la historia argentina, el cambio de gobierno ha significado una reconfiguración de las estructuras del poder, con modificaciones en las cabezas de las áreas más relevantes del Estado. Sin embargo, lo que diferencia a la administración de Milei de las anteriores es la velocidad, la magnitud y la conflictividad de los cambios durante la misma gestión. En un año, más de cien funcionarios clave han sido apartados de sus cargos, una cifra considerablemente alta que genera inquietud, no solo en términos de la estabilidad del gobierno, sino también en cuanto a la definición de estrategias y continuidad de las políticas públicas.
Las primeras consecuencias a tener en cuenta en este estilo es la desorganización, falta de definición y volatilidad en las políticas públicas. Los funcionarios despedidos son responsables de llevar adelante áreas estratégicas y la rotación abrupta y permanente de esto genera un vacío de poder que dificulta la implementación y seguimiento de proyectos a mediano y largo plazo. Algo que no caracteriza precisamente a este gobierno.
El recambio constante de funcionarios puede resultar en un desajuste administrativo que afecte la calidad de las decisiones gubernamentales y, por ende, la vida cotidiana de los ciudadanos. Al despedir funcionarios de jerarquía permanentemente, se corre el riesgo de vaciar de contenido las políticas de gestión, dejándolas a medio camino, y perdiendo las lecciones aprendidas durante la implementación inicial.
Si bien es comprensible la necesidad de ir ajustando el plantel de los equipos de gobierno a las necesidades estratégicas de gestión, la estadística de 119 cambios en un poco más de un año, claramente está comprometiendo la capacidad del gobierno para ofrecer servicios de calidad. La eficiencia del Estado no se mide solo en términos de costos, sino en la capacidad de ofrecer soluciones efectivas a los problemas sociales y económicos de la población. Más en un gobierno que aparenta estar más preocupado en la “agenda ideológica global” que en la gestión de los temas concretos de las problemáticas de los municipios, provincias y del mismo Estado nacional.
Claramente la presidencia de Milei no se puede definir como una administración de de un equipo sólido en gestión de gobierno, con experiencia, y con la capacidad de gestionar los desafíos complejos que enfrenta el país. La reducción del Estado no debe implicar su desmantelamiento, sino una mejora en su funcionamiento, sin poner en riesgo los derechos y necesidades de la población.
A todo esto debemos agregarle que un reciente reportaje, el presidente admitió que solo se dedica a lo “nacional” y a la “batalla cultural” porque los temas de provincias no serían de su competencia al ser materia de federalismo. Esto demuestra un nivel de ignorancia que asusta. El mismo presidente debería ser quien articule con los gobernadores la agenda de un desarrollo verdaderamente federal con acciones que se complementen y una presencia en el territorio que Milei carece hasta este momento de su gestión.
