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Opinión

De la Vialidad Nacional que construía a otra que destruye: la remoción del homenaje a Osvaldo Bayer

Osvaldo Bayer no fue un militante cualquiera ni un escritor marginal.

Osvaldo Bayer

SALTA (Pablo Kosiner).- La remoción y destrucción por parte de Vialidad Nacional de una obra artística que rendía homenaje al escritor e historiador Osvaldo Bayer en la ruta de ingreso a Río Gallegos no es apenas un hecho aislado ni menor. Es, en cambio, un gesto profundamente simbólico que desnuda el clima de intolerancia y violencia cultural que promueve el gobierno nacional encabezado por Javier Milei, a tan sólo 24 horas de recordado el “Día por la Memoria, la Verdad y la Justicia.”

Osvaldo Bayer no fue un militante cualquiera ni un escritor marginal. Fue, sobre todo, un pensador comprometido con la verdad histórica, con la memoria de los pueblos y con los derechos humanos. Su obra más emblemática, La Patagonia Rebelde, basada en su investigación sobre las huelgas obreras rurales reprimidas con sangre en Santa Cruz en la década de 1920, no solo incomodó a los poderosos de su tiempo, sino que se convirtió en un faro ético para generaciones. Esa película, basada en su libro Los vengadores de la Patagonia trágica, llevó al cine una historia silenciada, mostrando que la lucha por la justicia y la dignidad siempre tiene costo, pero también valor.

Pero Osvaldo Bayer fue mucho más que ese libro crucial. Fue autor de ensayos históricos fundamentales como Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, donde rescató la historia del anarquismo argentino desde una mirada humanista y comprometida. Fue también un ferviente defensor de los pueblos originarios, como lo demuestra su libro En camino al paraíso, y un incansable crítico del racismo estructural en Argentina. Su voz fue una de las más claras contra la represión estatal, el autoritarismo, la impunidad de los crímenes de Estado y la injusticia social.

La historia de Osvaldo Bayer

Bayer vivió exiliado durante la dictadura militar por denunciar con valentía los crímenes del poder. Nunca calló, nunca negoció sus convicciones. Desde su casa en Belgrano —que él llamaba «la casa de la utopía»— impulsó espacios de debate, reflexión y resistencia cultural. Fue, además, periodista en Página/12 y otros medios, donde escribió columnas inolvidables que combinaban ternura, rigor histórico y compromiso político.

Que el Estado nacional, a través de un organismo como Vialidad Nacional, haya decidido eliminar un reconocimiento público a Bayer, habla de una profunda distorsión del rol de las instituciones. Vialidad Nacional fue concebida históricamente con la misión de planificar, construir y mantener caminos y rutas que favorecieran el desarrollo productivo, la integración territorial y el bienestar general. Su razón de ser fue —y debe seguir siendo— la de unir a los argentinos, promover el progreso de las regiones más postergadas y tender puentes donde antes había aislamiento. No fue creada para ser una herramienta de la censura, ni para borrar la memoria, ni para destruir expresiones culturales.

Lo que ocurrió en Río Gallegos representa una degradación institucional alarmante. Un organismo técnico y federal, que debería ser ejemplo de trabajo al servicio del desarrollo nacional, se ve hoy utilizado como instrumento de persecución ideológica y simbólica. No es un detalle menor: cuando los organismos del Estado, creados para construir, se transforman en brazos ejecutores de políticas de hostigamiento, estamos ante una deriva autoritaria.

La obra retirada constituía un recordatorio de un hombre que dedicó su vida a rescatar las voces silenciadas de la historia argentina. Lo que molesta, entonces, no es el objeto físico. Lo que incomoda es lo que representa: el pensamiento crítico, la memoria activa, la rebeldía ante la injusticia.

Esta acción no puede entenderse fuera del contexto de un gobierno que ha hecho de la provocación, la censura y la deshumanización del otro una marca de identidad. Un gobierno que desprecia el conocimiento, que insulta a científicos, artistas y docentes, que recorta presupuestos educativos y culturales, y que ve en la historia una carga a enterrar, no un legado a entender. No se trata solo de cortar cintas, se trata también –y sobre todo– de cortar voces.

El fin de Osvaldo Bayer

La destrucción del homenaje a Bayer es una metáfora elocuente del tiempo que vivimos. Una metáfora en la que el Estado no construye puentes, sino que levanta muros; no abre caminos, sino que los clausura; no homenajea a quienes lucharon por una Argentina más justa, sino que la borra de la memoria colectiva.

Pero no nos engañemos: ningún poder puede arrancar de raíz lo que ya germinó en la conciencia popular. Osvaldo Bayer, como todo pensador vive en sus libros, en sus ideas, en sus denuncias, en cada joven que se pregunta por qué hubo peones fusilados por pedir un plato de comida caliente. Y también, ahora, en cada argentino que ve en ese acto de destrucción no una señal de fuerza, sino una alarmante muestra de debilidad y miedo frente al pensamiento libre.