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Salta

El norte sigue bajo el agua mientras Gustavo Sáenz y la política salteña mira solo a las urnas

Es difícil imaginar un escenario más crudo para ejemplificar el divorcio entre la política y la gente.

Gustavo Sáenz

«Uno puede encontrar tantos dolores cuando la lluvia está cayendo», John Steinbeck.

SALTA (Diego Nofal).- Mientras el agua avanza implacable en el norte de Salta, arrasando con hogares, recuerdos y esperanzas, la clase política provincial parece haberse sumergido en otra clase de corriente: la de la campaña electoral. El 11 de mayo se celebrarán las elecciones legislativas, y aunque el calendario marca una fecha inamovible para los candidatos, especialmente para los candidatos de Gustavo Sáenz, el Río Pilcomayo no entiende de plazos ni de discursos.

En el departamento Rivadavia, cientos de familias aún no pueden regresar a sus casas; las que lo lograron se encontraron con el lodo, la pérdida y el abandono. Santa Victoria Este está a horas de quedar bajo el agua, y Santa María podría ser la próxima. Sin embargo, ni el gobernador Gustavo Sáenz ni los legisladores opositores han suspendido la carrera por los votos para ocuparse de la emergencia. 

Es difícil imaginar un escenario más crudo para ejemplificar el divorcio entre la política y la gente. Mientras los pobladores de Rivadavia claman por asistencia, el gobierno provincial les responde con una promesa burocrática: esperen a la próxima reunión de la Comisión del Pilcomayo. ¿De qué sirve un «plan de acción» delineado a destiempo para quienes hoy ven el agua a 50 metros de sus puertas? La impotencia de estas comunidades no es solo frente a la naturaleza, sino frente a un sistema que los abandona cuando más lo necesitan. 

El gobernador Gustavo Sáenz, en lugar de coordinar operativos de evacuación o reforzar defensas, recorre el norte en actos proselitistas. Sus funcionarios, lejos de las zonas críticas, reparten folletos en lugar de ayuda. La oposición, por su parte, tampoco está a la altura: sus diputados podrían exigir la postergación de las elecciones o movilizar recursos, pero prefieren sumarse al circo electoral. El mensaje es claro: en Salta, las urnas importan más que las vidas. 

La desesperación que alimenta el descreimiento en Gustavo Sáenz

No es casual que las encuestas ubiquen al gobierno de Sáenz entre los peores evaluados del país, ni que la ciudadanía salteña mire con escepticismo a toda su clase política. Cuando los representantes fallan en lo más básico, proteger a su gente, ¿qué queda para creer? Las inundaciones no son novedad en Salta; son un drama recurrente que exige prevención y respuesta inmediata. Pero en esta provincia, como en tantas otras, la gestión de riesgos siempre llega tarde, y las excusas, temprano. 

Lo que ocurre en Rivadavia y Santa Victoria Este no es solo una tragedia ambiental; es un síntoma de decadencia institucional. Las elecciones podrían haberse postergado, los recursos podrían haberse destinado a salvar hogares en lugar de financiar campañas, los funcionarios podrían haber estado en el terreno en lugar de en los mitines. Pero nada de eso ocurrió. Y así, mientras los candidatos miden fuerzas en las redes sociales, el agua sigue subiendo. 

Steinbeck, cuya cita es inicio a esta columna, escribió sobre el dolor en tiempos de lluvia, pero también sobre la indiferencia de los poderosos. En Salta, esa indiferencia tiene nombre: se llama oportunismo electoral. Las víctimas de esta inundación no solo perderán sus pertenencias; perderán, una vez más, la fe en que sus gobernantes trabajan para ellos. 

El 11 de mayo, muchos votarán con rabia. Otros, directamente no lo harán. Y aunque las urnas decidan quiénes ocuparán los escaños, hay una derrota que ya está cantada: la de una política que, ante la emergencia, prefirió mirar hacia otro lado. 

Mientras tanto, el Pilcomayo sigue creciendo. Y con él, la bronca y las facturas futuras que la historia le pasará a esta generación de dirigentes.