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Salta

El síndrome del pato rengo y Gustavo Sáenz: una derrota que confirma el ocaso político

Las elecciones legislativas del domingo dejaron en evidencia que Gustavo Sáenz atraviesa el síndrome del pato rengo: pérdida de poder, desconexión con su equipo y un creciente aislamiento político.

Gustavo Sáenz

SALTA (Diego Nofal).- El pasado domingo se celebraron las elecciones legislativas en la provincia de Salta, una instancia clave para renovar el 50% de las bancas de la Legislatura provincial y de los Concejos Deliberantes de numerosos municipios. Más allá de los números y los nombres que ocuparán nuevas bancas, el dato político más contundente que dejaron las urnas fue la consolidación del síndrome del pato rengo en la figura de Gustavo Sáenz, el actual gobernador.

Se trata de un concepto originado en la política estadounidense, lame duck, en inglés, que define a aquellos mandatarios que, cerca del final de su mandato, comienzan a experimentar una pérdida acelerada de poder real. Sus ministros ya no le responden con convicción, los estrategas dejan de considerar valiosa su figura y empiezan a planificar un nuevo ciclo político. Lo que alguna vez fue una maquinaria electoral y mediática bien aceitada, comienza a desarmarse ante la falta de liderazgo y rumbo.

Eso es, precisamente, lo que se está evidenciando con claridad en la provincia: Gustavo Sáenz está atravesando de lleno el síndrome del pato rengo. Y esta elección lo confirmó sin lugar a dudas. A pesar de contar con las ventajas propias del oficialismo el control del aparato estatal, el acompañamiento de la mayoría de los medios y recursos financieros considerables, no logró imponer su fuerza en los distritos más importantes, particularmente en la Capital salteña, donde la derrota fue clara y rotunda.

El ocaso de Gustavo Sáenz

Perder en Capital, donde se concentra la mayor parte del electorado y del poder simbólico de la provincia, tiene implicancias profundas. No sólo debilita su capacidad de maniobra en el corto plazo, sino que dinamita las posibilidades de proyección o influencia de cara al próximo ciclo político. Si alguna esperanza tenía de perfilar un sucesor competitivo o mantener un pie firme en la política provincial post-gobierno, esta elección la ha diluido.

Desde hace varios meses, dentro del microclima político salteño se hablaba en voz baja sobre el desgaste del gobernador. Algunos lo atribuían al agotamiento natural de la gestión, otros a errores de cálculo en su estrategia política, pero todos coincidían en que la figura de Gustavo Sáenz ya no generaba el respeto —ni el temor— que supo despertar en sus años de mayor centralidad. Ahora, con los resultados sobre la mesa, esa percepción se ha transformado en certeza: Sáenz es hoy un gobernador debilitado, sin poder real, sin tropa leal y sin narrativa que sostenga su liderazgo.

Los efectos del síndrome del pato rengo ya se hacen sentir en todos los niveles del gobierno. Funcionarios que se muestran más preocupados por su futuro personal que por la gestión. Aliados que comienzan a mirar hacia otros liderazgos emergentes. Un gabinete que pierde cohesión, y una provincia que, lejos de debatir proyectos de futuro, se enreda en disputas internas y cálculos electorales para 2027.

Cerca del final

En este contexto, la gran pregunta es si Sáenz logrará al menos conservar un rol ordenado en la transición política que se avecina o si terminará de diluirse en un proceso que, a juzgar por lo sucedido el domingo, ya no controla. Lo que queda claro es que su ciclo político ha entrado en una etapa terminal, y que su lugar en la historia reciente de Salta será analizado, quizás, como el de un dirigente que tuvo poder, pero no supo cómo sostenerlo ni cómo despedirse de él.

El domingo no fue sólo una jornada electoral: fue el acta de defunción política de un liderazgo que ya no lidera. El síndrome del pato rengo ya no es una hipótesis. Es, en el caso de Gustavo Sáenz, un diagnóstico confirmado.