SALTA.- (Diego Nofal) Dicen que en la política no hay lealtades eternas, solo alianzas momentáneas con fecha de vencimiento. Y en Salta, el domingo pasado, se rompió el envase y se desparramó la poca coherencia que quedaba en el frágil experimento político de Gustavo Sáenz.
Mientras los salteños hacían fila para cumplir con su deber cívico y, de paso, castigar a más de uno con el voto, el gobernador miraba los resultados con el entusiasmo de quien espera una pizza y recibe una ensalada. En la ciudad capital, ese termómetro que nunca miente (salvo cuando lo agita el calor del poder), La Libertad Avanza arrasó como si repartiera billetes en vez de boletas.
Sí, el partido del presidente Javier Milei —ese rockstar libertario con motosierra en mano y Twitter como campo de batalla— dejó en claro que en Salta también hay sed de cambios, o al menos de discursos incendiarios que prometen dinamitar todo sin decir cómo se va a construir lo nuevo.
Sáenz, que durante 18 meses fue casi un fan club del presidente, enviando a sus legisladores nacionales a aplaudir medidas tan polémicas como inentendibles, creyó que con eso bastaba. ¿Qué podía salir mal? Se alineó con el Mileismo pensando que así pescaría votos entre los ríos revueltos del descontento. Pero lo único que pescó fue una red vacía… y mojada.
El cálculo fue tan optimista como ingenuo. En su intento por parecer más libertario que el propio Javier Milei, terminó espantando a ese voto progresista, filo K y de izquierda moderada que lo había acompañado en su primer mandato. Esos votantes, que alguna vez creyeron que Sáenz era el mal menor, ahora lo ven como el mal sin disimulo.
Y entonces, como buen actor de comedia improvisada, desde el domingo el gobernador y su troupe de ministros empezaron a ensayar un nuevo guión. Discursos con tono más social, guiños progresistas, promesas de “escuchar al pueblo”… todo en clave de “no se vayan todavía, aún podemos cambiar”.
El problema es que octubre está a la vuelta de la esquina, y ahí se juega mucho más: senadores y diputados nacionales. Y Salta, que no es precisamente un feudo cerrado, no tiene hoy en el oficialismo provincial figuras con peso real para dar pelea. Sáenz necesita reinventarse, no solo para frenar la embestida libertaria, sino también para que su proyecto político no termine siendo una anécdota con olor a archivo.
Así que sí, Gustavo Sáenz ha salido a la caza del “octubre rojo”. Aunque, más que caza, esto parece una búsqueda desesperada con linterna de pilas gastadas. Quiere recuperar a los votantes desencantados, atraer a los nuevos, convencer a los propios y maquillar las heridas. Todo eso en apenas unos meses.
¿Lo logrará? Difícil decirlo. Pero si algo nos enseñó esta elección es que los salteños ya no compran humo tan fácilmente. Y en este escenario de cambio permanente, quizás lo único que le queda a Sáenz es afilar el discurso, cruzar los dedos… y rezar para que el rojo de octubre no sea el de su boleta final.