SALTA (Pablo Kosiner).- Las elecciones celebradas este domingo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dejaron un resultado que merece más reflexión que celebración. La Libertad Avanza, con Manuel Adorni a la cabeza, fue la fuerza más votada. Pero el dato que más debería llamarnos la atención no es quién ganó, sino con qué nivel de sustento social lo hizo.
De los más de tres millones de ciudadanos habilitados para votar, apenas el 53,35% asistió a las urnas. Y de ese porcentaje, solo 494.054 personas votaron por la lista ganadora. En términos absolutos, apenas el 16% del total del padrón eligió al nuevo oficialismo porteño. Más del 83% de los ciudadanos no lo votó.
La pregunta es inevitable: ¿qué clase de legitimidad tiene un proyecto que representa, en los hechos, a una porción tan limitada de la sociedad? ¿Es viable un gobierno que arranca desconectado de las mayorías?
Porque, aunque legalmente válido, ganar con tan bajo respaldo real plantea un enorme riesgo: el de desentenderse de las voces que no acompañaron. Y si a esa débil base de sustentación se le suma una actitud soberbia, autorreferencial, o directamente negadora del pluralismo, entonces el riesgo se vuelve peligro: el de profundizar aún más la crisis de representación que atraviesa a la política argentina.
La desafección política no es un fenómeno nuevo. Pero cuando se expresa con esta contundencia —una participación por debajo del 55%, desinterés masivo y fragmentación del voto—, se convierte en una alerta democrática. No hay proyecto de ciudad, ni de país, que pueda construirse desde la indiferencia o el monólogo.
El problema se agravaría más aún si se hace de la baja participación electoral, una estrategia o es más aún. un presupuesto indispensable del propio proyecto político como una herramienta para que desde posiciones minoritarias se gobierne toda una sociedad. Lo confirmaremos elección tras elección.
Gobernar sin diálogo ni consenso, ignorando la diversidad de posiciones, no solo aísla: hiere la legitimidad de las instituciones. Y lo que empieza como debilidad de origen puede transformarse rápidamente en un obstáculo para la gobernabilidad.
El desafío que se abre no es solo para quienes resultaron electos. También lo es para quienes, desde distintas miradas, debemos contribuir a reconstruir la política como espacio de representación genuina. Hacen falta liderazgos que no se limiten a administrar mayorías circunstanciales, sino que se esfuercen en construir consensos duraderos, representativos y democráticos.
Porque si la política se reduce a una competencia por quién gana con menos votos, entonces el problema no es solo quién gobierna. El problema es cómo estamos eligiendo y a quién estamos dejando afuera.