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Salta

Alberto Castillo y los liberales truchos vuelven al abrigo de Gustavo Sáenz

Castillo, en un giro casi patético, borró de sus redes sociales cualquier rastro de su campaña “anti-casta”

Castillo-Sáenz

SALTA (Diego Nofal).- El pasado 11 de mayo, Salta fue escenario de un pulso político revelador. Mientras La Libertad Avanza (LLA) celebraba un triunfo contundente en la capital provincial, el gobernador Gustavo Sáenz enfrentaba el ocaso de una estrategia maquiavélica: crear un “frente liberal” para fragmentar al electorado y neutralizar el avance libertario. Sin embargo, el resultado no solo evidenció el rechazo a sus tácticas, sino la hipocresía de una coalición que, lejos de representar un cambio, encarnó el oportunismo que dice combatir.

Las elecciones legislativas buscaban renovar el 50% de la Cámara de Diputados y de los Concejos Deliberantes en varios municipios. En un contexto nacional marcado por el desgaste de los partidos tradicionales y el auge de discursos antiestablishment, LLA, vinculado al presidente Javier Milei, capitalizó el malestar en Salta. Su victoria en la capital no fue un simple triunfo, fue un mensaje claro hacia un sistema político percibido como obsoleto.

Ante este panorama, el gobernador Kirchnerista Gustavo Sáenz optó por una jugada arriesgada, armar un “frente liberal” con figuras como Alba Quintar, una jujeña de raíces peronistas; Alberto Castillo, exfuncionario suyo y Nicolás Kripper, empleado público. La contradicción era evidente: mientras criticaban al Estado y a la “casta”, los tres integraban la estructura estatal que denostaban. Castillo y Kripper, ambos beneficiarios del erario público, abrazaron un discurso antiestatista, incluso alineándose retóricamente con Milei, cuyo movimiento busca desmantelar el status quo que ellos mismos representan.

Durante la campaña, el frente de Gustavo Sáenz intentó mimetizarse con el lenguaje libertario, hablaron de reducir el gasto público, atacaron a la “clase política” y se presentaron como outsiders. Sin embargo, su historial los delataba. Castillo, por ejemplo, había sido parte del gabinete de Sáenz, impulsando políticas contrarias a la austeridad que ahora pregonaba. La prensa local no tardó en tildarlos de “liberales truchos”, un epíteto que desató su indignación pero que la ciudadanía terminaría validando.

El fracaso del frente fue estruendoso. La estrategia de dividir las listas para confundir al electorado, otra maniobra clásica de la vieja política, no logró frenar a LLA. Peor aún, los candidatos de Sáenz quedaron expuestos. Alberto Castillo, en un giro casi patético, borró de sus redes sociales cualquier rastro de su campaña “anti-casta” y reposteo fotos junto al gobernador, a quien había evitado mencionar durante meses. Kripper y Quintar, por su parte, optaron por un silencio elocuente, sin defender siquiera su breve aventura liberal.

Este retroceso no solo confirma su incoherencia, sino que revela una verdad incómoda: el frente fue siempre un instrumento coyuntural, no un proyecto genuino. Como señaló El Intra Salta, fueron “liberales de ocasión”, prestos a cambiar de chaqueta según sople el viento. La ciudadanía, ávida de autenticidad, los rechazó.

El error de cálculo del gobernador radica en subestimar al electorado. En una era donde la desconfianza hacia la política tradicional es palpable, los votantes exigen coherencia. Los “liberales truchos”, con su doble discurso y sus sueldos estatales, no podían competir con la narrativa disruptiva de LLA, percibida como más auténtica pese a su radicalidad.

Además, la táctica de dividir listas resultó contraproducente. Lejos de confundir, generó recelo. Los salteños, hastiados de triquiñuelas, premiaron la claridad ideológica. Sáenz, en cambio, quedó atrapado en su propia red: al apostar al oportunismo, debilitó su imagen sin ganar terreno.

Las elecciones en Salta dejan enseñanzas profundas. Primero, que el discurso antiestatista ya no es patrimonio exclusivo de outsiders, hasta los sectores tradicionales intentan apropiárselo, aunque sin credibilidad. Segundo, que las viejas estrategias, como fabricar frentes espurios o fragmentar listas, pierden eficacia en un electorado cada vez más informado y crítico.

Pero quizás la lección más importante es para LLA, su victoria, aunque significativa, no garantiza un cambio duradero. Deberá demostrar que su apuesta por la reducción del Estado no es una consigna vacía, sino un proyecto viable. Mientras, Sáenz y su coalición enfrentan un dilema: reinventarse con honestidad o ahondar en su descrédito.

En Salta, como en el resto de Argentina, la grieta ya no es solo peronismo vs. antiperonismo: es entre quienes encarnan la política tradicional y quienes prometen dinamitarla. Y por ahora, los segundos llevan la delantera.