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Salta

Gustavo Sáenz es un pato rengo marcha atrás

Fue como ver a un equilibrista tropezar en la cuerda y luego culpar al viento.

Gustavo Sáenz

SALTA (Diego Nofal).- En el gran escenario de la política argentina, donde el realismo mágico se cruza con el absurdo cotidiano, Salta acaba de regalarnos uno de esos actos que se ganan la ovación… de los memes. Esta vez, el protagonista fue el gobernador Gustavo Sáenz, quien ejecutó una maniobra tan sorpresiva como torpe.

Presentó un proyecto para quitarles la obra social a los jubilados provinciales y, horas después, apareció en los medios haciendo malabares para negar que alguna vez hubiera querido tal cosa. A falta de conejo en la galera, sacó una contradicción de su propia firma.

La secuencia fue más veloz que una oferta de supermercado, ayer por la mañana se difundió el proyecto que estaba llegando a Legislatura el y para el mediodía, el régimen de Sáenz, con el gobernador a la cabeza, como quien quiere esconder el florero roto antes de que llegue la suegra, declaró que todo había sido “malinterpretado”.

Un desliz, una confusión, una… ¿pesadilla kafkiana? Lo cierto es que el gobernador Gustavo Sáenz intentó desvestirse del proyecto que él mismo había impulsado. Fue como ver a un equilibrista tropezar en la cuerda y luego culpar al viento.

El mal chiste de Gustavo Sáenz

Pero nada ocurre en el vacío. Apenas 10 días antes, el 11 de mayo, Sáenz y su espacio político habían recibido una contundente derrota en las elecciones legislativas en la capital salteña. El electorado, con una claridad envidiable, decidió decirle «hasta acá llegaste, Gustavo».

Y como todo político con olfato de supervivencia, el gobernador entendió que sacarle la cobertura médica a los jubilados no era exactamente el camino para recuperar afecto popular. Sorprende, eso sí, que haya necesitado el incendio mediático para darse cuenta.

Como si un traspié no fuera suficiente, hay que recordar que Gustavo Sáenz ya venía con la mecha encendida. Apenas 48 horas antes del proyecto frustrado, pidió a sus diputados nacionales que no bajaran al recinto del Congreso, impidiendo así el tratamiento de un aumento para las jubilaciones.

Es decir, en menos de una semana logró atacar dos veces al mismo grupo: los jubilados. Uno desde Nación, otro desde Provincia. Si esto fuera boxeo, ya estaríamos en condiciones de pedir que le saquen los guantes.

Este doble tropezón revela un síntoma político más grave: el llamado “síndrome del pato rengo”. En teoría, se trata de ese momento en que los gobernantes llegan al final de su mandato con una autoridad evaporada. Pero en el caso de Sáenz, ya no estamos hablando de un pato rengo.

Estamos frente a un pato que zigzaguea en círculos, ignorado por sus ministros, desobedecido por sus asesores y perseguido por sus propios errores. Un pato confundido, sin GPS, que recalcula cada vez que las redes sociales se enojan con él.
En este contexto, hablar de “liderazgo” suena a chiste de mal gusto. Lo que estamos viendo es una administración que decide, se arrepiente, lo niega y sigue.

Juega con los jubilados

Como una función de teatro improvisado donde nadie sabe cuál es la línea del guion y el público, léase los ciudadanos, termina siendo el único con memoria. Porque si hay algo que los jubilados tienen, además de paciencia, es eso, una memoria que supera a los caraduras. Y voto. Y nietos con redes sociales, aunque estos mayormente se han volcado a votar candidatos que se cagan en el esfuerzo de sus abuelos.

Así, lo que pudo ser un capítulo más del cinismo habitual, terminó siendo una alerta. Gobernar no es jugar al dominó con la salud de la gente. Mucho menos con quienes ya aportaron toda una vida. El daño institucional no se borra con una desmentida a las apuradas. El respeto perdido, menos aún.

Sáenz logró, en apenas 72 horas, lo que muchos tardan años: cavar una zanja entre su gestión y uno de los sectores más vulnerables de la sociedad. Y no con una pala, sino con retroexcavadora.

La buena noticia es que los jubilados ganaron esta ronda. La mala es que siguen gobernados por un pato que no solo renguea… sino que camina hacia atrás. Con cada volantazo, con cada marcha atrás, queda claro que la brújula del poder está oxidada. Y en el circo político salteño, los payasos no hacen reír. Asustan.