SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Mucho es lo que se ha escrito acerca del Libertador Simón Bolívar, algunos favorablemente y otros no tanto, especialmente cuando se abordan sus incursiones femeninas. Sin embargo, se ha ganado un lugar en la historia, y así lo demuestra su nombre en una de las calles de Salta.
El estudio de su personalidad se ha efectuado a través de sus cartas, sus proclamas y sus discursos. Según una de las fuentes, la más aproximada realidad acerca del General, fue realizada por el historiador Waldo Frank que dice: “Las cartas nos descubren que Bolívar podía ser noble y ruin, un egoísta y un hombre que se daba cuenta de su egoísmo y lo trascendía, un mártir de abnegación y un monstruo de orgullo. Era capaz de amar y despreciar al mismo tiempo, impetuosamente espontáneo. Bolívar era una personalidad integrada en la obra de su vida, no en el tejido diario de los años de la misma”. Diríamos sin temor a equivocarnos que fue un hombre que transitó los difíciles caminos de la gloria, encontrando en cada uno de sus vericuetos, una mujer enamorada esperándole con ansias.
Su nombre completo era quizá un tanto largo para los tiempos que corren, pero era: Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco, pero la posteridad y los hechos en los que participara, simplemente le denominaron Simón Bolívar.
Había nacido en la ciudad de Caracas (Venezuela) un 24 de julio del año 1783- y fallecido en Santa Marta, en la República de Colombia el 17 de diciembre de 1830. Por aquellos años Venezuela se encontraba bajo el dominio español y correspondía a la Capitanía General de Venezuela. Fue una figura fundamental para la emancipación sudamericana ante el imperio español, contribuyendo a la independencia de países como Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.
En mérito a sus desempeños en el año 1813, le fue concedido el título de Libertador otorgado por el cabildo de Mérida, en Venezuela, título este convalidado y ratificado por Caracas. Bolívar ha recibido honores en diversas partes del mundo concretado en estatuas, monumentos, plazas, escuelas, calles e instituciones diversas. Sus ideas y sus posiciones políticas han trascendido el tiempo, dando lugar al denominado Bolivarismo.
Fueron sus padres don Juan Vicente Bolívar y Ponte Andrade y su madre doña Concepción Palacios y Blanco, ambos pertenecientes a la aristocracia caraqueña. Al contraer matrimonio en 1773, don Juan Vicente contaba con 47 años y doña Concepción apenas 15. La familia se completaba con cuatro hijos más: María Antonia, Juana Nepomucena, Juan Vicente y María del Carmen, fallecida al poco tiempo de nacer. Los Bolívar provenían de un lugar en España, llamado Marquina en Vizcaya. El primero de ellos llegó a Caracas en el año 1589 llamado también Simón Bolívar, y al tener el mismo nombre, fueron distinguidos como Simón Bolívar el Viejo y Simón Bolívar el Mozo. El primero de ellos se destacó como Contador Real por disposición del Rey Felipe II. Los Palacios, también eran oriundos de España de la zona de Miranda del Ebro, actual provincia de Burgos.
Don Juan Vicente de Bolívar era Coronel del Batallón Real de Milicias, acusado reiteradamente de “abusar del poder, para aprovecharse de inocentes mujeres”. Debió presentarse ante el Obispo de Caracas, don Diego Antonio Diez Madroñero para dar cuenta acerca de las múltiples quejas recibidas, en el sentido de que “es público y notorio que vive desarregladamente con mujeres”. Al respecto varias vecinas atestiguaron que éste, era “solicitador de mujeres para fin torpe” y muchas admitían que había logrado sus propósitos. Fueron demasiadas las notas que se hicieron al respecto, pero la más interesante es la que dirigió María Jacinta Fernández al Obispo diciéndole:
“Señor Ilustrísimo, el conflicto en que me hallo me hace acogerme a su amparo como a mi padre y pastor, porque me veo perseguida por un lobo infernal que quiere a fuerza que el diablo me lleve junto con él, siendo yo una mujer casada, y se ha valido de cuantas astucias le ha enseñado Lucifer , pues mandó a mi marido a los Llanos, a su hato, para tener más libertad para ejecutar su maldad, y como yo me le resistí fuertemente (…) me pretende ahora con amenazas(…) y me dijo donde quiera que me fuera, así me metiera dentro de la tierra, me habría de perseguir”. Yo señor estoy resuelta a no ofender a Dios, pero soy mujer, y me veo más apretada a caer en la tentación” (…) Favorézcame por Dios que ya estoy próxima a caer”. Al ser llamado por el Obispo, Bolívar (p) hizo su descargo diciendo: “que con María Jacinta Fernández había tenido siendo soltera, trece actos, pero nunca más había vuelto a pecar con ella”. Como corolario de este episodio el Obispo mandó que “se junte el expediente (con otros del mismo tenor) (…) exhortando a callarse y evitar el escándalo”.
Simón Bolivar perdió a sus padres tempranamente, pues contaba con tres años de edad al morir su padre, y sin haber cumplido los diez, cuando perdió a su madre. Desde la adolescencia su formación intelectual quedó en manos de don Simón Rodríguez, educador éste, inspirado en las doctrinas de Rousseau. Antes de esto, Bolívar debía partir a España donde le esperaban sus tíos para intentar acercarle a la corte, buscando un futuro promisorio. Se embarcó en el navío San Idelfonso, pero el bloqueo a Cuba por parte de los ingleses obligó al barco a detenerse en Veracruz (Méjico) durante un mes y medio. Su primo don Guillermo de Aguirre y Viana Oidor de la Real Audiencia lo alojó en la capital en la mansión de la Marquesa de Uluapa. Allí, aún no cumplidos los 16 años fue iniciado en el difícil oficio de amante, por una maestra de alto nivel en aquellas lides, hermana de la marquesa, llamada, María Ignacia Rodríguez de Velazco, llamada “La Güera” (la graciosa) y a su marido “El Bobalicón”. Bolívar en sólo 8 días, gastó la suma de 400 pesos ante “la deslumbrante hermosura y el diabólico ingenio de esta irresistible beldad azteca”. Los cuatrocientos pesos eran toda una fortuna en aquellos tiempos.
Al llegar a Madrid, Simón fue a hospedarse junto a sus tíos Pedro y Esteban. También se hospedaba allí otro americano don Manuel Mallo que según las mentas, era el amante de la Reina María Luisa de Parma. Según esas mismas mentas, la reina concurría a esa casa disfrazada, para divertirse con su amigo. Se dijo también sin pruebas contundentes, que el joven Simón habría participado de aquellas fiestas libertinas. Lo que sí quedó constatado, es que Bolívar conoció muy de cerca a esta reina apasionada. Posteriormente el joven fue a vivir a casa del Marqués de Ustáriz que ejerciera decisiva influencia en su vida, al estar convencido de que el viejo orden estaba llegando a su fin.
Debemos recalar con justicia en su primer amor y único matrimonio, cuando sólo contaba con 18 años edad. Conoció a la que sería su esposa en casa del Marqués, enamorándose perdidamente tan sólo al verla. Su nombre era María Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro, hija de un acaudalado noble venezolano, de cándida dulzura y hablar pausado. Era hermosa y delicada y muchos pensaban que veía en ella a su madre, que le faltaba desde su tierna infancia; pero los dichos del Libertador contrastaban con aquellas creencias al decir: “Concebí por Teresa, una pasión tan violenta, que es la más fuerte que he tenido en mi vida”. Simón tenía 17 años, mientras que Teresa contaba con 19 y debía forzosamente obtener el permiso real para contraer matrimonio, medida esta que estaba destinada a evitar los casamientos fuera de su clase. Esta unión se consagró el 26 de mayo de 1802, pero la desgracia acudió a este recién formado hogar, al morir Teresa en Caracas el 23 de enero de 1803, víctima de la fiebre amarilla que asoló la región. El Libertador había quedado viudo con tan sólo 19 años de edad. Tanto había amado a Teresa que juró no casarse jamás, promesa que cumpliría fielmente.
Al poco tiempo de acaecida esta desafortunada contingencia, viajó a París, previo paso por Madrid. En aquella ciudad francesa conoció a una prima lejana suya: Fanny de Villars, dama en aquel tiempo de unos treinta años y mujer de un Coronel que frisaba los cincuenta y cinco. Fanny de Villars se encomendó con placer, la tarea de mitigar las penas de su joven pariente y, siguiendo al historiador Hugo Acevedo en una de sus publicaciones acerca de Simón Bolívar, la misma contaba con atributos importantísimos para lograrlo. Al decir de Acevedo, tenía una profunda seducción, piel blanca, hermoso pecho, labios sensuales y una mirada de fingida inocencia. Muy pronto Fanny, en el fragor de la intimidad, se decidió a recibirlo en su propio lecho; aquí cabe consignar que Bolívar, si bien había prometido no casarse, jamás lo había hecho en lo que respecta a las amantes y a los amores de emergencia. Fue esta la época en que Bolívar se dedicó a una vida de disipación y lujuria, dilapidando en la tarea, parte de su fortuna alternando con numerosas mujeres y con damas de dudosa reputación del Palais Royal. Por aquel tiempo se encontró con su maestro Simón Rodríguez, con quien viajó por diversos países de Europa.
Corría el mes de enero de 1812, cuando el ya comprometido Bolívar con la causa revolucionaria, debe retrasar sus planes de lucha, al ocurrir un violento terremoto que mató a más de 20.000 personas en Venezuela; pero tiempo después desde Cartagena lanzó su famoso “Manifiesto dirigido a los americanos”. Estando en la localidad de Barranca, donde reclutó 200 hombres, conoció a Anita Leloir, que también fue su amante.
Al lanzar Bolívar su proclama tenía ya 1600 hombres, con los cuales entró triunfante en Caracas donde se relacionó con Josefina Machado (Pepita), de deslumbrante belleza. Era hija de un acaudalado terrateniente criollo, pero aquello no fue óbice para que pasara desempeñar el papel de amante poderosa del futuro Libertador. Los nombramientos se realizaban bajo su estricta vigilancia y en el ejército los ascensos se realizaban de acuerdo a los merecimientos de sus amantes. Fue el caso del Teniente Coronel Juan Valdés, nombrado Gobernador de La Guaira, en recompensa por los favores de su hermosa mujer. Pepita como vemos, manejaba los hilos del poder de acuerdo a su leal saber y entender.
Con el correr del tiempo conoció a Manuela Sáenz, que sería quién le acompañara hasta sus últimas instancias. El tenía 40 años y ella 25. La conoció en 1823 y la acompañaba siempre una negra esclava que le enseñó prontamente los secretos de la seducción y de la coquetería. Enseguida de conocer al prócer se constituyó en su amante, y comenzó a trabajar por la causa de la independencia americana.
El amor de Manuela fue un puro arrebato, pero luego de ello, se confesó enamorado de las señoras Garaycoa, de la madre y de la hija, y todas las referencias de la época coinciden en que Bolívar consumía su cuerpo esmirriado, en los placeres deparados por el bello sexo. Bolívar tuvo en Lima infinidad de aventuras amorosas ininterrumpidas, al punto que, Manuela que le visitaba por las noches, en una de ellas encontró en la cama un pendiente de diamante. Fue tal la furia que atacó a su amante como enloquecida, debiendo pedir socorro para salvarse. Eran tan numerosas sus conquistas femeninas que, hasta llegó a suponerse su esterilidad para concebir, lo cual se contradice con una carta escrita por Fanny de Villars, comentándole desde París: “Vuestro ahijado Simoncito Briffard (espero que sea el único que tendréis en Europa, es digno de vuestras bondades, y tiene vivos deseos de ir a reunirse con vos”. No existieron pruebas posteriores de su existencia.
Corría el año 1829, cuando bolívar recibía la noticia de que Sucre, al mando de 4000 hombres había derrotado al peruano Lamar que había tomado Guayaquil y, a pesar de su salud deteriorada, concurrió a darle un personal abrazo; partió para tal fin, ya enfermo y débil, en una cabalgata de miseria. Había destacado su retiro en Fucha, donde dejó a Manuela, y desde allí marchó a caballo nuevamente hasta Bogotá, donde fue recibido por 4000 soldados de caballería que, con su silencio presagiaban el fin de su héroe. El 17 de diciembre de 1830, ya en coma se despidió del mundo pronunciando las siguientes palabras: “¡Vámonos! ¡Vámonos! Esta gente no nos quiere en esta tierra… ¡Vámonos muchachos …lleven mi equipaje a bordo de la fragata… Atrás quedaban las batallas de Boyacá, Carabobo, Junín y tantas otras de tan importantes recordaciones. Partía Bolívar, consumido y solo, acompañado de sus más fieles compatriotas, hacia las mansiones celestes de donde no se vuelve. Quedaba flotando en los llanos venezolanos su impronta y sus logros en Pro de la independencia de la América.
Decía en su última carta curiosamente dirigida a Fanny de Villars y no a su último amor, Manuela Sáenz: “Me tocó la misión del relámpago, rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío…”.
Ricardo Federico Mena