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Salta

Vedetismo Judicial en Salta, el nuevo reality show de Pedro García Castiella

El vedetismo, esa seductora y peligrosa pulsión por el centro de la escena, que parece haberse adueñado de ciertos estrados, y muy especialmente de algunos fiscales desde la llegada del sistema acusatorio

Pedro García Castiella
Pedro García Castiella

SALTA (Diego Nofal).- La reciente destitución de la jueza Julieta Makintach, sorprendida participando en un documental sobre la misma causa que ella instruía, fue un espectáculo digno de las peores telenovelas judiciales. Un argumento tan absurdo que ni el guionista más imaginativo se lo habría creído. Solo pasa en Salta, bajo la atención de Pedro García Castiella. Pero más allá del bochorno individual, este episodio destapó, sin querer queriendo, una caja de Pandora que el poder judicial argentino preferiría mantener bien cerrada.

El vedetismo, esa seductora y peligrosa pulsión por el centro de la escena, que parece haberse adueñado de ciertos estrados, y muy especialmente de algunos fiscales desde la llegada del sistema acusatorio. Salta, oh querida Salta, nos ofrece un caso de estudio particularmente luminoso, o quizás deberíamos decir, deslumbrantemente preocupante.

Ahora los fiscales, con las riendas de las investigaciones penales firmemente en sus manos, se han convertido en las estrellas indiscutibles de los tribunales vernáculos. Son los protagonistas absolutos del drama legal diario. El problema, claro, es que parece que algunos confundieron el papel de investigador riguroso con el de actor principal de una superproducción.

Su rendimiento, ese pequeño detalle de hacer justicia, parece estar sufriendo las consecuencias del deslumbramiento de los focos. Se desenvuelven con una soltura envidiable ante los micrófonos, lanzando declaraciones grandilocuentes sobre la lucha contra el crimen que harían palidecer a un héroe de Marvel. Proclamas épicas que reverberan en los noticieros locales.

Salta, cuna del vedetismo

Pero cuando aparece una investigación periodística seria, una de esas que señala con nombres y apellidos posibles irregularidades que rozan, o incluso abrazan, al gobierno provincial, el silencio de estos mismos fiscales se vuelve ensordecedor. De repente, el brillo del estrellato personal opaca cualquier deber de indagar asuntos incómodos. Investigar al gobierno de Gustavo Sáenz, ay, eso podría ser malo para el rating personal, para esa imagen de duro incorruptible tan cuidadosamente cultivada. Mejor no arriesgar el papel protagónico en la telenovela del poder.

Y aquí entra en escena, con toda la parafernalia que merece una estrella de su calibre, el señor Pedro García Castiella, jefe de los fiscales salteños. Si el vedetismo judicial tuviera un Oscar, García Castiella sería el eterno nominado. Su llegada al tribunal es un evento que requiere planificación logística militar. Calles cerradas, hombres armados desplegados como extras en una película de acción, y el broche de oro, el cierre definitivo del portón principal de la fiscalía.

Todo porque, según su relato, los temibles narcotraficantes locales lo tienen en la mira. Un argumento digno de un thriller de alto presupuesto, aunque algunos espectadores empiezan a preguntarse si no será más bien un melodrama autoproducido. La puesta en escena es impecable, la sensación de peligro, palpable. Pero la trama principal, esa de investigar crímenes reales y poderosos, parece perderse en la producción.

Porque hoy, justo ahora, el gobernador Gustavo Sáenz plantea traer a Salta y al país, fondos de origen más que dudoso, fondos que según múltiples señalamientos podrían tener un parentesco muy cercano con el narcotráfico. Un caso que grita por una investigación seria, profunda, valiente. El tipo de caso que, uno pensaría, movilizaría a un fiscal que se presenta como el azote de los narcos, rodeado de tanta seguridad precisamente por esa supuesta guerra.

Pedro García Castiella, un procurador intrascendente

Sin embargo, el señor Pedro García Castiella, nuestra estrella local, parece notablemente desinteresado. Ni una investigación en profundidad, ni siquiera una declaración contundente que rompa su calculado silencio sobre este asunto espinoso. ¿Demasiado ocupado coordinando el próximo cierre de calle para su entrada triunfal?

¿O quizás investigar fondos potencialmente vinculados al narco que el propio gobierno quiere introducir resulta un guion demasiado incómodo, un riesgo innecesario para su estatus de figura principal? Es más sencillo seguir interpretando el papel del perseguidor acosado, con el portón bien cerrado, que enfrentar una trama donde las líneas entre el poder y el delito se difuminan peligrosamente.

La destitución de Makintach fue un síntoma grotesco. El vedetismo rampante de figuras como García Castiella en Salta es la enfermedad crónica. Han convertido la búsqueda de justicia en un reality show donde lo importante no es el resultado, sino la pose, la declaración impactante, la seguridad espectacular.

Mientras los fiscales jueguen a ser estrellas de cine en lugar de servidores públicos, mientras prefieran el aplauso fácil a la investigación difícil, y mientras su luz se apague misteriosamente cuando ilumina ciertas oficinas gubernamentales, la justicia en Salta, y en tantos otros lugares, seguirá siendo poco más que una obra de teatro mediocre.

Y el público, los ciudadanos, nos quedaremos esperando en la puerta cerrada, preguntándonos cuándo empezará la función de verdad. Por ahora, solo vemos el tráiler interminable del ego. La película de la justicia independiente y valiente, esa, sigue en posproducción indefinida, cuando no directamente cancelada. Un fracaso de taquilla que pagamos todos.