SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Francisco Fernández de la Cruz, según los textos oficiales nació en la ciudad de Buenos Aires en el año 1779 y falleció en la misma provincia en el año 1835. Fue un destacado militar que participó en multitud hechos guerreros en los que se vio comprometido el Virreinato del Río de la Plata en sus ansias de emancipación. Por ello, una de nuestras calles de Salta lleva su nombre.
Las guerras de la independencia y una confusión histórica
Dentro de esta luchas mencionaremos las guerras de la independencia con sus campañas al Alto Perú. Bajo las órdenes de Manuel Belgrano estuvo en estos pagos de Salta, donde fue brevemente designado Gobernador Intendente por un corto período de tiempo que corrió desde octubre de 1813 hasta marzo de 1814.
Pero se ha sabido, de acuerdo a investigaciones del don Roberto Vitry, al haber encontrado en las actas bautismales de la curia salteña, que en realidad quien ejerciera el mandato fue don Francisco Elías Martínez de Hoz, a la sazón de acuerdo a las anotaciones del cura párroco, al bautizar a un hijo del matrimonio Francisco Martínez de Hoz con la salteña doña Juliana Texada y Salvo. Surge que el gobernador efectivo era, en ese período, el citado Martínez de Hoz, para lo cual se destacaba en el acta bautismal que el recién nacido Manuel Romualdo era hijo legítimo del matrimonio. Recalca el autor del descubrimiento que, si es que no hubiera sido bautizado al día siguiente de su nacimiento, el nombre del gobernador hubiera quedado sepultado en el olvido. En ese documento, se hace hincapié que niño era hijo “del Señor Alcalde y Gobernador, Francisco Martínez de Hoz”. El título en propiedad según las citadas investigaciones de Vitry, le fue concedido en propiedad el día 19 de noviembre.
Pero ocurre que se consuma el error, pues en esa fecha figuraba como Gobernador Francisco Fernández de la Cruz. En ese ínterin, se superponían dos gobernadores. En 1814, Martínez de Hoz delegaba el mando y se sucede otra catarata de gobernadores como ocurriera antes de la nominación de nuestro biografiado, hasta que finalmente el cargo cae en la persona de Bernabé Araóz. Luego, la citada investigación da cuenta que se suceden interinamente José de Arteaga; luego el Coronel José Antonio Fernández Cornejo, y el General Hilarión de la Quintana, quien delega el mando en el General Pedro de Alurralde. En el año 1815, lo ejerce el Cabildo, a través de su presidente Miguel Francisco de Aráoz, hasta que el 6 de mayo, el Coronel Martín Miguel de Güemes, se hace cargo, continuando por el voto popular hasta el 24 de abril de 1821.
Trifulca con España
El foco sur de los movimientos revolucionarios en contra de España estaba centrado en Buenos Aires. Por ello, la reacción española decidió acorralar estos movimientos formando un cinturón que los encajonaba por el este, el nordeste y el norte. Felizmente se deshizo la situación en el este debido a la adhesión de Chile al movimiento revolucionario. De todos estos centros de poder el menos importante era el del nordeste, por sus recursos propios y por las dificultades de comunicación con los otros centros de poder realista.
El Alto Perú
El Alto Perú constituía un lugar difícil debido a la proximidad del centro del poder realista ubicado en Lima como así también a los escabroso y escarpado de su territorio. Los jefes revolucionarios proyectaron un ataque en los tres frentes, tratando de arrebatar el Alto Perú a los realistas, pero no era lo mismo luchar en las planicies de la Banda Oriental, que arremeter contra de las fuerzas de la geografía, que arremeter contra los hombres del poder español. Los ríos también conspiraban en contra de los patriotas. Todo se hacía difícil para el abastecimiento de la tropa.
También, otro de los factores en contra era la falta de cartas militares, por lo cual los jefes debían valerse de baqueanos para conducir sus ejércitos. Generalmente, se nos presentan las situaciones de la guerra en forma cronológica, pero la zona apta para las operaciones militares en el Alto Perú, que es el teatro de operaciones donde se desenvolvía nuestro Ejército del Norte, estaba limitada por el oeste por el Río Desaguadero, la cordillera oriental por el oeste, y por el este por las cordilleras de La Paz, Cochabamba y las sierras de Aguaragüe. Las alturas podían llegar hasta los cuatro mil metros, lo que producía el apunamiento de los soldados. La región se comunicaba por tres rutas: la primera, por la Quebrada del Toro, y por ella se llegaba hasta Salta, la segunda constituida por un camino que llegaba hasta Tarija y se llegaba hasta Orán, y otra que partiendo de Anta llegaba hasta Jujuy por la Quebrada de Humahuaca.
Objetivos y recursos de Francisco Fernández de la Cruz
Era necesario llegar hasta las poblaciones más ricas del alto Perú, ya que Potosí tenía 200.000 mil habitantes, Charcas 120.000 y Cochabamba 70.000, como vemos totalmente superiores a las que tenían Salta y Jujuy. Este teatro de operaciones era más apto para la infantería que para la caballería, que se podía utilizar en algunas partes. Respecto a la caballería utilizada por el Ejército del Norte, era la movilidad principal del ejército para lo cual se recogían caballadas en las provincias de Buenos Aires o Sante Fe y el norte argentino. Debido a las marchas forzadas y a veces por la escasez de las pasturas, estas caballadas se deterioraban grandemente, por lo cual la tropa debía quedar muchas veces a pie.
Los arneses y las monturas eran exclusivamente de producción nacional, mientras que el vestuario y las botas generalmente se traían en buen porcentaje desde el exterior. Las armas blancas se producían en el país, y en muy poco tiempo comenzaron a fabricarse en Buenos Aires, Tucumán y Mendoza, fusiles y carabinas, lamentablemente de mediana calidad, de manera que la guerra dependía de la importación especialmente norteamericana.
En tanto, los fusiles eran de chispa y cargados por boca, teniendo un alcance de hasta 200 metros, pero su utilidad y exactitud no excedía los cien metros y la velocidad no excedía tampoco los tres disparos por minuto, por lo que el combate cuerpo a cuerpo era un hecho inevitable. La caballería iba armada de sables y también de carabinas y tercerolas; la caballería miliciana utilizaba también lazo y boleadoras. La infantería contaba con cañones de hierro y avancarga (cargada por la boca). Los cañones de bronce eran casi desconocidos; eran montados para su transporte en cureñas de madera en las llanuras o bien desarmados y a lomo de mula en las montañas. El dispositivo usual de combate era lineal, es decir: la caballería en las alas, la infantería al centro, y la artillería intercalada entre la infantería, a veces erróneamente dispersa y a veces organizada en baterías. Los bandos utilizaban activamente el espionaje como táctica habitual de guerra, con el cual preparaban los ataques sorpresa.
A pesar de la desfavorable situación en lo que respecta a los oficiales de carrera, que la patria en un principio carecía, su papel no fue para nada deslucido. Recién con la venida de San Martín comenzó a organizarse la carrera de la
oficialidad. En la marina, las deficiencias no eran menores, ya que hubo que recurrir a marinos extranjeros, pues lo criollos carecían de habilidades tácticas. La excepción fue Brown, que a pesar de ser marino mercante demostró grandes capacidades en materia guerrera, como quedó plasmado en la batalla del Buceo.
La campaña al Alto Perú
A principios del año 1810, el propósito de las armas de la patria era el de asegurar el control del Alto Perú, y del Paraguay, y de neutralizar la plaza de la Banda Oriental. La iniciación militar de Francisco Fernández de la Cruz fue en la Marina, más propiamente en la Academia Náutica creada por Manuel Belgrano. Durante el tiempo que estuvo en sus filas, realizó viajes exploratorios por el interior de los ríos navegables de la cuenca del Plata. Posteriormente, procedió a enrolarse en las milicias que se habían formado con motivo del enfrentamiento que se venía en contra de las fuerzas del imperio inglés, que se preparaban para invadir estas tierras del Virreinato. Participó en las conspiraciones anteriores a la Revolución de Mayo, y le cupo a él la tarea de arrestar al Virrey Cisneros que había sido depuesto, en su calidad de Jefe de la Guardia del Fuerte.
A principios de 1812, se incorporó al sitio de Montevideo, a órdenes de José Rondeau, y participó en la batalla de Cerrito. El mayor esfuerzo se realizó en el frente norte, y la Expedición Auxiliar pronto estuvo en la frontera misma, al mando de un oficial de carrera, don Antonio González Balcarce. Dio comienzo entonces a las operaciones militares en aquel frente.
Este es el teatro de operaciones donde se desarrolla actividad principal de don Francisco Fernández de la Cruz. Su iniciación militar, como enunciáramos, se realizó en la Escuela de Náutica, creada por Belgrano.
Fue muy conocida también la situación en la que se vio envuelto el ulteriormente Brigadier General Francisco Fernández de la Cruz. Fue despojado de su mando con motivo del Motín de las Trenzas, hecho este denominado el Motín de Arequito.
Francisco Fernández de la Cruz en Ejército del Norte
En octubre de 1813 fue nombrado gobernador de la provincia de Salta, cargo que ocupó, como decíamos por un corto período de tiempo. En enero del año siguiente se incorporó al Ejército del Norte como Jefe de Estado Mayor, es decir, segundo del general José de San Martín. Le tocó entregar el Ejército a su nuevo comandante, Rondeau, cuando éste asumió el mando.
Al iniciarse la tercera campaña al Alto Perú reemplazó a Martín Rodríguez como jefe de estado mayor. En ese cargo peleó en la batalla Sipe Sipe, en la cual
fue herido de bastante gravedad. Esa derrota significó la pérdida del Alto Perú para los argentinos.
En mayo de 1816 fue ascendido al grado de general y quedó como Jefe del Estado Mayor del nuevo comandante, Manuel Belgrano. Participó del traslado del Ejército a Córdoba y de su uso para la guerra civil, desnaturalizando las razones para las que había sido creado. En septiembre de 1819, cuando se hallaban en Pilar (Córdoba), Belgrano renunció y Fernández de la Cruz debió tomar el mando.
El motín de Arequito
Se dirigió hacia el sudeste, intentando unirse a las fuerzas del Director Rondeau, para atacar unidos contra los caudillos Estanislao López y Francisco Ramírez.
Al llegar a la posta de Arequito, el 8 de enero de 1820, los coroneles Juan Bautista Bustos, Alejandro Heredia y José María Paz se sublevaron. Así, desconocieron la autoridad de de la Cruz y del gobierno que los mandaba. Se negaron a seguir la guerra civil y decidieron regresar al frente norte. Negoció con Bustos, que asumió el mando del movimiento, entregarle la mitad del armamento. Pero sorpresivamente inició la marcha hacia el sur con todo lo que tenía en su poder.
Tras algunas negociaciones entre los rebeldes y su ex jefe, se negó a transar nada, pero terminó arrestado. Lamentablemente, el motín sirvió para provocar la caída del Directorio en la batalla de Cepeda, pero no logró que prácticamente nada del Ejército del Norte regresara al frente de guerra contra los realistas. Bustos se quedó en Córdoba y se hizo elegir gobernador. Las demás fracciones del ejército fueron usadas en guerras entre provincias.
Cuando recuperó la libertad, se mudó a la provincia de Mendoza. Allí, luchó contra un grupo del Ejército de los Andes que se había rebelado y dominaba la provincia de San Juan. Más tarde, fue gobernador de la provincia por delegación de Tomás Godoy Cruz.
Sus últimos años
Regresó a Buenos Aires a mediados de 1821. Fue nombrado ministro de guerra del gobernador Martín Rodríguez, y comandó la campaña contra Ramírez en Santa Fe, poco antes de la muerte de éste. Siguió ejerciendo el ministerio durante el gobierno de Las Heras, y luego pasó al Ministerio de Relaciones Exteriores del presidente Bernardino Rivadavia.
Apoyó la revolución contra el gobernador Manuel Dorrego y fue miembro del consejo consultivo de Juan Lavalle, con el que este reemplazara la legislatura. Huyó a Montevideo tras la derrota unitaria, pero regresó al poco tiempo. Murió en su casa de Buenos Aires en abril de 1835.
Ricardo Federico Mena