SALTA.- (Ricardo Federico Mena) Se ha cumplido, el 17 de agosto pasado, un nuevo aniversario de la muerte de nuestro Gran Libertador General don José de San Martín. Había muerto el héroe de América; había muerto una mentalidad privilegiada y un alto espíritu, marcando una dinastía de honor, pocas veces vista, la cual es homenajeada en una de nuestras calles de Salta. Fue un grande con todas las letras; un grande que pusiera en su país todas las esperanzas que un padre amoroso pone en el futuro de sus hijos. El tributo del laurel se le concedía en la hora póstuma, pues en vida despreció la opulencia gloriosa que campea en la vulgaridad de los mediocres.
Había cumplido como el que más con todas las obligaciones del soldado, y con todas las responsabilidades de un sano hombre público… Al dejar estas responsabilidades decía en setiembre de 1822 “Peruanos: Os dejo establecida la Representación Nacional. Si depositáis en ella una verdadera confianza contad el triunfo: si no, la anarquía os va a devorar”. Luego de esto, dos horas después partía envuelto en una nube de polvo levantada por su caballo, por las polvorientas calles de la ciudad de Los Libres en dirección al puerto de Ancón. Allí le aguardaba cabeceando en la tranquilidad del mar, un bergantín. Llevaba consigo solamente cuarenta y tres onzas de oro, el estandarte de Pizarro que el pueblo peruano le había obsequiado y la pesada carga de la calumnia, de la infamia con que sus adversarios envidiosos quisieron motejarlo. Terminaba de esta manera su vida de cuarenta y cuatro años de gran soldado de los Andes.
Sobrevendrían luego 26 años más que son los años del reposo, del análisis de la vida pasada, de sus frutos. de sus alegrías y de sus dolores. En febrero de 1823, escribía a su amigo Bernardo O´Higgins: “Vámonos amigo, vámonos donde no nos acordemos que existen los hombres”. San Martín fue siempre fiel a sus principios de vida y fiel a su principio filosófico que decía” Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”. Cumplió su proverbio, pues luego de ser Libertador no quiso ser nada. Poco tiempo antes de quedar ciego, escribió su testamento, el 23 de enero de 1844. Ya instalado en Boulogne Sur Mer, tres Jefes de Estado suramericanos le ofrecieron simultáneamente su hospitalidad. Ellos fueron en Chile el Presidente Bulnes, en Argentina, el General Rosas y en Perú el General don Ramón Castilla.
Belisario Roldán decía: “San Martín, no morirá tu nombre ni dejará de resonar un día tu grito de batalla mientras allá en los Andes, una roca y un cóndor en tu cúspide bravía (…). Así rezan algunos de los versos del poeta al rendirle justiciero homenaje al Libertador de América. Nació el 25 de febrero del 1778 en la antigua reserva jesuítica de Yapeyú-Corrientes y murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer-Francia, donde viajó junto a su nieta para no participar de las peleas internas en las que se debatía el país en aquellos tiempos.
La Gazeta de Buenos publicaba, muy posiblemente por de don Bernardo de Monteagudo, ese bravo tucumano, el día 13 de marzo de 1812, unas palabras que al final resultarían proféticas, pues se preguntaba lleno de curiosidad y de expectativas, cuál sería el destino de la patria, y quién sería el hombre que levante el pabellón de la libertad.
Ese mismo ejemplar decía en una de sus hojas que el 9 del corriente habían arribado en la fragata George Canning, desde Londres, el Teniente Coronel de Caballería, don José de San Martín. Le acompañaban en el viaje otros personajes que serían vitales para la emancipación del país, entre ellos el Alférez de Navío don José Zapiola, el Capitán de milicias don Francisco Chilavert, el Alférez de Carabineros Reales don Carlos Alvear y Balbastro. Venía asimismo el Barón de Holemberg de brillante desempeño en la artillería de la patria. Nuestro héroe venía soltero y con 34 años de edad.
El 17 de agosto de 1850, marca un día de luto para la República; la tumba de José de San Martín, se cubre del dolor inmenso de los argentinos que toman conciencia del desgarro producido ante la desaparición de este grande hombre, desaparición esta, que provoca un fulgor menos en los cielos de la patria. Constituía por merecimientos propios una dinastía de honores y de virtudes que le dieron un prestigio legítimo, constituyendo de hecho, un precioso pedazo de esa patria tan amada. Dejó a su hija una herencia gloriosa, pues la muerte lo acogió en su seno, en la plenitud de sus prestigios, cuando aún la mirada inquisitiva de los argentinos de ilustre pensamiento, convergían sus miradas en ese brote espontáneo y generoso de la entraña argentina, residiendo en el lejano Boulogne. Sur Mer.
Fue si lugar a dudas, como decíamos, un prestigio legítimo palpitando al unísono con el alma nacional.
Contemplar su monumento a orillas del mar, da la misma sensación de estar ante una avanzada de la patria en el viejo continente. El héroe monta un caballo tranquilo, y los vientos cruzados que vienen desde el fondo del mar acompañan la fuerza con que empuña la bandera nacional. El gesto parece acompañar esta fuerza, gesto éste que debió imprimir tanto en Maipo, Guayaquil y en tantas otras batallas. Quizá ante su tumba, toda la América del Sur estuviera allí, acompañando de corazón a su adalid. Había redimido a tres países, y la muerte lo sorprendió en el aquel lugar escogido por él, para pasar sus últimos años, haciéndolo para no intervenir en las luchas intestinas que despedazaban al país de sus esperanzas.
San Martín es una de aquellas personalidades que se impuso a la historia, arrullado por los murmullos de un mar extranjero, gran confidente de sus nostalgias de proscripto.
Poco fue el tiempo que pudo estar con su hija, ya que al partir a la campaña chilena Mercedes apenas una niña que, al morir su madre debió ser atendida por sus abuelos, el matrimonio conformado por don Antonio de Escalada y Sarria y doña Tomasa Francisca de la Quintana y Aoiz. Traumático fue para la niña Mercedes la separación de ellos, que tanto amor le brindaran, pues su padre, terminada la campaña del Perú, le busca para partir a Francia. Estas ausencias motivaron estas máximas a su hija, que pasaron a la historia.
Máximas redactadas por el General San Martín
para su hija
Mercedes Tomasa en Bruselas, 1825.
1° Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una Mosca abriendo la ventana para que saliese: Anda, pobre Animal, el Mundo es demasiad grande para nosotros dos.
2° Inspirarla amor a la verdad y odio a 1a mentira.
3° Inspirarla gran Confianza y Amistad pero uniendo el respeto.
4° Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
5° Respeto sobre la propiedad ajena.
6° Acostumbrarla a guardar un Secreto.
7° Inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las Religiones.
8° Dulzura con los Criados, Pobres y Viejos.
9° Que hable poco y lo preciso.
10° Acostumbrarla a estar formal en la Mesa.
11° Amor al Aseo y desprecio al Lujo.
12° Inspirarla amor por la Patria y por la Libertad.
“¡Mercedes, esta es la fatiga de la muerte!… Tal frase era pronunciada mientras contemplaba con sus ojos en sombras, y por última vez, a su hija tan amada. Tratando de disimular tanto dolor, alcanzó a expresar a continuación… “Mariano, a mi cuarto…”. Fueron sus últimas palabras y expiró.
Al inaugurar su monumento en Boulogne Sur Mer, ante un auditorio de importantes personalidades, envueltos ya en la sombra crepuscular que la hora dictaba, Belisario Roldán, acuñaba una frase para la posteridad, “Padre nuestro que estás en el bronce. Las progenies multiplicadas, levantan el corazón para jurarlo: Hemos hecho la patria que soñaste… Es fecunda como tu vida, altiva como tus vanguardias, y eminente como tus cumbres (…)
Ricardo Federico Mena