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Salta

Martín Miguel de Güemes llora sobre su heróico legado

Güemes, que enfrentó al invasor con lanzas y coraje, vería con estupor cómo se venera a quien simbolizó la potencia que aún hoy usurpa territorio argentino.

Güemes

SALTA (Diego Nofal).- Allí está, inmóvil sobre su caballo de bronce, en el corazón de Salta. Martín Miguel de Güemes, el héroe gaucho, mira hacia abajo, hacia la ciudad que defendió con su vida y la de sus bravos. Ayer, como cada año, le trajeron flores, discursos grandilocuentes y el reconocimiento oficial. Pero si esos ojos de metal pudieran parpadear, si esa mente estratégica pudiera procesar el espectáculo del año 2025, el aire salteño se llenaría de un silbido agudo, mezcla de incredulidad y furia contenida.

Qué pensaría el General que, literalmente, tomó un barco inglés a caballo al ver que el máximo mandatario de la nación que ayudó a forjar profesa una admiración casi mística por Margaret Thatcher. Sí, esa misma Dama de Hierro que, desde su trono en Londres, fue la máxima autoridad del enemigo histórico durante la guerra por nuestras Malvinas. La ironía sería tan densa que ni el mejor poncho salteño podría taparla. Güemes, que enfrentó al invasor con lanzas y coraje, vería con estupor cómo se venera a quien simbolizó la potencia que aún hoy usurpa territorio argentino. Un contraste tan brutal como inoportuno.

Hablando de territorios, el federalismo no era una palabra de moda para Güemes, era la sangre que recorría las venas de la patria naciente. Él entendió, como pocos, que la fortaleza de la nación residía en sus provincias, en su gente diversa, en proteger primero lo nuestro, nuestro patrimonio humano, nuestra cultura, nuestra tierra.

Desde su atalaya eterna, ¿qué vería hoy? Vería un norte argentino, su norte, sintiéndose como el pariente olvidado en la cena familiar. Casi veinte meses de gestión nacional, y los pies del presidente aún no han hollado el suelo norteño con la misma diligencia con que recorre Israel y Estados Unidos. La promesa federal parece haberse evaporado más rápido que el agua en la Puna. Martín Miguel de Güemes, que organizó la resistencia desde Salta para toda la región, preguntaría, con ese dejo seco que se le adjudica, dónde está el compromiso real con las provincias que no son el centro luminoso del poder. El abandono sería palpable, no habría silencio sino un grito furioso que haría temblar Buenos Aires.

Y luego está el valor. Güemes murió peleando, perseguido, traicionado quizás, pero con las botas puestas y el sable en la mano, defendiendo su tierra hasta el último suspiro. Esa imagen de coraje físico y moral es parte de su leyenda. Hoy, el espectáculo es diferente. Desde su pedestal, el héroe observaría la extraña paradoja de un presidente que, según se dice, esquiva como a la peste el enfrentamiento dialéctico con cualquier periodista que no le rinda pleitesía absoluta.

El legado de Martín Miguel de Güemes

Prefiere el monólogo controlado, el entorno amable, la ausencia de preguntas incómodas. La comparación, aunque injusta en términos bélicos, es inevitable en términos de temple. Güemes enfrentó balas reales, hoy algunos parecen temerle a las preguntas. La diferencia en la fibra moral sería tan evidente como un gaucho en el festival de moda neoyorquino.

Lo más desconcertante para el prócer sería, quizás, el apoyo local. Vería que el gobierno de su propia provincia, Salta, se alinea con este gobierno nacional. Un gobierno cuyas políticas gritarían «antifederales» a los cuatro vientos. Un gobierno que parece anteponer los designios de mercados extranjeros. Y recetas importadas al bienestar concreto de su pueblo.

Un gobierno que, desde su perspectiva, se ensaña con los más débiles, recortando derechos y esperanzas mientras otros sectores florecen bajo un sol extraño. Güemes, que lideró a los humildes, a los gauchos, a los pobres de la tierra en su gesta, sentiría una punzada de traición. ¿Cómo apoyar desde Salta a un proyecto que parece olvidar los principios que él defendió con su vida? Sería un rompecabezas imposible de resolver.

Imaginemos su perplejidad al ver cómo se gestiona la soberanía. Él, que expulsó al invasor inglés una y otra vez, que entendía que proteger las fronteras y la identidad era sagrado, vería con horror cómo se desmantelan estructuras nacionales, cómo se entregan recursos, cómo se adopta un discurso que suena más a himno extranjero que a canción patria.

Resistencia popular

Ese presidente que admira a la máxima autoridad británica de la guerra de Malvinas, gobernando la Argentina, sería para Güemes la encarnación misma de la contradicción dolorosa. Defendería, con la vehemencia del que peleó en los cerros, que la independencia económica y política no son eslóganes vacíos, sino la esencia de la supervivencia nacional. Contra este desguace, su sable se alzaría de nuevo.

Contra este olvido del norte, contra esta centralización disfrazada, contra esta sumisión a intereses foráneos, contra este abandono de los más necesitados, contra este culto a figuras que representaron el enemigo, contra este vaciamiento de la soberanía. Martín Miguel de Güemes, el héroe de Salta, el defensor de la frontera, el caudillo federal, estaría inequívocamente en contra.

Su legado, el de la resistencia popular, el coraje frente al poderoso, la defensa a ultranza de lo propio, clama desde el bronce. Las flores y los discursos de ayer están bien, pero lo que realmente honraría al héroe sería gobernar con su espíritu indómito, federal y profundamente nacional. Mientras no sea así, desde su caballo, Güemes seguirá observando. Y quizás, solo quizás, ese ceño de bronce frunce un poco más cada día. El norte, y la patria, esperan una respuesta a su mirada silenciosa. Hasta Gauchito Gil se preguntaría dónde quedó el coraje.