SALTA (Diego Nofal).- La Ruta Nacional 9/34 es una arteria vital para el norte argentino. Decenas de camiones la recorren cada día, transportando la producción salteña hacia el puerto de Rosario o acercando mercaderías de otros lugares a la provincia. Este flujo constante es el latido económico de la región. Sin embargo, esta misma ruta tiene un lado oscuro y trágico. Su trazado, sus condiciones, la han hecho tristemente célebre en múltiples foros. No es casualidad que muchos la conozcan como la «ruta de la muerte». Cada año, decenas de accidentes fatales siembran el duelo a su vera, convirtiendo este camino esencial en un peligroso corredor.
Metán, ciudad situada precisamente al borde de esta crucial pero letal ruta 9/34, vive una paradoja profunda. Su existencia económica está íntimamente ligada al tránsito pesado que tanto la atraviesa como la amenaza. Hoteles reciben a camioneros exhaustos tras largas jornadas. Restaurantes y estaciones de servicio atienden sus necesidades inmediatas. Empresarios vinculados a la soja y otros cultivos hacen escala allí, generando negocios y movimiento. Ser una ciudad de paso rutero define su identidad y sustento. El bullicio de los camiones es, en gran medida, la banda sonora de su supervivencia.
Pero ahora, una sombra de incertidumbre se cierne sobre este frágil equilibrio. Existe un proyecto concreto, confirmado públicamente por figuras relevantes como el diputado nacional por Salta Carlos Zapata y el delegado de Vialidad Nacional Federico Casas. Este plan persigue un objetivo aparentemente loable, aumentar la seguridad vial. Propone construir una circunvalación. Una nueva vía que desviaría el tráfico pesado de la Ruta 9/34, evitando por completo el casco urbano de Metán. La idea es sacar los camiones del corazón de la ciudad.
El problema radica en las consecuencias potencialmente devastadoras de este desvío. Si los camiones ya no pasan por Metán, ¿qué sucederá con esos hoteles que dependen de los camioneros? ¿Quién frecuentará los restaurantes y comercios que atienden al viajero? La realidad es cruda. Este proyecto de circunvalación, lejos de ser una solución para Metán, podría significar su aislamiento económico. Podría condenar a la mayoría de sus comerciantes y prestadores de servicios a una situación crítica, incluso terminal. El remedio para la ruta podría ser el veneno para la ciudad.
La financiación planeada para esta obra añade otra capa de preocupación. Se pretendía utilizar fondos específicos. Los provenientes del impuesto a los combustibles, destinado precisamente a la reparación y construcción de rutas nacionales. Sin embargo, el panorama fiscal cambia. Los gobernadores reclaman con fuerza que este impuesto les sea coparticipado. Desean que esos recursos vuelvan a las provincias para que ellas mismas gestionen el mantenimiento y desarrollo de las rutas dentro de sus jurisdicciones. Este reclamo tiene su lógica en términos de federalismo.
Aquí surge la pregunta crucial, angustiante para Metán. Si el impuesto a combustibles se coparticipa y Salta asume el control pleno sobre su red vial nacional, ¿qué prioridades establecerá? ¿Incluirá la construcción de esa circunvalación que dejaría a Metán fuera del mapa del tránsito pesado? Cuando las autoridades provinciales hablan de «reparación» de rutas, ¿consideran solo bacheo y repavimentación, o también engloban proyectos de reconfiguración radical como este, con impactos sociales profundos? El fantasma de la obra resurge con esta posible transferencia de fondos y competencias.
Ante esta amenaza renovada, Metán no permanece impasible. La noticia del proyecto y su posible reactivación bajo un esquema de coparticipación ha generado alarma. Asociaciones locales, entre las que destaca «Amigos de Metán», han puesto el grito en el cielo. Su resistencia se organiza. Miran hacia atrás, hacia un precedente cercano y esperanzador. En la ciudad de Güemes, un intento similar de desviar la ruta y aislar al pueblo encontró una oposición férrea y unificada de la comunidad. Ese ejemplo de lucha exitosa sirve ahora de inspiración y guía para Metán. La batalla por no desaparecer del mapa económico está declarada. El futuro de la ciudad pende del equilibrio entre la necesaria seguridad vial y su derecho a existir. Las rutas deben conectar, no condenar al olvido.