SALTA – Todos los veranos, el norte de Salta revive la misma escena: lluvias intensas, caminos intransitables y comunidades completamente aisladas. Localidades como La Unión, Zanja Honda, San Felipe y La Esperanza vuelven a quedar a merced del clima, mientras sus pobladores deben caminar hasta 30 kilómetros para poder recibir asistencia básica. La emergencia ya no es excepcional: es una constante tan previsible como las lluvias estivales.
Con la crecida de los ríos y el desborde de los caminos, también se repite la respuesta oficial. Funcionarios que llegan cuando el daño ya está hecho, recorridas relámpago pensadas para la foto y anuncios que se diluyen cuando baja el agua. Año tras año, la ausencia de obras estructurales y de una planificación preventiva deja expuesta una política pública que reacciona, pero no anticipa.
En lugar de invertir en soluciones de fondo, la gestión vuelve a administrar la catástrofe. Presencia momentánea, gestos simbólicos y discursos de ocasión reemplazan a un abordaje integral que permita evitar que miles de salteños queden aislados cada verano.
Mientras tanto, la postal se repite sin cambios: lluvia, barro y funcionarios con el agua hasta el pecho. Una imagen que ya no sorprende, pero que sigue costando vidas, tiempo y dignidad a quienes viven en el norte provincial.